Relatos:Crónicas Mágicas de Valencia - Capítulo 2

De Bestiario del Hypogripho
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Capítulo 2: La asombrosa sexshop mágica[editar]

El Mercado Central de Valencia, uno de los ¿cinco? grandes mercados municipales de Valencia y el más grande de estos cinco, tiene muchas cosas y no sólo en superficie, también en subsuelo. Bajo la primera planta de comercios convencionales y alimentarios de dicho mercado, y junto a los aparcamientos, yace un mercadillo subterráneo de acceso restringido a mayores de edad que recibe a veces el sobrenombre de "Gran Mercado Mágico de Valencia. Aquí la venta de productos está más restringida sea por edades o por autorizaciones, ya que algunos productos pueden ser especialmente peligrosos o inadecuados.

El volumen de esta gran estructura comercial, tanto de la zona mágica como la no mágica, no es mucho mayor que el de un supermercado tradicional, pero la variedad y rareza de productos que posee es muy superior. Sólo otros pocos Mercados y grandes superficies compiten con este doble Mercado de Valencia en cuanto a la diversidad de los objetos que puedes encontrar. Los precios también son bastante bajos en comparación con otras tiendas de productos exóticos y ultramarinos, cosa que creo pueda deberse al sistema gremialista que siguen los vendedores del lugar y las compras que realizan a mayoreo.

Algunos objetos y productos vendidos en este lugar no están disponibles en ninguna otra tienda de Valencia o incluso de la comarca, siendo sólo obtenibles por AliExpress, Amazon o eBay.

¿Y a qué viene todo esto? Bueno, pues resulta que hace poco abrieron una sexshop en el mercadillo mágico...
¿Qué porqué lo abrieron allí? Ni idea, pero me picó la curiosidad. Me preguntaba qué clase de aberraciones venderían allá para que estuviera situado dentro de la zona mágica del Mercado Central de Valencia.

Y bueno, mis pequeñas vacaciones pagadas aún no habían finalizado. Días después de visitar a Venancio, tras curarme de las agujetas, picaduras y arañazos de la horrible caminata y de la tremenda resaca del día de después, decidí visitar ese lugar. El mercado era mucho más bello de lo que recordaba con una excepción: estaba abarrotado de un denso gentío agobiante... pero esto era, por desgracia, normal en ese lugar.

¡Ahí estaba el Mercado Central, imponente! Una antigua construcción modernista con una gran cúpula central. La forma de este edificio era un tanto compleja y de estilo preindustrial, que recordaba a un monasterio gótico o renacentista, pero de vigas trianguladas de acero y paredes finas, repleto de ventanales transparentes que permitían el paso de grandes cantidades de luz natural. En su interior albergaba tenderetes con todo tipo de productos alimentarios y artesanales.
Este era uno de los pocos lugares dónde podía adquirir algas frescas, setas de muchos tipos y chiles realmente picantes de México y California... cultivados en Guadalajara, Castilla la Mancha.

Francamente, el edificio tenía mucho espacio vertical desaprovechado, ya que donde cabían tres pisos sólo había uno. Pero esto en realidad le daba encanto, no era como el típico hipermercado compacto dónde no llega la luz del día y los precios están puestos con mala leche. En algunas entradas de este enorme edificio habían diversas escaleras que se doblaban en ángulos hexagonales y que se hundían hacia las entrañas del subsuelo, introduciéndote al mercado mágico subyacente y al aparcamiento adyacente.
Ay... el mercadillo mágico. Ese lugar con olor a incienso, vainilla y aguarrás poseía distintos y diversos tenderetes de gran interés: Librerías místicas, tiendas de gemas, tiendas de golems, runerías, growshops, taumatorios, bóticas herbolarias...

Como ya he dicho previamente, la entrada a este piso subterráneo estaba prohibida a menores de edad, pues la práctica y uso libre (no supervisado) de la magia tanto como la adquisición y uso de objetos mágicos no es legal hasta alcanzar la mayoría de edad. La adquisición de algunos objetos y productos mágicos incluso requieren de licencias especiales (de las cuales yo poseo, afortunadamente, todas). Pero a veces se colaba algún chaval y producía alborotos en el lugar. Esto se debía a que los guardas solían estar despistados o no estar en la faena, además de sólo haber uno o dos en cada escalera de acceso al lugar.

A pesar de esto, este lugar habría sido una maravilla, sería una enorme maravilla... ¡Si no fuera por su concurrencia!
El mercado estaba inundado de gente, al igual que siempre y al contrario de lo que mis falsas esperanzas me hicieron creer antes de salir de casa. ¡Pobre iluso de mí!
Por suerte cada tenderete solía contar con múltiples encargados a la vez... O solían tenerlos al menos los tenderetes más inusuales y con productos más exóticos, como debe ser, pues existían muchos tenderetes clonales que compartían los mismos productos convencionales aunque de diferentes familias y propietarios.

Al entrar al Mercado Central, me agobié con horror al descubrir las grandes masas de gentes que fluían por el lugar a realizar compras festivas de última hora.

