Bestiateca:Saga de Fridtjof

De Bestiario del Hypogripho
Edición de 1950. Imagen por Coll.
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La saga de Fridtjof, que ofrecemos al lector en narración abreviada, sobresale en el conjunto imponente de la literatura épica de los vikingos porque su héroe encarna al ideal completo de masculinidad que sintieron los vikingos en épocas avanzadas de su vida histórica. Tanto por su fidelidad a la amada, Ingeborg, como por su denodado valor en todas las luchas y combates, y su cultivado espíritu y dotes poética, Fridtjof no es ya el rudo guerrero, bárbaro y salvaje, que canta la mayor parte de la historia vikinga, sino el acabado ejemplo de caballero perteneciente a un ciclo cultural que se inicia en las linde del primitivismo más feroz.

Por eso resuena a lo largo de toda esta saga la voz pura de un lirismo sin flaquezas y de un romanticismo absolutamente viril.

Saga de Fridtjof[editar]

Fridtjof[r 1], hijo de Torstein[r 2], vivía en una de las riberas del fiordo de Sogn[r 3] con sus dos hermanos de leche, Bjorn y Asmund, y una gran mesnada de guerreros. A sus tierras las llamaban Framnes[r 4] y Fridtjof era joven y poderoso, diestro en las artes, sagaz en el consejo, imbatible en los juegos atléticos, amable y de dulce carácter.

Gran parte del territorio de Sogn se hallaba bajo su dominio, y aunque su rango no se equiparaba al de los monarcas Helge y Halfdan, que reinaban juntos en el país, los aventajaba en fuerza, discreción y bienes de todas las clases. En su casa, las fiestas eran más hermosas, las mesas mejor servidas, el lujo más espléndido y el oro más abundante.

Muchas eran sus riquezas, pero poseía dos cosas que apreciaba sobre todas. La primera era su nave «Ellida»[r 5], de quince remeros a babor y otros tantos a estribor, con la proa y popa primorosamente curvadas, tal como deben ser las naves que han de luchar con el mar, y con los flancos revestidos de metal para soportar las más largas travesías. La segunda era un brazalete de oro tan maravillosamente trabajado que no había otro en toda Noruega que pudiera comparársele.

Dos enemigos tenía Fridtjof; eran los reyes Helge y Halfdan, hijos y sucesores del rey Bele, a quienes la envidia roíales el corazón. Su corte se hallaba al otro lado del fiordo, en Surstrand, y era escaso su brillo porque los reyes eran pobres y poco dados a la generosidad. Vivían con su hermana, Ingeborg, de gran belleza, que miraba con muy buenos ojos a Fridtjof. Y se decían:

—¿Por qué Ingeborg, la hija del rey Bele, se inclina por Fridtjof, que es hijo de un vasallo? No será, claro está, por las despreciables riquezas de que hace ostentación, a falta de un nacimiento como el nuestro. ¡Ay! La habrá seducido arteramente, con sus locas empresas y sus más falaces palabras.

Y mientras tanto, en su tierra de Framnes, Fridtjof sentíase melancólico y triste, porque una pena le oprimía el corazón.

—Os diré claramente cuál es mi inquietud —replicó a sus hermanos que le preguntaban la causa de su pena—. Pienso casarme y por eso estoy triste, pues sueño con la que es hija y hermana de reyes, y mi sangre es menos noble que la suya. Decidme con lealtad, hermanos: ¿acaso no soy un fiel vasallo, valiente guerrero y hombre rico? ¿Por qué no he de solicitar la hija de un rey?

Y Bjorn le contestó:

—¿Y por qué no has de solicitarla?

Fridtjof se fué a Surstrand: entró en el palacio y encontró a ambos reyes sentados en el trono de su padre. Les habló así:

—Señores, amo a vuestra hermana, la hermosa Ingeborg, y vengo a pedírosla en matrimonio.

Los reyes se encogieron de hombros y con irónica sonrisa le respondieron:

—¿Acaso es cuerdo proponer en matrimonio a la hija de un rey cuando no se tiene estirpe de príncipes? No, Ingeborg no aceptaría casarse contigo, Fridtjof.

A lo que Fridtjof replicó:

—Ya está todo dicho, y os agradezco vuestras palabras. Pero acordaos de que no habrá para vosotros ayuda ni auxilio en las tierras de Fridtjof cuando lo preciséis.

Y se volvió a Framnes, donde apareció indiferente y alegre. Siguió su vida como antes, entregado a los juegos atléticos con sus compañeros o cabalgando por prados y bosques, acosando la caza y soplando su cuerno.

Y cuando descansaba en su mansión entreteníase tocando el arpa y componiendo «lais» tan hermosos y tristes que a las damas se les humedecían los ojos y los guerreros dejaban los dados para contemplar cómo las nieblas del atardecer se tendían sobre las frías aguas del fiordo.

Pasaron días y meses. En las tierras de Ringerike reinaba el rey Ring, que, a pesar de sus muchos años, sólo pensaba en engrandecer sus dominios y sus bienes con guerras y conquistas. Un dijo en el Consejo:

—He sabido que los hijos del rey Bele se han enemistado con Fridtjof, el hombre más valiente y temible de nuestros tiempos. Sería necio desaprovechar semejante oportunidad. He decidido, pues, enviar a los hermanos un mensaje que les diga: o me rendís homenaje y me pagáis tributo, o seré vuestro enemigo. SI no aceptan estas condiciones, mandaré un ejército contra ellos y los vencerá fácilmente, puesto que nada saben de la milicia. Y así brillará una nueva gloria sobre mis canosos años

Los enviados de Ring fueron al país de Sogn y a su regreso declararon:

—Hemos dicho a los reyes Helge y Halfdan: «O pagáis o lucháis». Se han echado a reír en nuestras barbas. Luego han dicho que siendo jóvenes nunca obrarían como viejos impotentes; que rendirte homenaje, rey Ring, sería vergüenza mala. Luego nos han insultado y despedido con amenazas.

