Relatos:Crónicas Mágicas de Valencia - Capítulo 6

De Bestiario del Hypogripho
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Capítulo 6: Echar las cartas[editar]

Me situaba sentado en una aterciopelada silla de oscura madera de ébano alrededor de una mesita de superficie de vidrio con una única pata de latón cuyos ambos extremos se ramificaban como las ramas y las raíces de un árbol respectivamente. Las ramas sujetaban la gran plataforma vidriada de la mesa, y las raíces apoyaban toda la estructura sobre mi suelo de losas azules, blancas y rojas de pulido mosaico hexagonal. Me encantaba esa mesa y ese cuartillo de mi casa.

Frente a mí, y también sentado en una silla de ébano alrededor de esta mesita, se encontraba Venancio. Ambos estábamos jugando una especie de póker con cartas de la baraja española, apostando pistachos que en realidad sólo yo había comprado. Era nuestra forma de pasar el tiempo con la mínima apertura de boca.

Últimamente yo estaba muy aburrido e inquieto, hasta el punto de que invité a mi "amigo" fascista, Venancio, para variar. Estuvimos conversando mientras jugábamos a la brisca. Conversamos sobre la presencia del Mortadelo en diversas partes de España y lo acontecido aquí en mi barrio. Charlamos sobre la desaparición de los vecinos y compartimos hipótesis de lo sucedido. También charlamos sobre cómo iba el negocio de cacería de unicornios de Venancio, y de cómo me iba la vida en mis "vacaciones indefinidas" causadas por la alerta roja de artes oscuras que todavía no había bajado.

Actualmente, cuando yo no estaba dando vueltas en mi barrio fantasma ni yacía fallecido del asco sobre mi cama, trabaja a distancia categorizando pociones y revisando estudios con un ordenador fijo que previamente utilizaba como plataforma de videojuegos, ocio y felicidad. Habían comenzado a implementar una especie de plataforma de trabajo telemático al ver que la situación de alerta se prolongaba de forma indefinida, si bien los comercios y la hostelería ya estaban abriendo fuera de las franjas de horas recomendadas por el ministerio de defensa, pues la gente tiene la mala manía de trabajar para no morirse de hambre.

Venancio y yo, o más bien sólo yo, evitamos hablar de cualquier tema político, ideológico, religioso o deportivo por seguridad, integridad física y respeto mutuo. Venancio tenía unos ideales muy diferentes, bueno, completamente opuestos a los míos... Yo era consciente de ello, y espero que él también. Además, tras los resultados electorales, Venancio no estaba de muy buen humor, le faltaba la chispa de alegría que siempre tenía, pues el PSOE junto a Podemos habían ganado las segundas o terceras elecciones que se habían realizado en España este año.

Eché un trago de gin tonic rosa y subí la apuesta a cinco pistachos por cada juego de manos. De pronto comenzó a temblar el suelo, se oían como pasos agigantados en la lejanía. Esto me alertó inicialmente a mí, pero no a Venancio. No fue sino minutos después cuando los pasos dejaron de escucharse, que Venancio se entumeció. Sus pupilas se dilataron e inhaló fuertemente como si oliera algún peligro. Sus ojos se sobreabrieron mientras alzaba la cabeza, asustado.

- Gitanos... - Murmuró.

- ¿Qué dices? - Le pregunté confuso por ese comportamiento extraño que exhibía. Y tan pronto como le pregunté, el sonido de las palmadas y los cánticos flamencos comenzó a ser audible, reverberando rítmicamente a través de las ventanas. Pulsantes como tambores tribales de guerra. Lenta y progresivamente. Las palmadas y cánticos se elevaron lentamente, como si auguraran un nueva era de cambios, un presagio del futuro cercano.

- Quédate ahí quietecito, voy a salir a echar un vistazo. A ver que está sucediendo en la calle. - Le dije.

Empujé mi silla con mis poderosos y sensuales glúteos. Sus patas friccionaron con el suelo produciendo un pequeño chirrido. Me levanté y me dirigí a la puerta de mi entrada. Abrí la puerta y me asomé.

