Relatos:Gustav

De Bestiario del Hypogripho

Este artículo tiene contenido que finge ocurrir en nuestro "mundo real", pero es de hecho ficticio.     Este artículo se compone de contenidos creados por Jakeukalane.  Este artículo es de dificultad intraficcional negligible o nula (0). Debería ser apto para todo público. 

La avenida que atravesaba esa parte de la ciudad estaba mal empedrada. Los coches buscaban caminos alternativos a la línea recta para esquivar las hondas zanjas llenas de agua sucia y barro. Gustav, muy intranquilo, había cogido un taxi ya de madrugada sin esperar a que llegase el autobús de la una. Se dirigieron a la parte oeste de la ciudad. Los innumerables bandazos que daba el taxi y la mirada hosca que le dirigió el conductor cuando empezó a fumar no ayudaron a que Gustav se calmara.

Cuando llegó al hotel encontró a Kristine dormida en su cuarto. Llamó a Marko.

—Kristine está dormida, ¿ha llegado ya el dinero?—dijo Gustav.

—Aún no lo ha ido a buscar el inepto de tu amigo—repuso Marko muy enfadado.—Si no llega en una hora voy allí y me la cargo.
—No seas imbécil, queremos ese dinero ¿vale? Sólo haz bien tu trabajo y nos desharemos de una vez de ella.

—Dile a tu amigo que no me haga esperar—dijo Marko, y colgó.

Media hora después, Kristine se despertó. Siempre que abría los ojos tardaba un tiempo en recordar todo lo que había pasado. Los primeros días chillaba intentando que su voz se oyera al otro lado de la pared pero la mordaza convertía sus desesperados gritos en susurros. Ahora ya no le importaba. Se quedó mirando fijamente el techo y esperó a que llegara Gustav con los somníferos. Él era experto en somníferos.

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El secuestro había ido bien, Kristine se había quedado sola en la mansión de su marido, un adinerado banquero, y no había podido ni levantarse del sofá. Al principio Gustav y Marko pensaban que sería muy difícil, pues suponían que la casa contaba con buenos sistemas de vigilancia, pero Paul había sido contratado como jardinero tres meses antes y conocía las claves.

La noche en la que lo intentaron la primera vez había sido un desastre. No consiguieron nada a excepción de que el perro se escapara y armara un buen alboroto. Todos habían pasados muchos nervios aquella noche. Los gritos de Marko se oían atenuados por la distancia.

—¡¡Mierda!! ¡¿Quieres hacer el favor de abrir la condenada puerta!?—vociferó Marko a través del móvil.

Paul soltó un taco.

—Hay más gente en la casa que Kristine…—dijo en un murmullo—. No vamos a poder pasar hoy.

Fue en ese instante, mientras Paul cruzaba la verja de entrada, cuando unos ladridos con apariencia canina invadieron el jardín y se extendieron, seguidos de su dueño, por toda la calle. A Paul sólo le dio tiempo a coger al chucho y meterlo en el coche antes de que Marko pisara a fondo el acelerador y salieran de allí. Dos manzanas más allá, Paul tiró al perro en la acera y emprendieron la vuelta al hotel.

La segunda vez fue todo más fácil. El marido de Kristine había ido a una importante reunión de negocios y los hijos de ambos aún no habían vuelto de una excursión. Esta vez también había ido Gustav y había cogido la gran furgoneta blanca. Y los somníferos eran su especialidad. Sacaron a Kristine de la casa y la metieron en la parte de atrás. Antes de irse Marko dejó una nota en donde se le explicaba al marido de Kristine lo que tendría que hacer si quería volver a ver a su esposa con vida.

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Marko bajó canturreando de su coche y fue a la habitación 519. Cogió de su cartera la foto de Bryan, el maldito millonario que les había truncado sus carreras. Faltaban ya pocos minutos para que entregara el dinero en el lugar indicado.

—¿Conseguiste que el "inepto" de Paul te hiciera caso o no?—saludó Gustav jovialmente.

—Ahora vendrá con el dinero—cortó Marko.
—Tenemos que salir hacia el punto indicado y rápido.
—¿No esperamos a Paul?—preguntó extrañado Marko.— Sería mejor tener el dinero seguro cuanto antes.

—Nononono…Vamos a llevar a Kristine a otro sitio del acordado para que nada nos pille por sorpresa. Llegamos allí, la dejamos y luego llamamos a su marido.—explicó Gustav.

Un ruido seco les interrumpió. Kristine estaba despierta. Con un increíble esfuerzo se había lanzado de la cama e intentaba tirar al suelo todo lo que estaba a su alcance. Los jarrones de la mesilla estaban hechos añicos a su lado. Entre Marko y Gustav la lograron inmovilizar contra el suelo. Ya subida de nuevo a la cama, Gustav percibió algo que no iba bien. La foto de la universidad con todos sus compañeros había caído al suelo. Gustav sintió un escalofrío. Ahora que miraba a Kristine y la comparaba con una de sus compañeras percibió el parecido.

—¡Vamos, Gustav, despierta!—le reprendió Marko.—Tenemos prisa.

Contempló distraídamente el frasco de somníferos… Kristine había estudiado con ellos pues la había reconocido en la foto… Los pensamientos en estampida de Gustav intentaron organizarse apresuradamente.

—¡¡Cuidado!!—le espetó Marko.—Le has dado una dosis tres veces mayor. ¡Eres imbécil!

La voz de Paul les interrumpió a todos. Gustav volvió a la Tierra. Pasados unos segundos se dio cuenta de lo que había hecho.

—La he matado…—el pánico de su voz no hizo mella en Paul, pues éste no comprendía lo sucedido.

Una lágrima solitaria surcó su mejilla y se estrelló contra el suelo.

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Lejos de allí, un taxi se dirigía a toda velocidad hacía el centro de la ciudad. —¡Tiene que ir más deprisa!—le gritó enfurecido al conductor. —Lo siento señor, la calle es muy peligrosa y no puedo ir más… —Acelere—cortó Bryan.

En cuanto llegaron a una pequeña avenida bacheada el taxi se detuvo. Entró en una pequeña casita abandonada. Se oían unos gritos procedentes del piso de arriba. Su esposa estaba tumbada en una vieja cama profundamente dormida. Los tres individuos que habían estado discutiendo saltaron apresuradamente por la ventana.

Se acercó y miró a la calle. El tipo más alto, de unos treinta años, se había quitado el pasamontañas para secarse las lágrimas. No lo reconoció. Inmediatamente llamó a una ambulancia. Fuera, el zumbido intermitente de los coches se había convertido en otra cosa. Gustav yacía ensangrentado en medio de la carretera.


Referencias[editar]

Las Referencias aluden a las relaciones de un artículo con la "vida real".

  • 1er premio del primer certamen de relato corto del Centro Integrado de Música Padre Antonio Soler.

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