Relatos:Crónicas Mágicas de Valencia - Capítulo 5

De Bestiario del Hypogripho
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Capítulo 5: Los allegados[editar]

Los últimos días de noviembre trajeron consigo una gran calma para después dar lugar a grandes novedades, una salvación para mi profunda acedia y el hastío recalcitrante.

Todo empezó en un día cualquiera de noviembre, tras comprar un nuevo televisión LCD de 60 pulgadas, y pasadas las muchas y muchas retransmisiones desde el ministerio de defensa de las artes oscuras explicado todo lo acontecido y, luego, el debate electoral. Yo pasé estos días arrasando con la nevera, observando a través del umbral de mi ventana volar al escuadrón de brujas voladoras especiales, y tumbado sobre mi cama fallecido del asco y con muy mal aspecto. Me avergüenza admitirlo, pero en estos días de incertidumbre sin novedades había descuidado algo mi higiene y estética. ¿Quizás tuve una especie de depresión? No sé, ya había vivido demasiadas emociones para un sólo mes.

Sonó el timbre, y me levanté de la cama. Caminé hacia la entrada y eché un vistazo por la mirilla. A través de la lente observé a tres individuos veinteañeros con una apariencia algo extraña, vestidos de colores oscuros, ¿neogóticos?. Dos hombres y una mujer.

Uno llevaba gafas plateadas y un pelo algo puntiagudo, además de chaqueta de cuero con mangas rotas. El otro llevaba el pelo de los Beatles, chándal dorado y barba de vagabundo. Y la otra llevaba una camiseta corta gris, muñequera de pinchos y un enorme flequillo de grandes puntas pintadas en mechas de magenta que me recordaba a un disco de sierra radial.

- Hay que joderse. - Dije para mis adentros.

Abrí la puerta lentamente hasta un cuarto de su amplitud máxima, tenía un pestillo de cadena todavía puesto y evitando la apertura, y me asomé.

- Oh, vaya... Creo que nos hemos equivocado de casa. - Dijo el del pelo pincho al verme medio-asomado. - Perdón. - Dijo. Los tres se fueron.

Me quedé un rato mirando a través de la apertura de la puerta. Miraba como se iban a la casa de la derecha y llamaban al timbre dos o tres veces. Tras esperar varios minutos sin respuesta, marcaron la plataforma de la entrada con un círculo empleando un trozo de material negro, quizás carbón, y se fueron a otra casa adyacente y llamaron al timbre para repetir el proceso. Realmente no comprendía qué estaban haciendo ni qué sucedía.

Entré a mi casa y me preparé un risotto de setas precocinado, cuya bolsa saqué del congelador. Mi cocina estaba que daba asco, con una gran cantidad de platos y utensilios a medio lavar, y con manchas de grasa repartidas entre la pared y los fogones. También se podía ver alguna que otra cucaracha paseando felizmente por ese desastre. No comí muy a gusto, pero al menos me nutrí para sobrevivir otro día más.
El resto del día no hice nada especial. Repetí la misma rutina perezosa que recientemente había mal adquirido. Por la noche concluí ducharme y afeitarme antes de regresar a la cama, para variar.

A la madrugada del día siguiente, habiendo dormido mal y poco, decidí asearme un poco más, limpiar el desastre que ahora era mi casa y salir para dar un paseo por el vecindario. Tras varias horas de limpieza profunda, salí en ropa deportiva de invierno a dar un par de vueltas kilométricas por todo el lugar, y en la segunda vuelta me percaté de algo extraño: todas las casas del barrio, cuyos habitantes habían desaparecido, salvo la mía, tenían círculos dibujados con carbón en la plataforma de entrada, la puerta o la pared. Esto era muy extraño, aunque ya intuía que había sido causado por los tres "visitantes" del día anterior. Desconocía la razón y finalidad de esos dibujos.

Varios días más tarde, y mientras volvía a casa cargado con bolsas de la compra llenas de provisiones, observé que los círculos habían cambiado. Ahora, los círculos dibujados habían sido renovados y estaban enlazados a un segundo círculo dibujado, con un rombo central delimitado por la intersección de los dos círculos.
El hecho se repitió días después, o casi una semana después. Los círculos dibujados en las puertas, paredes y entradas de los edificios abandonados volvieron a ser renovados y cambiar. Ahora habían dibujados conjuntos de tres círculos enlazados con un triángulo en la intersección central y, dentro del triángulo, un ojo. Estos grafitis parecían haber sido hechos a modo de contador. No parecía el vandalismo grafitero típico que yo conocía.

Una noche de finales de noviembre, un fuerte ruido, como de explosión, me despertó. El ruido venía de fuera. Me levanté para ver qué había ocurrido, caminé hacia una ventana y me asomé. No vi nada. Caminé hacia la puerta, la abrí y me asomé por esta. Seguía sin ver nada. La calle, iluminada por farolas, estaba vacía.
No sería hasta el día siguiente cuando descubriría que había sucedido en realidad por la noche. Por la mañana, mientras daba un paseo, me percaté un detalle: La casa a mi derecha tenía la puerta medio rota y abierta. Alguien había intentado forzar la cerradura y, tras ver que no conseguía burlarla, reventó la puerta. No sabía si la puerta fue reventada mediante la fuerza bruta, con explosivos o con algún conjuro, pero esto me alarmó. También habían tachado el dibujo de tres círculos enlazados con un asterisco de tres líneas intersectantes color púrpura.