- En seguida vuelvo. - Reiteré para asegurar que Venancio realmente se quedara ahí quieto, ya que no quería que me armara un entuerto. Luego salí al exterior.

Al barrio habían llegado varias caravanas andantes, con grandes troncos desraizados a modo de patas, un poco oxidadas que estaban aparcando o, mejor dicho, acluquillándose, en la acera frente a casas cercanas a la mía. Ahí estaban. De la caravana más grande salió una familia de casi veinte cíngaros. Uno de esos cíngaros, el más cercano a mí, de chaqueta negra abierta mostrando los rizados pelos de su moreno y musculoso pecho, y que portaba enormes patillas negras unidas a una barba rizada y bajo un sombrerito negro, me saludó al avistarme.

- ¡Hola! ¡Qué pasa vesino! - Gritó.

- Hola. - Respondí estupefacto. El romaní se acercó a mí.

- ¡Me llamo Jocé Raúh Gonzale, pero me puede llamar Raúh! Tahú a su servisio. - Dijo con entusiasmo y voz alzada, entonando un acento andaluz.

- Encantado... Yo me llamo José Antonio Luis Martín Fernández de la Sierra... - Dije nervioso y con una incomoda sonrisa. Una gota de sudor frío se escurría en mi frente.

- ¡Válgame Dió! ¡Otro Jocé! - Exclamó. Me dio ticks en el hombro de sobresalto mientras pronunciaba las dos frases a todo volumen, pues ambos sonidos me asustaron por su alta intensidad sonora. - ¡Familia, tenemo a otro Jocé aquí! - Exclamó girándose hacia el resto de sus congéneres.

- ¡Ya seamo cinco Josés aquí! - Exclamó una voz que venía de por ahí.

- Bueno, pos encantáo Antonio, ¿te puedo llamar Antonio? - Preguntó.

- Por supuesto. - Respondí.

- Válgame, pallo, qué alegría hasé nuevos amigos. Nosotros nos acabamo de mudar por aquí. Hira, te doy un regalo de presentasión o como lo llamen. - Dijo, y me dio un céntimo de cobre con una estrella de ocho puntas tallada en su reverso.
- Es un céntimo encantáo de la buena suerte. - Explicó.

- ¿Un céntimo encantado con intercambio de probabilidades? - Pregunté.

- Bueno cí, algo ací lo llaman loj libro. - Respondió.

- ¿Pero para que eso funcione no hace falta encantar otro objeto con mala suerte y dárselo a alguien? ¿Eso no es ilegal? - Pregunté nuevamente, con pedantería. José el tahúr comenzó a exasperarse.

- ¡Vamos a ve! El entancamiento es inditectable. Habemus puesto un billete de sinco euro maldito en un barrio rico de camino aquí. Que lo pille uno de esos malparíos ávaro nacíos rico y se lus joda su estirpe. - Respondió.

- Me cae bien, amigo tahúr. - Le respondí, ahora sí, con una sonrisa real. - Yo tampoco trago a los pijos. - Expliqué.
- Espera, los nuevos vecinos son quienes deben recibir regalos y no viceversa. - Dije mientras guardaba el céntimo encantado dentro de mi bolsillo.

- ¿El qué? - Respondió Luis.

- Espere un momento aquí. Voy a traer un pequeño regalo de bienvenida. - Le expliqué.

Fui a mi casa y entré dejando aún la puerta entreabierta. Venancio se había puesto a ver un discurso de Santiago Abascal en el televisor, sentado sobre mi sillón de polipiel.

- ¿Qué sucede fuera con tanto griterío? - Me preguntó Venancio sin mover sus ojos de la pantalla. Mientras yo buscaba en los cajones.

- Nada, un vendedor de bocatas ambulante que está anunciando su producto en el barrio. He entrado aquí para pillar la cartera que me quiero comprar uno de tortilla. ¿Tú quieres? - Expliqué y ofrecí. Resultaba una mentira improvisada para que no asomara su hocico por la calle, una apuesta segura, pues yo ya esperaba la respuesta que me daría.

