Sueños:Argentinos finitos e infinitos

De Bestiario del Hypogripho
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En algún momento del siglo XIX largo nació, creció y se tanguizó el primer argentino digno de este excelso nombre: Carlos Gardel. Obviamente nació en una callejuela de Buenos Aires, hecho todo un compadrito, de traje y corbata, y bajo una farolita, como no podía ser de otra forma. En estos momentos toda la Argentina estaba en blanco y negro y así le gustaba a todos, todas y todes[r 1].

La vida de Gardel, el hijo unigénito de este país colorido en blanco y negro lleno de bares y comparsas, pasó con muchas penas y glorias (sobre todo penas; esta es Argentina después de todo); pero no terminó de pasar antes de que conociera un pibe botija que sería su sucesor: Aníbal Troilo JUAN DOMINGO PERÓN. Perón era un natural para todo lo que fuera tango: Amaba las fotos anacrónicas en monocromo, las películas de dudoso argumento grabadas a micrófonos saturados, la inmigración, la mafia italiana, los pistoleros suburbanos fuera de la ley, y -cómo no- la prostitución la música nostálgica del arrabal. Con la voz y los tangos de Perón, se realizó lo insospechable y el país tocó su punto más alto, llegó a su cumbre.

Peron a pesar de todo, la rueda del tiempo debía girar: El tango necesitaba la nostalgia, la anhelaba; y para ser nostálgico, debía haber algo que debía desaparecer, perderse para siempre. Lo mismo que creaba el Tango, por lo tanto, estaba destinado a destruirse. Una vez se alcanza la cima, sólo se puede bajar... La gallarda juventud de Perón fue contrastada con la tristeza (pero esta una tristeza no glamorosa) de su incipiente vejez. Los bares cerraban y se convertían en depósitos con sórdidas persianas metálicas, siempre cerradas. La economía Argentina mermaba, hubieron convulsiones y golpes de Estado (de los malos, no de los buenos como los de Perón). Las antiguas artes argentinas como los gauchos, el chamuyo, los estibadores, el mate y la torta frita se perdieron en esta era de oscuridad. Una perpetua noche amenazaba con tener a las milongas cerradas para siempre. El país había adquirido el film a colores, pero todos los colores que podían verse eran opacos grises y negros sin glamour, profundidad, textura o misterio; apenas marcados por los azulados y amarillentos ofensivos de electricidades moribundas, aplanados por el tono único de transmodernidad global homogeneizada. Sórdidas vistas negras como el asfalto que había cubierto los adoquines, deprimentes grises en las veredas idénticas de concreto, las entradas blindadas las 24 horas que eran como una sola. Se extendía e intensificaba una silenciosa perturbación, una interminable depresión del espíritu nacional que parecía prolongarse y profundizarse sin pausa ni tregua. ¿Debía acaso ser así? ¿El destino de la comparsa y el bandoneón era extinguirse? ¿Ya nadie bailaría una murguita con las gurisas?

Había una esperanza. Perón mismo había conocido a un joven pródigo, conocido única y exclusivamente como Che (el nombre más argentino que podía existir y jamás existiría). El Che había demostrado aptitud para aparecer en todo tipo de músicas y camisetas, y así revivir la argentinidad por el mundo. Repartiendo alegría y metralla a través del continente y más allá, era el elegido, el nuevo y final hijo pródigo en un país de hijos pródigos. Pero gastaba su herencia muy temprano y con demasiado ahinco. Perón temía por él cuando por meses no tuvo noticias, durante una de sus cíclicas giras Cuba/ONU/selva perdida del cuarto mundo. En esos momentos el anciano populista recordaba cuando se vieron en una turbia mañana secreta de su exilio español. Recordó también cuando se sonrieron bajo los posters de Mao. Y en una tarde tenebrosa, en la que Perón no era más que un viejo confinado detrás de una de las metálicas persianas de lo que alguna vez fue una tienda de antigüedades -ahora hace tiempo clausurada-, una luz obsoleta de tonos de bronce iluminaba antinaturalmente el rostro aún monocromático del primer y último peronista cuando escuchó la noticia. La antigua radio rugió en lo que no eran ya palabras: El Che había caído, y nunca volvería. Fue lo último que Perón escuchó.

Pero el espíritu argentino no murió del todo. Una banda colombiana o centroamericana, "Maniá" o algo así, dedicó una canción al hecho, con una letra muy apropiada. Raptados por la estética de los lúridos escritos de Jorge Luis Borges (un gran peronista, y amante de las tardías fotos y Buenos Aires aún en su blanco y negro original), dieron un giro a la historia. En la magistral ejecución de las líricas y la música (inspirada por el flaco Spinetta), los espíritus del Che y Perón se elevaban por la atmósfera, llegaban a la estratósfera, y de allí se remontaban a la infinitud de los confines del Universo. Un dueto de tango eterno, que, como dos líneas paralelas, finalmente se encontrarán de nuevo en las postrimerías de la existencia[n 1].

Referencias[editar]

Las Referencias aluden a las relaciones de un artículo con la "vida real".
  1. Todavía no se inventaría por más de un siglo la aberración del lenguaji inclusive.

Notas[editar]

Las notas son tan ficticias como los contenidos.
  1. Este destino tanguero paraleliza el de Charly García y el Indio Solari con la actuación, o el de Maradona y Messi con la política, o el de Evita y Mirtha Legrand con el fútbol.

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02/12/2021