- ¡Me cago en el estúpido Halloween! - Pensé con mucha fuerza y rabia para mis adentros, como si pretendiera que un telépata me escuchara.

En efecto, estas fechas eran las vísperas de Halloween. No sé si ya lo he mencionado.

Bajé por los negros peldaños pulidos de las escaleras que bajaban en hélices hexagonales, adentrándome al mercadillo mágico. El lugar había cambiado desde la última vez que lo visité. Ahora habían instalado mejor iluminación y ventilación, por lo que era más fácil ver y respirar. También habían reformado el suelo, que ahora mostraba un mosaico aperiódico rico en pentagramas, y era algo similar al teselado de Penrose. Sus losas tenían colores negro carbón, azul ultramarino y rojo sangre. Una losa central decagonal mostraba un símbolo dorado quintaesencial: un hexagrama con un ojo central.

Tras dar tres vueltas por la zona y acabar buscando el mapa del mercadillo en Google desde mi móvil, encontré el local.

La sexshop se situaba entre una tienda de cabezas reducidas y una tienda de demonios atrapados en tarros, frente a la librería sobre artes oscuras de "Hernando el loco", celebre vendedor demente, pero buena persona.

Ahí estaba, una puerta solitaria resaltante y divina con su cartel holográfico magenta mostrando el dibujo de un pene con pelos en los testículos, flotando en el aire. La estructura era una simple puerta corredera domótica en medio de la nada, como un marco con una puerta solitaria, pero a la vez como un portal, pues a través de su vidrio se podía observar el interior de la tienda, enorme. Era una estructura imposible.

Me adentré en el local y encontré extraños objetos de plácer. Habían dildos de todo color y todo material: Dildos de púrpura hepatizón, dildos de dorado oricalco, dildos de negra obsidiana con runas y hechizos tallados, dildos orgónicos de resina con muelles de cobre en su interior (no para magos, sino para magufos), dildos de mokume-gane del caro, dildos de arcilla maldita de Kurouzu con espirales y caras humanas de almas atrapadas, y un largo etcétera.

También había una gran variedad de condones embrujados: Condones minimizadores, condones maximizadores, condones mordedores, condones láser, condones peludos, y muchas más mierdas raras.
¡Había incluso condones de cuerpo entero!, que eran más bien trajes protectores para voréfilos... Era una imagen inquietante que me quitaría el sueño.

Habían muñecas hinchables malditas chinas, con instinto asesino... Chupachups vudú... Pastillas para transformarse en caballo... Y muchas más cosas perversas y terroríficas que ni mencionaré.

Di una vuelta por el lugar para curiosear sobre todo el material depravante allí existente, y me percaté de que había llamado la atención de la dependienta, una mujer joven vestida de brujita arquetípica, con traje de cuero negro y gorrito puntiagudo, la cual esperaba impaciente a que comprara algo... Comencé a moverme hacia la salida.
Antes de abandonar el local vi la cara de un conocido que estaba descargando cajas de un extraño producto... ¿Porqué no habré venido más tarde?

Allí estaba, mi discordia fascistoide depredadora de unicornios, el cazador Venancio... Al verme se alzó y me abrazó.

- ¡Acho! ¿Qué haces aquí? ¿No serás una maricona d'esas? - Me saludó, pero sonó como un berrido de ciervo.

- Nada, aquí de paseo. He leído que habían abierto una sexshop mágica y quería ver cómo se comía eso. No es una indirecta. - Respondí. - ¿Y tú? No te hacía yo de que frecuentaras estos lares. - Recalqué.

- No, si yo estoy en contra de toda esta perversión sesual y del alma que hace llorá al chiquillo Jesú. Pero he visto que mi mierda de unicornio se vende muy bien aquí. Que dios me perdone, pero como diría mi padrino el mafioso, los negocios son negocios. - Me explicó. - ¿Quieres un poco? Yo invito. Ya te conté que una buena olida de su peste te da un subidón de la ostia. - Como era de esperar, me volvió a ofrecer esa asquerosidad.

- No, gracias. Es que no soy muy fan de esnifar defecaciones... - Le respondí un poco soberbio a la vez de asqueado.

- Una lástima. Por cierto, ¿has miráo cuantos puestos sudacas y moros hay aquí? Con razón hay tanto paro en España. Hace falta una limpieza en el país. - Ya echaba de menos que él no soltara ninguna burrada xenófoba.

Comencé a sentirme realmente incómodo por hablar con este ser, por oir sus calmados berreos racistas, principalmente porque ambos estabamos a la vista del público. Tenía que irme de allí rápido si no quería sufrir un ataque de ansiedad mientras él escupía su bazofia xenófoba tal aspersor.

- Bueno, tengo que irme a casa, que me espera... la lavadora. Hasta luego. - Le dije. Desde luego no era una escusa brillante y se me notaba un poco nervioso.

- Pues ea. ¡Adió fiera! - Me respondió, y salí del local a paso rápido, avergonzado y algo mareado.

Me fui directo a casa y ansioso de salir del mercado central con tal de perderlo de vista y no volver a encontrármelo. Realmente no soporto sus zoqueterías.

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