Me acerqué un poco a la casa, con cautela y curiosidad. De pronto salió alguien, el pelopincho con camisa de cuero y gafas de espejo que me visitó semanas antes. Me vio.

- ¡Ah! ¡Buenos días, vecino! - Dijo.

- Buenos... ¿días? - Respondí algo confuso.

- Deja que me presente, tronco. Me llamo Miguel, pero me puedes llamar il Setas. - Prosiguió mientras se me acercaba.

- Yo me llamo José. - Respondí.

- Encantado José. - Dijo, y me dio la mano.

- Y... - Musité. Yo seguía confuso.

- Nos hemos mudado aquí hace poco, tronco. Yo y dos colegas más: la Flequillos y el Chustillas. - Me explicó.

- Recién mudados... Ya veo, ya veo. - Murmuré para mis adentros. - Así que recién mudados... Tened cuidado, que en este lugar suceden cosas extrañas. Hace un mes apareció por aquí el Mortadelo disfrazado de vendedor ambulante y desaparecieron todos los vecinos. Yo soy el último habitante original de estos lares. - Le dije. - Y hace pocas semanas, han comenzado a aparecer círculos en todas las casas salvo la mía. -

- Jéjeje. - Rió el Setas con una amigable carcajada. - Sabemos lo que ha pasado aquí. Te diré un secreto: no hemos comprado la casa, somos okupas. - Respondió. Más obvio imposible.

- Ah bueno. Ya me quedo más tranquilo. - Respondí con sarcasmo.

- Hace poco okupabamos otra casa varias calles más abajo, pero tenía un grave problema de cueros vivientes. Una puta plaga de cueros vivientes. - Dijo.

- ¿Cueros vivientes? ¡Qué horror! A mí una vez se me enganchó un cuero de esos con sus dientes en la pierna. Estuve varios días ingresado en la UCI. Esos bicharracos muerden que dan gusto. - Parloteé.

- Joder macho. Pues menos mal que nos largamos de ahí en seguida... Bueno, como te decía, nos piramos de esa casa infestada y fuimos a la segunda opción que más nos gustó. - Me respondió. - En fin... Todo esto ocurrió a noche, reventamos bien reventada la cerradura con un hechizo de petardeo. Quizás te despertamos. - Me explicó.

- No... que va. - Mentí.

- Los círculos los dibujamos nosotros y unos cuantos colegas más a modo de marcador, para ver qué viviendas estaban completamente abandonadas y eran seguras para okupar. ¡Macho! ¡Todo el puto vecindario está abandonado! ¡Nadie ha regresado a sus casas en semanas! - Me explicó. - Supongo que no tendrás ningún problema con ello, ¿verdad? - Me preguntó, aunque sonó más bien como una amenaza velada.

- ¿Okupación? Esas casas no son de bancos ni de especuladores. Muchas son primeras viviendas o viviendas únicas. ¿No querrás decir allanamiento de morada? - Interrogué audaz y disconforme.

- Bueno, a ver, ¿tú eres un pitufo cabrón? - Preguntó con una actitud chulesca.

- Nnn... No. - Respondí.

- Pues mira, brother, cuando vuelvan tus vecinos, si vuelven, pues ya les devolveremos las casas. ¿Capicce? - Explicó amenazante.

Carraspeé. - Entendido. - Dije.

- ¡Fabuloso! Me parece que nos llevaremos muy bien. - Dijo, y comenzó a caminar hacia la puerta de la casa que habían allanado. - Por cierto, te recomiendo dibujar un trángulo púrpura relleno encima del número del portal de tu casa. O grafitiár una estrelli dorada de siete puntas en tu puerta. Dubidubi. - Me respondió con palabras extrañas, probablemente malas pronunciaciones.

- ¿Qué? ¿Porqué? - Pregunté.

- Para que no te okupen la casa por error, tronco. Aunque con esa puerta blindada que tienes y las tres cerraduras, ha de estar muy jodido colarse. - Díjome. - Se supone que nuestra comunidad de okupas debería reconocer el código de graffitis que hemos dejado, que las casas sin tres círculos negros no son okupables... Pero tú por si a caso hazlo. - Me explicó.

- Allanar, allanadores. - Susurré. No me escuchó.

Los dos nos despedimos, él de espaldas, y cada uno volvió a su respectiva casa. La aparición de los círculos en las casas abandonadas no resultó ser tan extraña después de todo, pero sí muy exagerada e inquietante: Se venía por delante una invasión de allanadores de moradas que se hacían mal-llamar okupas.

Una vez en casa agarré, pues, el teléfono y marqué un número. - ¿Securitas direct? - Pregunté a través del teléfono. - Quiero una alarma... La mejor. - Expliqué. - ...y unos alambres de espino. - Añadí tras un par de segundos de silencio.

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