- No. Yo no como esas guarrás de cocina callejera. - Respondió.

- Pues nada, ahora regreso. Tú no salgas. - Le dije.

Salí de casa rápidamente con una caja llena de abalorios: orgonitas cargadas, cazasueños, un tarrito con polvo de hadas y una flauta de cristal. Luís, el tahúr tiquemante, estaba fumándose un puro apoyado sobre la pared de una de las casas de las cercanías.

- Tome. - Dije al Tahúr.

- ¡Válgame! Yo no puedo recibí todo esto. No se merece. - Respondió.

- Se merece y es para la familia. Usted me ha dado un céntimo encantado con buena suerte y probablemente le habrá dado por culo a algún pijo de mierda. Quédeselo como símbolo de una potencial amistad. - Le dije.

- Ay que me va hasé llorá. - Dijo. - ¿Te presento a la familia? - Preguntó.

- Huy... Es que hoy ando muy ocupado y tengo muchas cosas pendientes a medio hacer que no puedo dejar ahora. Pero mañana, si quiere, hacemos una parrillada y nos presentamos todos. Hasta mañana. - Respondí y me fui rápidamente antes de que tuviera la oportunidad de insistir.

Por el corto camino hacia mi casa vi a los tres primeros okupas del barrio, que llegaron semanas atrás: el Setas, la Flequillos y el Chustillas. Seguramente salían a recibir a los nuevos allegados, los cíngaros.

- Buenas tardes, tron. - Dijo el Setas.

- Buenas tardes. - Respondí.

Entré a casa dónde Venancio seguía mirando la tele, y cerré la puerta.

- Oye, ¿me has dicho que ibas a por un bocata de un restaurante ambulante? - Me preguntó.

- Sí. - Respondí.

- ¿Eso no es ilegal en ¡España!? - Preguntó, recalcando la palabra España.

- Sí, era un vendedor clandestino, pero sus bocatas tenían muy buena pinta. - Respondí.

- Pos qué ascá. ¿Y ande está el bocata? - Preguntó.

- Me lo he comido por el camino, estaba delicioso. - Respondí.

- ¡Joer! ¡pos sí que te lo comes rápido con lo delgáo que estás, acho! ¡que no has estáo fuera ni un minuto! - Exclamó.

- Es lo que tiene la solitaria. Yo no como, ¡yo engullo! - Respondí. - Oye, me queda algo en el congelador de la buena pieza de unicornio que me diste el mes pasado. ¿Lo marino y adobo para hacerlo al horno esta noche? Yo invito. - Ofrecí a Venancio.

- Me parece justo. Y así de paso comparamos a ver quién cocina mejor. ¡Venga! ¡Me apunto! - Respondió, ahora con más alegría.

La razón por la que invité a cenar a Venancio aquel día, era para evitar que se fuera pronto de mi casa. Me imaginaba y temía lo que podría suceder si este fascistoide consumado a la bandera se encontraba al salir de mi casa a un ejército de personas morenas posicionándose sobre las aceras y jardines de algunas de las casas del barrio.

Ese día hice un excelente marinado de lomo de unicornio al vino tinto y luego apliqué un sabroso adobo a la barbacoa para cubrirla con papel de aluminio y llevar la pieza directa al horno, donde se cocinó a 100 ºC durante 3 horas. Ese día cenamos bastante tarde.


Conforme pasaron los días, los allanadores (u "okupas", como se autodenominaban incorrectamente) fueron viniendo, y cada día habían más en mi barrio fantasma. Cada día por la mañana, cuando salía a correr o a pasear, me encontraba un nuevo "vecino", un nuevo rostro, cerca de mi casa. Pero cada vez, la cantidad de los nuevos okupas que llegaban era menor, hasta que un día dejaron de llegar.

