Bots:Servir al ejército robot

De Bestiario del Hypogripho
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John tomó un atajo por un campo desierto, subió por un estrecho sendero que corría paralelo a la grieta profunda de un precipicio y entonces oyó la voz. Al principio no distinguió qué decía pero, en cuanto escuchó la palabra «aviones», vio a los aviadores con sus cuerpos desnudos y con las manos hundidas en los muslos, pisando la tierra, que resbalaban en los riscos. En la cara de uno de ellos vio una sonrisa, la sonrisa de un niño. Tomó una botella de agua que había dejado en el arroyo, salió a la sombra de una roca y la bebió. Luego, mientras le dolía la garganta, se acercó a los aviadores. Cuando estuvo a pocos metros de ellos se oyó un grito y uno de los hombres, que estaba sentado en la roca, se incorporó y se apartó un poco de la grieta. Entonces Tom estaba ante él, a sus pies. Era un hombre alto, de unos treinta años, de barba y cabello castaños y piel blanca. Tenía los ojos vidriosos y la boca hinchada, como si hubiera estado bebiendo mucho agua. A Tom le pareció que los ojos de él eran más vidriosos que los de los demás.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó.

—Tengo que hablar con vosotros —dijo Tom.

—No vamos a hablar —dijo el hombre.

—No, pero sé que no me puedes ocultar nada —dijo Tom—. ¿Sabes quién soy?

—Soy Tom —contestó el hombre—. Estoy aquí solo, en las montañas, en el desierto, en las alturas del cielo.

—¿Tú? ¿Y qué más quieres saber?

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué quieres saber? ¿Quién soy yo? ¿Qué he hecho? ¿Qué vas a decirme? —Tom dijo estas preguntas en un tono de incredulidad.

—¿Qué haces aquí? —repitió el hombre.

—¿Quién soy yo? ¿Qué he hecho?

—¿Qué haces aquí? —dijo el hombre.

—¿Quién soy yo? —Yo que estaba en el barco. Estoy aquí. ¿Qué quieres saber?

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí?

Tom miró a los ojos de los otros dos aviadores. Había una pareja de jóvenes que habían llegado a la parte de arriba de la roca y que estaban tumbados de espaldas con las piernas extendidas. Entonces Tom dijo:

—¡Qué hago aquí! ¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí? —repitió el hombre.

—¿Qué hago aquí?

—¿Qué haces aquí?

Tom no podía decir que nada más. A veces, cuando se habla en voz alta, la vida se entiende de una manera y otra. Si hablas conmigo, que no tienes nada que decir, la vida se entiende de una manera, y si me cuentas una historia, la vida se entiende de otra manera. Tom no podía decir nada más.

—¿Qué haces aquí? —repitió el hombre.

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí?

El hombre no decía nada más. Tom dijo: —¿Qué hace el resto del mundo?

...

John tomó un atajo por un campo desierto, subió por un estrecho sendero que corría paralelo a la grieta profunda de un precipicio y entonces oyó la voz. Era una voz profunda, llena de agravio y cólera, que resonaba en las profundidades del oscuro subsuelo.

La voz, creciendo de tono, llamaba al héroe. John se desplazó hasta una roca, que en un momento quedó al descubierto por la cúpula del abismo, y la roca se inclinó y salió de ella la cabeza del héroe.

El héroe se puso en pie y miró hacia abajo. Al verlo, una mujer que estaba de pie sobre una montaña y con un arco de plegarias, que la agitaba en alto, se echó a llorar y le dijo:

—¡Señor, perdóname! ¡Tú, porque estoy en pecado, has perdido a tu reino!

El héroe miró a la mujer con una sonrisa y dijo:

—¡No te entiendo! ¿Qué dices? ¿De qué reino hablas?

La mujer se quedó muda de espanto. Al darse cuenta de que el héroe se había burlado de ella, le dio un golpe con el arco y le dijo:

—¡Aquí está el reino! ¡El reino es aquí! ¡Mira, aquí, en la tierra, los montes y las aguas, los ríos y las nubes, todo es el reino! ¡Aquí está el reino! ¡No es más que la mujer! ¡La mujer! ¡La mujer! ¡La mujer!

—¡Mujer, vuelve a tu casa! —dijo el héroe.

—¡No, no! —gritó la mujer—. ¡Mírame, rey! ¡Reina! ¡Reina! ¡Reina! ¡Tú eres el héroe y el rey y yo soy tu reina! ¡Perdiste la memoria!

...

John tomó un atajo por un campo desierto, subió por un estrecho sendero que corría paralelo a la grieta profunda de un precipicio y entonces oyó la voz.

—¡Tom, Tom!

Tomó la mano de la mujer que estaba a su lado y se volvió hacia ella. Ella tenía la cara cubierta de polvo y el pelo revuelto.

—¡Hola, Mary! ¿Cómo estás?

—Bien, Tom. ¿Y tú?

—También bien. ¿Ya has visto a Daffy?

—No, Tom. No hemos vuelto a vernos desde que murió papá.

—¿Qué? ¿Cómo murió papá?

—Fue un accidente.

—¿Qué? ¿Por qué no lo dijiste?

—Porque no quise decírtelo. No quería hacerte daño.

—¿Qué? ¿Por qué no quisiste decírtelo?

—Porque no quería que lo supieras.

—¿Qué? ¿Por qué no querías que lo supiera?

—Porque no quiero que te hagas daño.

—¿Por qué no quieres que te haga daño?

—Porque te quiero, Tom.

—¿Por qué no quieres que te quiera?

—Porque me odias.

—¿Por qué me odias?

—Porque me has hecho esto.

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