Relatos:Memorias de Dragón (ICIO)

De Bestiario del Hypogripho

Este artículo tiene elementos canónicos de Unión ICIO.     Este artículo se compone de contenidos transcritos o recopilados por Richard Llamas.  Este artículo carece de imágenes ilustrativas. Puedes ayudarlo consiguiendo una (o más) imágen/es apropiada/s e incorporándola/s.  Este artículo es de dificultad intraficcional moderada (magnitud 2). Algunos conocimientos sobre las ficciones mencionadas pueden ser necesarios para entender mejor, o del todo, el tópico. 

Allí estaba el cuerpo del dragón dorado, bajando por una espiral tormentosa de rayos rojos y azules. Bellos tonos morados se asomaban entre el caos de los relámpagos, mientras aquel cuerpo seguía cayendo profundamente. Hasta que el tormentoso espacio se abrió en una puerta des uniforme a una tierra mejor, haciendo que la bestia caiga en una pradera.

Impactó con fuerza, dejando algunas grietas y partes levantadas de la tierra donde cayó. Tierras de vientos templados, pasto morado, cielo de cuatro lunas verdes y un horizonte de nubes oscurecidas por la tempestad de los señores que traen la cruel noche. Pasaron las horas y el dragón por fin dio signos de estar consciente.

Sus ojos se abrieron lentamente, confundido por el panorama en el que se encontraba. Con la fuerza de un vagabundo recién despierto levantó su cuerpo, parándose de forma no muy estable para después recuperar el equilibrio. Empezaba a volver en sus 5 sentidos, abriendo bien los ojos y apreciando el lugar donde se encontraba, preguntándose algo que no tenía forma de responder él mismo.

―¿Dónde estoy?

Al preguntárselo en voz alta, escuchó una suave respuesta.

―Estás en tu cielo.

El dragón rápidamente se volteó de un salto hacia donde percibió la voz, en una posición de combate. Entonces vio quien era. Una mujer de piel pálida, con telas rojas cubriendo sus partes más vulgares, un ojo rojo como el amanecer más reluciente y el otro cubierto con una máscara grisácea desgastada, así como la mitad de su cara. Su cabello largo de tonos negros, desordenado hasta la cintura, de baja estatura, bella como la luna. La criatura alada se mostraba confusa, ahora en una postura más calmada.

―¿Quién eres?

Preguntó con duda el dragón.

―Soy tu guía.

―¿Mi guía?

―Exacto.

―¿A qué te refieres con ello?

―Soy tu consejera, asignada a ti por mi propio nacimiento en la nada misma. Yo vengo de ti. Soy tu amiga, la cordura de este espacio. Si me sigues, con cuidado, te mostraré las luces y sombras que están en tu camino.

El alado quedó pensativo unos segundos, hasta que decidió responder.

―Si eres mi cordura…, ¿eso significa que sabes quién soy?

―Exacto.

―¿Quién soy en realidad?

―Eres el hijo de los dos últimos dragones de los pulmones del mundo.

El reptil con alas se acercó a la mujer que se notaba con una expresión tranquila y una sonrisa amable. La miró de cuerpo completo, volviendo a estar confuso.

―¿Cómo terminé aquí…?

Preguntó de forma un poco desesperada.

―Como dije, este lugar es tu cielo. Es tuyo. Aquí es donde renaciste.

―¿Renacer? Pero…

Interrumpió la mujer, antes que pudiera pensar algo más.

―Tú fuiste un pequeño dragón. Cuidado por un niño, ¿ves esas lunas de por allá?

La chica señaló al cielo. El dragón se volteó, mirando hacia las cuatro lunas, mientras que la chica dio algunos pasos para estar al lado izquierdo del dragón.

―Pero si yo no recuerdo nada de eso…

―Eso es porque has renacido.

―¿Cómo que renacido? ¿O sea, que morí antes?

―Fuiste un mortal. En una región desértica, tú diste la prosperidad.

―Mi memoria es difusa… Aunque trato de imaginarme eso, no lo recuerdo.

―Déjame ayudarte.

La chica acercó su mano hacia la cabeza de la criatura, pero no le alcanzaba. Por un momento dudando, el dragón acercó su cabeza a la mano de la chica. Cuando sintió el tacto de esta, abrió los ojos, apreciando como ahora se encontraba en un mar de estrellas brillantes y marea galáctica, de fuertes y relucientes tonos morados. Allí fue cuando vio sus memorias. Flotando en medio de la marea cósmica, aprecio como se transformaban viejas memorias en un espejo de líquido cristalino frente a él, digno de una pantalla grande. Vio a dos dragones grises gigantescos, rodeados por verde llena de vida. Uno de escamas grises gruesas, resecas y puntiagudas en su espalda y alas en su espalda, ojos blancos como la luz atravesando la niebla. El segundo, una dragona de escamas blancas, lizas, de donde la luz de la luna se expandía, alas en sus fuertes brazos, crestas de un rojo intenso digno de una reina y sus ojos tan oscuros como la noche misma.

Ambos se ponían alrededor de un gran huevo, con colores y formas particulares. Como madre y padre, ambos se daban muestras de afecto, mientras cuidaban de su futura descendencia. El panorama cambia, en ahora una lejana montaña. Un hombre de estatura baja, vestimentas que cubren todo su cuerpo y una carreta, estaban frente a la dragona de piel blanca. Ahora se veía herida, atravesada por diferentes partes de su cuerpo, por pequeñas armas filosas. Lanzas, dagas, cuchillos, espadas o hechizos cortantes, su cuerpo estaba destrozado.