Ahora me había reunido con los cíngaros y uno de ellos me estaba leyendo las cartas del Tarot. No sé ni cómo he llegado a esta situación, si yo no creo en supersticiones ni magufadas pseudomágicas de esas.
- Oiga, de verdad, que no tiene que molestarse, yo no creo en estas cosas. - Imploraba incómodo.
- ¡Qué te siente ahora mihmo te he disho! - Ordenaba la adivina.

Estábamos sentados en dos sillas plegables de lona baratuchas en el jardín de una de las casas abandonadas y "tomadas prestadas" por los cíngaros. Mi silla tenía muchas manchas y agujeros, los tubos de hierro de su estructura estaban oxidados y pareciera que se romperían como una caña podrida en cualquier momento.
La adivina había dispuesto una pequeña mesa central, también plegable y bastante desaseada, de muy poca altura. Estuvimos medio agachados en nuestros asientos durante toda la sesión, una verdadera tortura para mi desacostumbrada espalda.
La adivina barajó las cartas con precisos e hipnóticos movimientos de crupier profesional de casino. Luego me sirvió la baraja con la mano derecha.
- Parte la baraja. - Dijo.
- Pero... - Intenté replicar, me cortó la frase.
- Parte la baraja, he disho. - Reiteró.
Pillé media baraja.
- Dame. - Dijo haciendo un movimiento con la mano izquierda.

Montó la baraja y luego la partió en tres montones que cortó sobre la mesa.
- Pilles una carta de cada montaña. - Ordenó. Saqué la primera carta.
- ¿El ahorcado? - Pregunté.
- Se dise el colgado. - Me corrigió.
- ¿Y qué significa? - Pregunté exasperado.
- ¡Ay pallo! Significa que'stás como un cencerro. - Respondió.
- Tiene sentido. - Dije casi con ironía. Pillé otra carta más de la segunda baraja.
- Cuatro de espadas. - Dije.
- Esta no debería estar aquí, es un arcano menó. Vamo a ignorala - Me respondió.

Pillé la última carta, de la tercera baraja.
- ¿Rey de tréboles? - Dije extrañado.
- Uy, uy. Lo siento paio, que me han volvío a mezclar las cartas los niño. - Dijo agobiada y giró ligeramente su cabeza hacia la derecha.
- ¡Marco, Josito! ¡Me sus voy a cagar en vuestras muelas! - Gritó con la voz haciendo gallos.

Yo clavé mi codo en mi pierna y apoyé mi cara con la mano, deformándola ligeramente en un rostro cansado. Todo esto no era para nada divertido. La adivina se giró hacia mí.
- Y tú deja de hacer caras raras, venga, al lío. - Díjome mientras me apartaba el brazo con el que me estaba sujetando la cara. Mi codo se resbaló y casi me caigo de frente junto a la silla.

- Pilles la siguiente carta de cualquié montaña. - Me ordenó.
Pillé una carta del segundo montón. Había dibujado un arlequín que apoyaba un revolver de tambor en su cabeza.
- ¿Esto qué mierda es? - Pregunté.
- La rueda de la fortuna. - Me respondió. - Pilles la siguiente carta. - Ordenó. Pillé otra carta del segundo montón. Ahora mostraba un derratizador o algo como un derratizador.
- Eh... - Ya ni pregunté. ¿Para qué?
- El impostor. - Dijo la adivina. - Al paresé has tenido un encontronaso con alguien que s'hacía pasá por alguien. - Explicó.
- Sí, el Mortadelo. - Respondí.
- ¡Shh! Calla. - Ordenó. - Creo que empiezo a tené claro tu destino... Pilles otra. - Dijo. Agarré una carta del primer montón. Tenía dibujado una marioneta con hilos.
- ¡El titiritero! Mal asunto... - Expuso la adivina nada más ver la carta.
- ¿Pero estás segura de que estas cartas salen en el tarot? - Pregunté extrañado tras ver que las últimas cartas no correspondían con el tarot que yo conocía.
- Este es un tarot especiá, como ningún otro. Me la vendió un poderoso hechisero que iba vestío como una bolsa de plástico pa la basura y que salía de un after-agüer d'esos. - Me respondió.
- Ya veo, ya... - Murmuré.
- ¡Pilles! - Ordenó.

