Relatos:Matar al miedo

De Bestiario del Hypogripho

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Pasaron largas épocas desde que maté a Miedo.
Miedo estaba mirando el océano parado sobre un escollo negro. Un atardecer -el último atardecer de la Vieja Era- bañaba las playas y las rocas. Por mucho tiempo, había pensado, Miedo había estado frustrando mis planes y detenido mi avance. "Éste camino no" -Advertía.- "¡Ese otro tampoco! ¡Horror!" . Estaba cansado de que Miedo interfiriera con Voluntad.
Seguramente estuviera ahí elucubrando los peligros ocultos de la exposición a la luz solar o alguna otra tontería de esas para poder asustarme. "Si fuera por Miedo" -me dije- "Jamás podría salir ni dar un sólo paso."
Así fue que tomé mi resolución de matarlo. Me acerqué, sigilosamente, y cuando se iba a dar vuelta, lo apuñalé con celeridad. Nada dije, no hubo cólera en palabras; aunque no puedo asegurar la falta de saña y resentimiento. Miedo no tuvo la oportunidad de oponer gran resistencia. Todo se teñía de rojo; el mundo y mis manos. Quité con la última gota de Sol la última gota de sangre, y fue la noche. Pero nada sentía respecto a ello. Creí que me había sacado de encima el peso supremo. Caminé, incolumne, entre las sombras cambiantes y la oscuridad impenetrable, y no temí. Me sentí invencible, pero sobre todo ingenioso por la magistralidad y simpleza de mi solución. Combatir contra el miedo en cada ocasión era un gran desgaste, y las veces que ganaba, me parecía haber sido inducido a los peores errores. Una vez que lo destruí, me pareció no haber existido nunca. No había matado a "algo", sino "nada"; me había desecho de aquello-que-jamás-había-sido. Por eso, no hubo dificultad alguna en la transición.
Ahora, tanto tiempo y sucesos despues, recapitulándo, no me parece haber sido tan presciente. En esos días pasados, yo creía que el miedo era una simple barrera que franquear; que una vez destruido, todo lo que deseaba estaría en mis manos, cuyo alcance antes se veia detenido por las fatales dudas y fustigaciones. En ésto me equivoqué. El miedo era un reflejo de experiencias e instintos... si ellos me paraban, había una razón para ello. El miedo, aunque angustioso, aunque molesto... era una memoria, un aprendizaje. Sin él, nada me inmutaba. Mis pasos se dirigirían a los mismos lugares sin importar cuántas veces cayera en los pozos o cortara mis dedos en el proceso. El dolor existía, pero no la enseñanza. Sufría el dolor, sufría la pérdida... más ya no la temía. Por lo tanto, no la evitaba. Sin el miedo, el deseo había ganado automáticamente la partida cada vez.
Sin embargo, era muy tarde para volver atrás. Una vez muerta esa sombra carmesí, no volvería sobre sí. Nada quedaba: ni marcas, ni huellas, ni cadaver. Deseo reía descontroladamente, al mirarme buscar las partes de algo que ya no era, y no sería, y nunca había sido. Tan seguro estaba de su quimérica victoria pírrica.
Esa risa me irritaba. ¿Que habían sido los problemas del miedo más que los problemas causados por los excesos de Deseo y sus impulsos arbitrarios e imprudentes? Entonces pensé la nueva solución: Matarlo también. ¿Qué sucedería luego? No hay cómo saberlo. Pero el miedo sería vengado, y la Razón triunfaría. Debía triunfar.

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19/02/2015
20:22 hs