Relatos:Profesor Póquer

De Bestiario del Hypogripho

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Había enseñado historia de España durante el último mes. Estaba en una clase de quinto curso de primaria de la escuela San Pedro de las Huestes, luchando por enseñar las guerras carlistas a un grupo de niños de once años, especialmente sin dar una diatriba sobre los males del monarquismo para evitar que sus padres y el director vinieran a echarme mierda encima.

Un día, estaba tartamudeando durante una lección sobre la Primera República Española cuando, de repente, Antonio soltó: - Señor Paco, ¡parece un duende! - Los otros niños se rieron a carcajadas, aferrándose a la broma de inmediato. - ¡Sí, un leprechaun grande y flacucho! - - ¡Un elfo larguiducho y apestoso! - Dijeron.
El niño "tontito" de la clase también participó... Al menos a su manera: - Hoy ha venido el señor verde de los anuncios del casino. - Dijo, haciendo referencia a la verde trajeada mascota de los casinos en línea Mr. Green. Nadie más entendió la referencia.

- Sí, sí. Ya sé que hoy voy vestido raro. - Respondí. Yo llevaba una camisa verde con una imagen del personaje Linterna Verde, y unos pantalones vaqueros verde oscuros de cáñamo. Zapatos deportivos negros también. - Solo por hoy, podéis llamarme Profesor Póquer. - Los niños se descojonaron después de eso. No logramos avanzar mucho durante el resto del día, pero me pregunté si la idea del Profesor Póquer sería buena para ellos.

De camino a casa, decidí comprar algunas cosas en una tienda de ropa: un par de mocasines negros, algunas corbatas con corazones y picas de los naipes ingleses, algunos pares de pantalones verdes, un chaleco formal también verde, y un sombrero de copa verde, ¿cómo no?. Pagué con tarjeta y firmé como "Profesor Póquer", el cajero no se dio cuenta. Me reí entre dientes mientras yo salía por la puerta fuera del local y portando las bolsas con mi compra ya hecha.

Caminando por la Calle Colón de vuelta a casa, pasé delante de un casino y tuve el repentino antojo de echar unas partidas a la ruleta. Quedé maravillado por el movimiento de las casillas rojas y negras, los sonidos abundantes de las máquinas que seducían al juego y los gritos de los ludópatas desesperados que acababan completamente desplumados y que se quejaban mientras la seguridad del local los echaba. No llegué a jugar, pero casi lo hago. Casi...

Poco después decidí entrar a un bazar chino y comprar diversa miscelánea de póker, barajas de cartas y juegos de azar para llevarlos mañana a la escuela. Pensé que a los niños les parecería divertido empezar la lección con unos cuantos juegos de casino. Estaba tan absorto en la idea que incluso compré dados de juegos de rol sin darme cuenta.

Al día siguiente, llegué a la escuela con un atuendo completamente verde y extremadamente formal; una corbata de naipes, pantalones, chaleco y sombrero verdes, y un par de mocasines negros. Sujetaba también un elegante bastón con un cabezal de vidrio en forma de diamante. Una vez que los niños se sentaron estos quedaron absortos contemplando mi persona, pasamos por nuestro saludo diario, con un ligero giro:
- Buenos días, clase. - Dije con una voz suave y elegante, y luego bebí un caté un poco de whisky en una pequeña copa de vidrio.
- ¡Buenos días, Profesor Póquer! - Exclamaron en respuesta con gran sorpresa.

Cada niño recibió un clásico dado rojo translúcido de seis caras. De alguna manera, hicimos grandes avances en la lección sobre la Segunda República Española ese día; Les mostré segmentos de un documental y, de hecho, se quedaron quietos y observando la pizarra mientras toqueteaban el dado rojo en sus manos.

Comencé a recibir correos electrónicos de padres unos días después:

Señor Francisco,
¡Marta adora su clase! Dijo que eres el maestro más guapo y entretenido que ha tenido, ¡sigue haciendo un buen trabajo!

Fue agradable obtener esa aprobación, como si realmente yo estuviere haciendo algo de importancia. Quizás mis alumnos incluso recordarían algunos de los datos que les enseñé.

Entonces, comencé a hacer todo lo posible en mantener mi amado personaje, trayendo mesas de póker y la ruleta al aula, escribiendo el boletín semanal con un marco de diamantes y tréboles, echándome desodorante Axe "Old Rich Man". Pasé horas en Google, solo para reunir reglas sobre juegos de casinos. La semana prosiguió igual. Cada día aportaba un dato sobre los juegos de los casinos.

