Sueños:Cieno y tormenta

De Bestiario del Hypogripho
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Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, un castillo se asentaba majestuoso sobre la ladera de una colina, rodeado de bosques dorados. Pero algo extraño ocurría aquí...

Bajo el castillo, en los túneles de desagüe, el cieno se extendía e invadía todas las rocas y ladrillos, pero no era un cieno común. El viscoso cieno devoraba la carne viva o muerta, o bien se alimentaban de la luz, y evolucionaba a formas cada vez más sofisticadas y peligrosas, desarrollando ojos, bocas y burbujas de gas corrosivo que estallaban y disolvían los tejidos de las pobres y desgraciadas personas y criaturas que capturaba.

El reino estaba sufriendo esta extraña maldición, esta plaga sucia y deslizante bajo sus pies. El viejo rey, desesperado envío un mensaje de socorro que se propagó por todas las tierras lejanas. Llegaban guerreros de diversas partes del mundo a intentar resolver este problema, pero el cieno los consumía y devoraba, y cada vez se propagaba más y más, invadiendo capillas, salas, criptas, cultivos... El rey murió devorado por el cieno en su propio dormitorio, transformándose en una masa amorfa de hifas de moho gigante gelatinoso.

Un día llegó un musculoso y rudo cíngaro al reino con su carrubato tirado por borrequines mientras se fumaba un gran puro de tabaco, con gafas de aviador y sombrero americano. Era uno de los guerreros más grandes de la historia, un bárbaro apodado "el Conan".

Los ancianos y desesperados nobles dieron su visto bueno y decidieron contratarlo para la misión. Pero antes "el Conan" debía pasar aún una última prueba, pues los nobles buscaban un nuevo rey y ya habían probado con todos los aldeanos de la ciudad. "El Conan" debía sacar una espada de una roca, de hacerlo demostraría ser digno de reinar, y de hecho lo consiguió, demostrando ser el verdadero y próximo rey del reino.

Este poderoso rey aniquiló grandes cantidades y masas del mortífero cieno translúcido, saliendo intacto en contadas ocasiones. Cienos verde-azulados, cienos rojos, cienos blancos... nada sobrevivía a su paso.

Finalmente llegó al núcleo, a la fuente de ese cieno verdoso. Era el piso más alto del castillo, y no el desagüe más profundo a pesar de lo que se había pensado inicialmente. Allí un anciano y enloquecido alquimista dado por muerto se había encerrado para experimentar con cultivos bacterianos y organismos vivos. "El Conán" lo derrotó sin piedad, partiendo su cuerpo en varios trozos mal cortados, destrozo a golpes el caldero dorado que contenía el caldo de cultivo y accionó la palanca de la válvula que conectaba la fuente del cieno con el desagüe para apagar para siempre ese mal artificial.

Yo sé todo lo que ocurrió allí, pues yo era uno de esos nobles sirvientes del rey, y fui testigo de cómo mataba al trastornado alquimista. Yo también sé todo lo que ocurrió allí, pues yo era el demente alquimista que creó esa plaga y a quién ese rey guerrero dio muerte. Y yo también fui el primer organismo de cieno originario.

Un día desperté en mi cabaña, yo era un cazador hipster que habitaba a las afueras de la ciudad amurallada. Nunca me había adentrado a las entrañas de esa ciudad ni a su castillo, y desconocía el panorama que se cocía alrededor de la nobleza y la plaga. Oí en boca de diversos aldeanos que tras la llegada de un tal "el Conan" al castillo y la muerte de un alquimista loco, la paz volvió a prosperar en estas tierras, y los cultivos dejaron de marchitarse por acción del cieno.

Sin embargo no todo era paz y tranquilidad. La luz del ocaso puede engañar, y pues pronto llega la más absoluta oscuridad. Anochecía y yo seguía recolectando leña. De pronto avisté una extraña criatura antropoide alta como un árbol, de piernas y brazos antinaturales. Huí, y me encontré con una gigantesca y musculosa mole roja como la sangre y deforme cuyo bramido llamaba a la muerte. Era un oni... Los yokais habían llegado para aniquilar al hombre.

Corrí rápidamente a mi sólida cabaña, donde otros aldeanos también se habían refugiado de las bestias. Yo y los otros aldeanos, calvos y tunicados, esperamos a la calma de esta tempestad, pero vimos a través de las paredes de papel cómo un gran ejército de yokai se acercaba. Criaturas similares a mujeres con cuellos extremadamente elongados, paraguas con garras, ojos y bocas, leones de roca infectados por líquenes que devoraban su materia, onis deformes y monstruosos como el antes avistado, árboles vivientes con caras humanas y bebés empalados...

Las estrellas ardían furiosas en colores que nunca antes yo había contemplado, y todas esas criaturas reventaron las frágiles paredes. Ese era, pues, nuestro final.

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