Relatos:Historias de Ciudad Blanca

De Bestiario del Hypogripho

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Historias de ciudad blanca[editar]

Habitan grandes historias en algún lugar de la biosfera del Río Plátano que no han tenido la oportunidad de llegar al sector auditivo de extranjeros, mereciendo toda la atención del mundo. Esta es la historia de un hombre llamado Hernán, que en busca de un mejor ingreso económico, aceptaría un empleo en el corazón de la mosquitía, donde realizaría trabajos de construcción y vigilancia por un doble salario, y trataría de generar dinero extra en sus ratos libres yendo a pescar.

Hernán, quien habría llegado en bote a la zona, se adaptaría rápidamente al estilo de vida que depara esta comunidad, pues tenía facilidad para hacer amistades, sin embargo, aún era demasiado difícil adaptarse a los ruidos de la naturaleza y a un sin fin de mosquitos que entre agudos soplos silbadores al oído y unos incómodos y fuertes piquetes, como si de inyecciones se tratase, al no haber iluminación, convertían el concilio del sueño en un verdadero reto de campeones. Pasaban las horas en una noche incómoda, y Hernán intentaba bajar la cortina de sus párpados para dejarse abrazar y mecer de los confortables brazos de Morfeo, pero como era de esperarse, los zancudos, el crujirse los árboles, el nefasto canto de las aves nocturnas en sinfonía con la risa de las ranas, el grito desenfrenado de los grillos, hojas cayendo y golpeando un techo fabricado a base de láminas de aluminio, compitiendo por quien caía más fuerte al mismo con, quien sabe qué animal, y el pasar de felinos, caninos y muchos otros animales por la ventana de sus aposentos, le negaban el único placer que este hombre se podía permitir ante su ocupada agenda.

Fue entonces cuando, estando inmerso en el correr del tiempo y envuelto entre las oscuras sábanas de la noche, escuchó algo muy confuso… aquello era como si un bípedo hiciera una fuerza tremenda para marcar sus pasos por donde transitaba, pero al mismo tiempo, no se podía diferenciar si se trataba de una persona que jugaba en medio de la noche, o si se trataba de un animal que de alguna manera lograba hacer que sus pisadas tuviesen un ritmo humanoide que generara la confusión en la lógica de Hernán. Hernán realizó un esfuerzo por lograr percibir lo que acontecía allá afuera, no obstante, como si el ruido de la naturaleza no fuese suficiente, los cielos habrían tomado la determinación de realizar su lloro esa noche, y lo haría con tal fuerza, que borraría el ruido de las pisadas de aquel ser, dejando a Hernán sin más opción, pues apelando a su lado curioso, no le quedó de otra que mirar por la ventana, pero al defenestrar su vista por aquel cuadrado, cubierto por un vidrio y una cortina, no logró alcanzar su objetivo, pues la lluvia limitaba su panorama, y el paisaje era mezquino, mismo que solo le permitiría ver cómo las hojas se movían mientras aquello se alejaba sin permitirle captar cosa alguna.

A la mañana siguiente, Hernán seguiría su rutina, y se dispondría a trabajar. En medio de una agitada jornada laboral, no pudo evitar preguntar a sus compañeros por aquel extraño sonido que lo dejó intrigado la pasada noche, a lo cual, como reacción más común, obtuvo una casi unánime burla, que le hizo sentir incómodo. Lo que no esperaba es que la respuesta más seria y sincera que recibió le dejaría aún más incómodo que aquella molesta burla, pues un hombre llamado Plagatox le comentaría:

—“En estos lugares así, lo mejor es nunca saber que fue lo que uno escuchó…", mientras con un suspiro, Plagatox miraba al cielo con nostalgia. Ante todo lo ya mencionado, Hernán hizo todo lo posible por olvidar el incidente, y saliendo de su jornada de trabajo, comenzaría con su turno de vigilancia, mismo que finalizaba al llegar el guardia armado, que cuidaba la obra de construcción durante el horario nocturno, y mientras comenzaba su turno, uno de sus compañeros de construcción, llamado Yondir, se le acercaría y le ofrecería una disculpa a Hernán, acompañada por un comentario que quedaría dando vueltas en la cabeza de nuestro personaje: -“te tocó vivir en ese sector, no prestes atención a las burlas, suelen hacer lo mismo cuando nadie quiere responder preguntas incómodas.”

Un par de semanas más tarde, mientras Hernán realizaba su pesca, vio un arbusto moverse a la orilla del río, pero decidió ignorarlo, y unos minutos más tarde encallaro su bote de manera provisional para poder recoger lombrices para su anzuelo, dado que no le quedaban más. Por este detalle sabríamos que fue un excelente día para pescar, pero al retornar a su nave, Hernán encontraría una sorpresa… no solo habían robado el fruto de su trabajo, sino también, habían maltratado su bote y lo habían volteado. Hernán se encontraba furioso y buscó una escopeta que solía cargar entre sus cosas cuando salía a pescar. Al encontrarla logró divisar que a lo lejos los arbustos se movían, corrió hacia allá y cegado por su furia, no medió palabras y solamente divisó que comían su mercancía, por lo que disparó sin piedad, seguidamente, aún más fuerte que la detonación de su escopeta, rugiría con fuerza sus gritos, un hombre que según Hernán, media al menos 3 metros y medio de altura… acto seguido, Hernán huye aterrorizado de la escena y logra llegar a una pequeña colonia donde conseguiría alojamiento con una mujer llamada Yaya (con quien mantuvo una relación romántica un tiempo después)… lleno de adrenalina, Hernán le balbuceó mientras recuperaba el aliento:

—“…e, es, es un, es un gigante… es un gigante…” Yaya se sorprendió y le contestó:
—“¿un gigante?… ¿vienes de muy lejos?…” y Hernán continuó:
—“¿como sabe usted eso?”
—“los gigantes no se ven desde hace mucho tiempo, pero suelen escucharse relatos de pescadores que aseguran que los gigantes los siguen para robar su pesca cuando se descuidan… debió seguirte durante días…” respondió Yaya.

Hernán aún incrédulo, pensaba que aquella mujer se jactaba con burlas de lo que él había vivido, pero entre detalles, se daba cuenta que era imposible que aquella mujer dijera un relato parecido a lo que le ocurrió exactamente, por lo que pudo conciliar el sueño y dormir plácidamente. Al amanecer del siguiente día, un día domingo, aparecería en los periódicos locales, en primera plana, con fotografías como evidencia;

“Representantes del gobierno estadounidense han encontrado gigante sin vida en la mosquitía hondureña."

No solo Hernán, si no también habitantes de la zona, aseguran que dicho periódico impreso fue desaparecido en su totalidad días después sin quedar más evidencia que la memoria debatible de un grupo de pobladores, a los que el resto del país se niega a tomar en serio…

Esta historia podría ser real, por lo que te invito a reflexionar en ello y a compartirla con tus amigos.

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