Sin el dragón de pieles oscuras a la vista, el panorama se hacía deprimente. Con el huevo entre sus manos, lo rodeó de una energía magenta, encogiéndolo a un tamaño no comparable al anterior. El hombre misterioso se acercó a las manos de la dragona, tomando el huevo que la misma le ofreció. Ahora encogido, el sujeto dejó aquel huevo en su carreta entre un fajo de suave paja, para dar un gesto de despedida a la dragona. El hombre se subió a su carreta para cabalgar con su viejo caballo blanco, mientras se alejaba en dirección a un camino destruido, lleno de fuego azul y morado, lanzas, grietas y flora aplastada. Desolada. Sin más que poder hacer que seguir avanzando hacía por lo que sea que había logrado escapar. El recuerdo se desvanece como si una piedra golpeara el agua del reflejo.

La visión cambia a una memoria siguiente. Está aquel extraño seño alrededor de un pueblo calmado. Sol abrasador, calor sofocante, suelo seco, gente noble. Su carreta frente a un almacén, hablando con una pareja de señores con poncho y sombrero. El hombre baja los fajos y los deja dentro de su almacén, sin preocuparse por el huevo que se podía esconder ahí. El agua de la visión se torna blanca para brillar, mostrando a un niño pequeño, vestido de forma similar que la pareja de ancianos. Sosteniendo el huevo, curioso e inocente. Aquellas proyecciones y memorias empiezan a aparecer en tan solo parpadeos con varias pausas, inundando al dragón de recuerdos.

Aturdido intenta resistir, pero lentamente comienza a sentirse mareado. Su cabeza se balancea de lado a lado, al igual que sus ojos, perdiendo lentamente el conocimiento. Recuerdos lo inundan; corriendo y jugando junto a niños, espantando mineros con su poderoso fuego, sacando tubérculos del suelo de forma olímpica, acarreando montones de cargamentos, siendo ovacionado por personas de ropas desgastadas y manos destruidas, entre muchos más. La marea lo abruma más y más hasta comenzar a ahogar su mente. Sintiendo como su cabeza le pesa, grita. A penas unos pocos segundos de gritar, estaba en el mundo de nuevo… O en lo que se suponía era su mundo.

Aturdido y alterado, se sacudió la cabeza, respirando de forma algo agitada.

―Tranquilo. Estás aquí, no ha pasado nada.

Dijo la chica para tranquilizar al contrario, mostrándose un poco preocupada. El dragón recuperó algo de compostura, ahora mirando a la chica con duda y… un pequeño sentimiento de miedo.

―¿Qué…? ¿Qué fue eso?… Mi vida pasada… José… Abuela… Archuco Rojo…

Desconsolado e intranquilo, sus palabras después del trance hicieron que la chica se calmase. Ella se acercó para agacharse y tomar una de sus garras en su brazo izquierdo, para llamar su atención. La criatura agachó la cabeza, mirando a la joven mujer, con sus ojos llorosos.

―Ellos fueron quienes te ayudaron. Ellos son tus lunas. José, Matilda, Abuelo y Abuela.

―¿Y aquellos dragones que vi junto a un huevo gigante?

―Ellos fueron tus progenitores. Tú llevas su sangre, junto con tu gloria divina. Has sido su último descendiente, para los viejos de Dracontia. Tu cuerpo muerto permanece inmortal, en las tierras secas del Gran Chaco.

La bestia pasó de intranquila a un estado de pensamiento, más calmado con las palabras de la chica. Miró hacia el cielo donde se encontraban las cuatro lunas, que se reflejaron en sus ojos. Una pequeña sonrisa formaron sus labios, y una pequeña lágrima de color dorado salió de uno de sus ojos, resbalando por su mejilla derecha. La chica percibió ello, viendo como caía la lágrima, chocando en el suave pasto. Entonces todo comenzó a temblar, bajo ambos. El draconiano miró hacia abajo mientras perdía el equilibrio, y vio la tierra levantarse hacia arriba, mientras la joven se mantuvo en su lugar en calma abundante. La tierra se había transformado en una montaña alta, con formaciones de espinas en sus paredes, formas serpenteantes que sobresalían de la base para mezclarse a medida se observan, similar a pilares con lianas pinchudas.

―¿Qué demonios fue eso?

Preguntó sorprendido el dragón, luego de recuperar el equilibrio. La chica soltó una suave risa corta, para luego levantarse y dirigirse hacia él.

―Este paraje se transforma cuando tú desatas una parte de ti en él.

―…¿O sea que, tengo el control de este sitio?

―Puedes expandirlo más haya de tus límites. Eres, ahora, un ser diferente.

La criatura se miró a sí mismo, a su cuerpo. Dorada y brillante eran sus escamas, sus alas de un tono morado como la amatista más antigua y poderosa, sus garras del acero más fiel y resistente. Entonces sintió su mente. Sintió como se estiraba, como una telaraña, en infinitos hilos de poder y conocimiento. Parpadeó varias veces, ahora con una expresión serna. Miró hacia el cielo de nuevo, hacia las cuatro lunas.

―Si es así, volvamos un reino este lienzo.

La joven sonrió, mostrando un claro optimismo ante las palabras de la ahora verdadera deidad.

―Podríamos comenzar con los alrededores. Aquellos que están más haya de esas nieblas, no lo quieren aquí.

―Nuestro reino será grande. Mis padres, mi cuidador, mi familia humana, mis seguidores. Sus ofrendas las transformaré en mi materia prima y recibirán una fortuna para sus almas. Yo soy… Arcón.

―Así se habla, mi Señor. Seremos grandes, como la poderosa luz que está dentro suyo.

⚜️[editar]

 Avatar Richard Llamas.png  Artículo transcrito por Richard Llamas
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