Ahora seleccioné una carta del tercer montón. Era una carta roja del juego del UNO, de +2. La miré a reojo con una risilla muda y la lancé a la mesa.
- ¡UNO! - Grité.
- Pos te comes dos. - Dijo, y me sacudió dos collejas. - Deja de hasé el mono y pilles otra carta de la misma montaña. - Ordenó. Esto ya comenzaba ser irritante.

Pillé nuevamente una carta de la tercera baraja. Había dibujado una especie de hélice esférica sobre un tapete de cuadrados rojos y blancos.
- ¿Eing? - Yo estaba ya bastante confuso como para ver una rareza geométrica como esa en las cartas.
- La hélise de la improbabilidá... E uno de los arcano antediluvianu. Acabo de perdé la pista a tu destino. Ahora no tengo mu claro que pasará. - Me explicó.
- ¿Ya hemos acabado? - Pregunté cansado e ignorante.
- ¿Qué habé acabáo ni que quillo muerto? Aún te falta la última carta. - Respondió.

Resoplé y escogí la última carta, una carta del primer montón. Tenía dibujado a Chuck Norris. La dejé sobre la mesa.
- ¿Chuck Norris? ¿Qué hace Chuck Norris en tu baraja? - Pregunté cansado de la supuesta bromita.
- ¡Es la carta del Destructor de Mundos! - Exclamó la adivina. - ¡Válgame Dió! ¡Te espera una gran desgrasia! - Gritó horrorizada y salió corriendo de allí dejando caer la silla y tropezándose con el suelo. Sus cartas volaron con su huida, cayendo al suelo y esparciéndose por todos lados. Cartas inglesas, españolas, de tarot, de pokemon, de futbólistas, de YU-GI-OH, etc. ¿Qué clase de Tarot era este?

Yo empecé a mirarla con preocupación. Ella no parecía estar muy bien de la cabeza.


Tras estar la tarde echando las cartas con ese resultado final ya descrito, me alcé de la sillita de tela plegable para dirigirme a mi casa, pues comenzó a anochecer y todos mis demás "vecinos" nuevos se estaban ya refugiando en sus nuevos hogares.

Sin embargo, de camino a casa un hombre extraño tocó mi espalda.

Me giré rápidamente y, tras verle, pregunté: - ¿Quiere algo? -

El extraño hombre levantó su dedo índice derecho y se lo acercó a los labios mientras alzaba su ceja derecha de forma exagerada. El dedo tenía tatuado un "Shhh...". El extraño y misterioso hombre, de edad mediana y con denso y poblado mostacho que casi tapaba sus labios, y que iba vestido con ropas grises formales, con corbata, chaleco y pantalón de pana, así como portaba un sombrerito italiano también gris, todas ropas del siglo pasado y de una cultura desconocida para mí, alzó una tarjetita preimpresa en la que decía.

Te estamos observando.

- ¿Qué? - Pregunté confuso.

El intrigante hombre, todavía en un antinatural silencio, alzó otra tarjetita.

Pronto hallarás las respuestas.

- ¿Qué quieres decir? - Pregunté, de nuevo confuso.

El misterioso hombre señaló detrás de mí, al sol posándose entre las montañas del horizonte. Me volteé a mirar hacia donde señalaba y, cuando volví a voltearme hacia el extraño hombre, este ya no estaba.

¿A caso se había teletransportado? ¿Se había desvanecido? Era imposible que una persona se fuera muy lejos o encontrara escondite en tan poco tiempo y donde nos situábamos, y menos aún sin echar a correr y sin hacer ruido.

Me quedé estupefacto escaneando mis alrededores con mis ojos. Tras medio minuto eché a correr hacia la puerta de mi casa y abrí la cerradura para entrar rápidamente y cerrar la puerta con un portazo tras de mí.

Y así terminó otro día más en mi locura de barrio.

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