Relatos:La Ciudad Negra I

De Bestiario del Hypogripho

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La Ciudad era espesa y negra. Hacia ella se deslizaban incontables seres deformes, excavando para encontrarla de nuevo. Cavaban y cavaban sin descanso y, sin embargo, la Ciudad no aparecía. Consultaron lo mejor que pudieron los mapas grabados en las paredes. Sus extremidades, tan diversas, trabajaban conjuntamente para encontrar aquel lugar.

Buscaban la Ciudad, la Ciudad que les devolvería la luz a través de la oscuridad. Consultaron, incluso, a los más deformes entre ellos, aquellos que ya ni siquiera se movían. Su tamaño había crecido y poco hacían ya, aparte de ocupar cuevas enteras. Los llamaban Enormes.

"Retrasan nuestra misión" —dijeron. Pero los necesitaban. Preguntaron, adularon, les prometieron fortunas, pero las gelatinosas masas inmóviles no respondieron.

"Cuando lleguemos seréis los primeros en cambiar" —les garantizaron.

Leves chasquidos de pinzas, miradas desdeñosas desde 20 pares de ojos o resoplidos bajos y entrecortados, llenos de ira, fue lo único que obtuvieron por respuesta. Las sombras se impacientaban: estaban ansiosos por llegar a la Ciudad. Allí conseguirían una nueva forma sin deformidades, capaz de gobernar sobre un gran número de otros seres inferiores, también deformes. Así había sido siempre. Sólo unos pocos buscaban convertirse de nuevo en humanos.

Varios Enormes, ante las continuas presiones recibidas, comenzaron a responder. "Hablar" no es la palabra, puesto que sus siseos y gorgoteos poco se acercan al habla. Una frase podía durar horas, para angustia de los deformes, que se hallaban ya en un estado próximo a la desesperación.

Las respuestas fueron variadas. No dijeron, sin embargo, nada que les indicara dónde buscar la ansiada Ciudad; simplemente se limitaron a hablar de ella.

Sólo unos pocos escucharon sus respuestas ante el temor, fundado, de que resultaran tremendamente desalentadoras. Así, la excavación en busca de la Ciudad, aunque sin rumbo, no se retrasaría.

«Era grande, muy grande....».

«Los edificios eran altos, altos... las calles, regulares y espaciadas».

«Las paredes, ¡sí, las paredes!...las pareeeedeesss...»

Algunos, más lúcidos, formulaban frases escalofriantes. Uno aulló:

"...to-todos los edificios estaban recubiertos de negrura; negruuuuuraaa... ...no existe, argh, ¡no existe mente capaz de soportar la verdadera forma de esos edificios...!"

"¡YO LOS VÍ!" —chillaba otro. "¡YO SÉ PORQUÉ NO HAY NADIE ALLÍ!"

Esta revelación confundió mucho a los deformes: ¿Porqué los Enormes no querían hablar de la localización de la Ciudad? Quizás fuera porque nunca habían tenido suerte para cambiar su forma; al fin y al cabo su estado actual era prueba de su fracaso. ¿Estaría la Ciudad verdaderamente vacía? No podían creerlo. Llegaron a la conclusión de que tenían envidia: muy pronto ellos, los deformes, tendrían en sus manos el poder de la Ciudad: adquirirían un nuevo aspecto y volverían a la superficie, para arrasarlo todo, tal como había sido augurado tanto tiempo atrás. Se les prometió inmunidad frente a las guerras que estallarían por el poder. Incluso ejércitos. Nada de eso alteró las cosas, nada cambió durante semanas.

Pasado ese tiempo apareció un misterioso deforme. Su aspecto era extraño: la poca cantidad de baba que goteaba de su cuerpo, su aspecto gris en vez de negro y su tono confiado y despreocupado indicaba que era una sombra deforme joven, sin experiencia. Sin embargo poseía antenas y su brazo, casi humano, terminaba en una grotesca pinza como de crustáceo. Sus ojos también eran bulbosos y su boca poseía tres mandíbulas, algo que unos pocos de los Enormes desarrollaban a lo largo de los siglos.

Afirmó ser capaz de hacer retroceder la deformidad. "Ya no habrá Enormes", prometió. "Siendo como nosotros, gozaréis de las mismas oportunidades una vez lleguemos a la Ciudad".

Pero los Enormes, que se habían mostrado interesados por la primera parte de su discurso, sacudían sus cabezas repletas de baba y protuberancias ante los deformes. Algunos expresaron su ira tratando de golpearle, pero aquel joven deforme no sólo era extraño por sus características, sino que poseía habilidades completamente inusuales. A pesar de encontrarse en medio de la cueva, sin escapatoria y expuesto a la ira de una veintena de Enormes, por mucho que éstos intentaran alcanzarle, no podían. Los tentáculos retrocedían sobre sí mismos, las pinzas se retorcían, incapaces de cerrarse, y las mandíbulas mordían el vacío.

"No, no me alcanzaréis. Pero si continuáis atacándome os juro que nunca dejaréis de ser Enormes".

La reacción fue inmediata y la violencia cesó.

Un Enorme de apenas 6 metros de largo habló: "La Ciudad...Ciudad...la...la Ciudad...la...Ciudad" —su murmullo entrecortado fue ganando en volumen, repitiendo cada vez más fuerte lo mismo por cada una de sus trece gargantas; después, un bramido polifónico, colosal, inundó las cavernas, llegando hasta todos los rincones : ¡¡¡LA CIUDAD YA NO EXISTE!!!

...

Pensaron que todo había acabado; la renovación se detendría y las sombras, cada vez más grandes, abultadas y deformes, permanecerían vagando sin rumbo en el subsuelo. Se equivocaban. Pero a peor.

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