Me reuní con el director Fermín el lunes de la semana siguiente. Me sentí un poco ridículo al ir a la reunión vestido como la fusión del señor del Monopoly con un Leprechaun.

- ¿Sabe, Señor Francisco? ¿O debería decir Profesor Póquer? - Preguntó mientras me guiñaba un ojo. - He recibido muchos comentarios positivos sobre su iniciativa con el tema de los casinos. Parece que realmente mantiene a los niños concentrados. Pero hay algo que me preocupa... ¿Sabe que los juegos de apuestas no son algo apropiado para los niños pequeños? - Explicó con una cara muy seria mientras sujetaba un fajo de billetes de 50 euros.

- Lo sé, pero... - Intenté responder, pero él me interrumpió.

- ¡Estoy de broma! Estamos ganando mucho dinero gracias a la iniciativa. Los niños atienden más y los padres, al contentarse por estos buenos resultados, donan más para "nuestra iglesia". - Dijo, mientras movía los dedos tras decir la última palabra.

- Pero señor director... - Intenté replicar.

- ¡Los negocios son negocios! Sigue así, y quizás te suba el sueldo. - Respondió. - Toma, un pequeño anticipo por tu buena labor. - Dijo, y me dio un pequeño fajo de 300 euros contados.

Pasaron los meses. Era casi marzo y el día de San Patricio se acercaba. Los niños habían desarrollado un gran interés por la historia y demás asignaturas, así como un "amor" por los juegos de azar que se ponderaba con las matemáticas y la probabilística. Durante los patios, estos se jugaban el almuerzo o el dinero del almuerzo mediante diversos juegos de cartas y dados. La paz, alegría y armonía se podían observar por todos lados.

Cuando llegué a casa, encendí el televisor y vi un reportaje sobre las manifestaciones contra los juegos de apuesta en línea; aparentemente, habían traído la ruina a muchas familias y causado severas ludopatías en algunos jugadores. También explicaban como las diversas cadenas de juegos de apuesta en línea trataban como una mierda a sus teletrabajadores.
Concluí que sería bueno escribir una carta a varias empresas de juegos de apuestas en línea sobre mi iniciativa. Supuse que les gustaría saber que su "filosofía" era más que una forma de sacarle el dinero a la gente. Pasé toda la noche escribiendo y se convirtieron en unos pocos miles de palabras sobre mis teorías sobre la educación primaria y el cómo los juegos de apuestas me habían ayudado tanto. Realmente no pensé mucho en eso, pero lo envié repetidamente a diversas empresas de juego con el asunto "El juego es mucho más que un juego"; de todos modos, probablemente se perderá entre todas las amenazas de muerte de los clientes ludópatas arruinados.

La idea no volvió a pasar por mi mente hasta ese fin de semana, cuando recibí una llamada telefónica.
- ¿Profesor Francisco?, soy Juana Pastora, del telediario de telahinco, digo, telecinco. Acabo de recibir un correo electrónico de alguien de una empresa de juego en línea. ¿Tiene unos minutos para una entrevista? - Preguntó.

- Claro, por supuesto. - Respondí elegantemente y con una voz suave y profunda.

Estuve en la portada esa semana. Era una foto mía, vestido formalmente y de color verde por completo, lanzando los dados sobre una mesa roja de casino con todos los estudiantes boquiabiertos observando detrás de mí. El titular decía: "El profesor Póquer pervierte a los niños del mañana". La estación local de CBS también pasó por la escuela para un segmento en el cual denunciaban mi trabajo influyendo a los niños para que jugaran juegos de apuestas.

Posteriormente perdí el trabajo y abandoné la enseñanza educativa, pero lo peor para la escuela no había pasado. La escuela fue invadida por padres enfurecidos que casi lincharon al director, y este perdió también su trabajo y su estatus como diácono de la Iglesia Católica, pues una posterior inspección confirmó lo que era obvio desde el principio: el director diácono era un corrupto.

Y bueno... todo esto prosiguió así durante varias semanas.

Ahora vivo en la cárcel, donde duermo dentro de una jaula, e instruyo a los prisioneros con maravillosos juegos de apuestas improvisados. Desde mi instancia allí, los recreos son más animados y alegres, y los altercados comunales son menos usuales. Sin embargo algún prisionero ha acabado asesinado porque le debía muchas cajas de tabaco que había apostado a algún mafioso, y otros tantos han recibido palizas en las duchas a causa de deudas pendientes o han desarrollado una severa ludopatía.
No es mi problema. El caso es que, en general, he traído la alegría a los recreos.

Me llaman el Profesor Póquer.

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