Relatos:Cielos oscuros, cielos brillantes

De Bestiario del Hypogripho
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Los ojos del elfo miraron a través de la noche el distante horizonte. Sus pupilas atravesaban el aire sin esfuerzo y no había una sola nube o la más mínima neblina que obstaculizase la vista. Los mares estaban apacibles.

No habían naves.

Desde las horas incontables en la que se había convertido en el solitario guardián náufrago de esa torre desierta, ni un solo mastil se había asomado entre la línea curva y limpia que insinuaba el Oeste.

A sus espaldas parpadeaba la luz intermitente del Faro, automática e impredecible - más blanca y pura que la de las estrellas desconocidas que poblaban esos cielos extraños.

Para los días sin límite de su raza, podría haber sido ayer que llegaba a las rocas hostiles donde se levantaba la ominosa torre, esa silueta de innombrable familiaridad que juraría que no había visto nunca salvo en sueños. Quiso recontar sus horas, pero sentía que la memoria circular le jugaba un truco. En su corazón de corazones sabía que no había mañana ni ayer, ya que en esas latitudes singulares las noches podían bien durar para siempre. Ningún Sol y ninguna Luna se habían dignado a aparecer durante toda su estadía. ¿Semanas? ¿Meses? ¿Años? ¿Había ya alguna diferencia?

Cuando llegó, sus ropas eran harapos. Ahora, y a través de un concienzudo esfuerzo, se encontraban meritoriamente restauradas. Su espada, sin embargo, jamás había conocido el más mínimo óxido, y se hallaba tan pristina y filosa como el primer día que la había empuñado, hacía muchos siglos.[1]

Sí, sus memorias eran lo único que lo hacía quedarse allí, ni siquiera retirándose de la torre para comer y descansar. La brisa no era impedimento si necesitaba dormir y soñar aún en la cúspide de observación, aún si la luz del Faro[2] brillaba con intensidades más allá de la comprensión. Pero de cualquier modo, había otra cosa que hacía difícil conciliar el sueño.

La ausencia inexcusable de sus compañeros no era una novedad en el sentido cronológico, pero podía serlo aún en el sentido subjetivo. Anheria estaba perdida, su Plano entero consumido por agua y fuego. La Posada era más distante que la eternidad. Todos los planetas eran planetas de sangre. Tal vez los Ur-Demonios[3] tuvieran razón: Los mundos iban y venían, pero él permanecía, ¿Tenía eso algún sentido? Había creido que sí, hace muchos giros del reloj de arena. Sin embargo, ¿Para qué, si tanto había sido perdido en esas arenas del tiempo? En un momento hubo motivación para continuar, semejantes con quien compartir el viaje... ¿Permanecería la amistad, o solo eran recuerdos de eras hace mucho pasadas? Aún quedaba al menos un salto.

Cuando no soplaba el viento, en los bordes de la vigilia, podía ver el tiempo y el espacio converger desde el océano oscuro al Oeste hacia el Faro en forma perfectamente ordenada[4]. Sin embargo, hacia el Este de dónde provenían colores ignotos que permeaban la fusión del Cielo y la Tierra en una amalgama de ausencias, esas líneas se desperdigaban de formas caóticas.

El Elfo no ignoraba ya su verdadera naturaleza como uno de los Antiguos[5]. Así como tampoco podía ignorar la naturaleza del Multiverso. ¿Pero quedaba algún rol aún que jugar en él? ¿Quedaba acaso, un Último Rol[6]? No habría sido su deseo ni su destino ser el guardián del Faro para siempre. Solo esperaba una nave, uno de los otros que se acercara a relevarlo, aliviarlo, o acaso aún acompañarlo en su viaje al misterioso Oriente.

Pero en la noche infinita el océano permanecía sin perturbarse. El horizonte se mantenía llano. Los códigos del Faro nunca se repetían, pero eran tan indescifrables como los propios sentimientos de su incidental Guardían. ¿Serían los códigos de alguna extraña Alkimia? Al fin y al cabo no importaba. Un faro no existe para enviar un mensaje, sino para transmitir su locación. Estaba ahí, y había una razón para que estuviera ahí. Aún sin leer conscientemente los códigos, profundamente la conocía.

La absoluta paz era también una condición de absoluta solitud. Ni siquiera los reclamos de los Eternos[7], sus susurros ensordecedores, llegaban al distante punto en el que el Último Faro se encontraba. La ecuación era simple: De un lado las ruinas y recuerdos de Zzsh[8], los Antiguos que quizás jamás encontrarían el camino o ya no fueran más que estatuas. Del otro, lo vertiginoso desconocido, el vacío multiforme de un Omniverso[9] por explorar[10], más allá de los límites de lo imaginado y experimentado; a veces, quizás más allá de lo imaginado e imaginable [11].

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En los ojos implacables del Elfo se encontraban depositadas las imágenes acumulativas y superpuestas de siglos y númenes, profecías y dinastías, historias de heroismo, de resistencia y de desolación. En sus manos estaba la llave que había deshecho y sellado mundos[12]. Pero esa espada, inscrita con las runas de todas las cosas, se volvía más pesada a cada instante, si nadie estaba a su lado para motivarle a levantarla.

Las estrellas giraban y giraban lentamente en el cielo nocturno; el caos de mil sub-versos que habían sido y de mil que aún podrían ser, si quedara alguien por descubrirlos, alguien por descifrarlos. Pero el viento no soplaba ya esa eterna noche, y las velas de la aventura no serían hinchadas con imaginación. Nadie navegaba esos océanos.

Con una sola gota salada corriendo por su mejilla, el Guardián dio la espalda a Occidente, con sus océanos llanos y moribundas estrellas. El Este lo esperaba. Podía sentirlo, como una cálida invitación y una brisa expectante[13]. Soltó entonces su espada frente a la luz del faro, pues ya no la necesitaría - pero quizás otros sí, si había alguien dispuesto a tomarla. De otro modo, habría sido el primero y el último[14].

Infinitamente más ligero, se adentró flotando en los colores invitantes y misteriosos, flotando entre los firmamentos multicolores y tibios mares vibrantes que se fundían, una entidad imposible en una realidad inconcebible.

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