Sueños:Escuela de cocina marcial

De Bestiario del Hypogripho
Logo Sueños Mirror Strict.png Notificación: Este artículo forma parte del espacio de nombres de Sueños.
Pretende registrar, de manera generalmente fideligna, un acontecimiento tal y como se presentó en el ámbito onírico. No conforma por sí mismo canon en los Omniversos del Bestiario.
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Soy un experto ingeniero criptoinformático, excibercriminal, que fue enviado a una base militar para desencriptar y acceder a un extraño artefacto enemigo sin identificar. Sin embargo, mi llegada a la base no fue muy bien recibida. En un inicio me detuvieron y casi me acribillan. Los altos mandos de la base afirmaban no haber solicitado mis servicios ni ser informados de mi llegada, además, negaban tener dicho artefacto enemigo, artefacto del cual sólo reconocían minimamente su existencia.

Un día después, y después de que la administración de la base hiciera múltiples trámites burocráticos, fui liberado del calabozo de la base y saludado como es debido, con la mano a la frente.

Indignado por el primer recibimiento, pero todavía centrado en mi objetivo, solicité que se invadieran las instalaciones enemigas donde el buscado artefacto supuestamente era resguardado. Incluso los soldados y comandantes más rudos se negaron a efectuar dicha misión.

Ese mismo día, por la noche, abandoné la base militar, derrotado y portando la negativa a la posesión del artefacto. No obstante, encontré un extraño templo en el camino.

En el templo, diversos chefs entrenaban movimientos de combate repetitivos. Sus puños fluían, hervían y chocaban como el aceite. Lanzaban sus afilados tenedores contra platos con entrantes a una gran distancia y con una gran precisión. Y cortaban filetes lanzados al aire con veloces y potentes movimientos de muñeca y un cuchillo turco.

Me acerqué al lugar, y fui recibido por el monje maestro Carlos Arquiñano.

- Je je. Hola que tal. Hoy estamos haciendo un entrenamiento marcial rico rico y para toda la familia. - Me dijo.

Cai de rodillas.

- Maestro... ¿Puedo unirme a su escuela de artes marciales? - Rogué.

- Pues claro, hombre. - Respondió campechano.

Entrené durante meses, aprendiendo el arte de la esferificación y la liofilización, pelando patatas, vaciando sandías con cucharas, blandiendo espadazos con un cucharón en la mano. Aprendí los usos de mil y una especias y, finalmente, fui llevado a la prueba final: Portando unos zancos y un gran disfrace cabezón, debía marchar por el camino de Santiago.

Recibí la medalla del honor de la escuela de cocina marcial de Arquiñano. Ahora podía adentrarme en las instalaciones enemigas, reventando paredes y puertas a sartenazos e incapacitando enemigos a cucharazos lanzados, para capturar y descifrar el misterioso artefacto informático que se me fue encargado, ese artefacto de extraño e imposible material negro verdoso con centelleantes luces en sus profundidades, como estrellas bajo el cielo nocturno, que poseía extraños símbolos retorcidos con motivos marinos y procedentes de una época antediluviana.

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