Helge y Halfdan se prepararon para la guerra. Convocaron a sus vasallos, pero cuando los tuvieron reunidos vieron que eran pocos, y echaron de menos a Fridtjof, con sus huestes aguerridas. Le enviaron entonces a Hilding con un su mensaje.

Hilding era sagaz y le unía gran amistad con Fridtjof. Atravesó el fiordo y encontró a Fridtjof jugando al ajedrez con Bjorn.

—Salud y amistad te envían nuestros reyes —le dijo—. Desean que formes parte de las huestes, porque Ring, alevoso y desleal, se acerca con sus mesnadas a presentar batalla.

Fridtjof siguió mirando al tablero de ajedrez sin contestar, pero dijo a Bjorn:

—No te precipites, hermano; sería imprudente mover esta pieza. En tu lugar, yo atacaría la pieza encarnada para comprobar si se halla bien defendida.

Hilding se irritó de que no le hicieran caso y levantó la voz:

—Fridtjof, el rey Helge te ordena que le des apoyo en la guerra. Hazlo o te pesará.

Pero los jugadores parecían no oírle. Bjorn dijo a Fridtjof:

—Dos maneras hay de colocar las piezas, hermano. Tienes que escoger.
—Pues guardémonos primero del rey —repuso Fridtjof—. Después, escoger será fácil.

Hilding no obtuvo otra respuesta. Colérico, regresó a Surstrand y explicó a los reyes lo ocurrido.

—Las palabras de Fridtjof no encierran misterio alguno —añadió―. Cuando decía: «No te apresures, hermano», quería decir que no se apresuraría a venir en vuestro auxilio. Cuando hablaba de «atacar la pieza encarnadada», se refería a vuestra hermana Ingeborg, a la que aún ama locamente. Tened cuidado con ella. Cuando yo le amenazaba con vuestra cólera y castigos. Bjorn le decía: «Tienes que escoger»; y él ha contestado: «Pues guardémonos primero del rey». Se refería sin duda al rey Ring, a quien seguramente quiere apoyar para sacarle provecho.

Helge y Halfdan preguntaron entonces a Hilding:

—¿Qué haremos de Ingeborg mientras estemos ausentes? ¿Cómo burlaremos la audacia y astucia de Fridtjof?

Hilding les dió entonces el siguiente consejo:

—Llevadla a Baldershage[r 6] con sus damas, y allí se hallará protegida de todos los que teman y respeten a los dioses.

Porque Baldershage era un lugar sagrado, junto a la ribera del fiordo, delante de Framnes. Había allí hermosos palacios, jardines de flores y hierbas olorosas y una gran playa que descendía suavemente hasta el agua entre verdes y umbrosos bosques.

Allí eran adorados los dioses del Norte, representados por hermosas estatuas de madera, y sobre todos Balder, el dios del amor. La paz del lugar por nadie debía ser turbada; ni odios ni combates, ni cosa alguna que se emparejara con las pasiones humanas; ni siquiera bajo sus techos podían vivir juntos hombres y mujeres. Baldershage era un recinto sagrado.

Luego de dejar en Baldershage a Ingeborg con ocho de sus damas los reyes Helge y Halfdan cabalgaron hacia el Sur con sus guerreros para combatir al rey Ring.

Pero Fridtjof, en cuanto supo que se habían marchado, vistióse con sus mejores galas, púsose al brazo el hermoso brazalete de oro, mandó echar al agua la nave «Ellida» y en ella se embarcó con sus dos hermanos de leche, Bjorn y Asmund, y seis de sus hombres de guerra.

Viendo que Fridtjof, que manejaba el gobernalle, ponía proa a Baldershage, Bjorn le dijo:

—Bien sabes Fridtjof, hermano mío, que el amor está proscrito de Baldershage, que allí hombre y mujer no pueden dormir bajo el mismo techo. ¿No temes acaso provocar la ira de los dioses?

Fridtjof le replicó:

—Sólo me preocupa el amor de Ingeborg, y no la ira de los dioses.

Y así navegaron por el fiordo de aguas azules hasta rendir viaje en Baldershage.

Ingeborg vivía en espaciosos aposentos tapizados de seda y terciopelo, con preciosas alfombras de ricos colores. Estremecióse de miedo al ver allí a Fridtjof, pero éste le habló así:

—Más me preocupa tu amor, querida Ingeborg, que la cólera de los dioses. Deja que un amante apasionado venga mitigar la soledad y aburrimiento en que te hallas. Conmigo traigo ocho compañeros porque ocho son las damas que te acompañan y así nadie va a quedarse sin fiesta.

Ingeborg miróle a los ojos y desapareció todo su temor, inundándosele el alma de alegría y confianza.

—Bienvenidos seáis, tú y los tuyos, Fridtjof —repuso Ingeborg—. Ven a sentarte a mi lado; te escanciaré el vino con mis propias manos y te alegraré el oído con mis canciones. Balder, el dios del amor sonreirá benévolo mirándonos.

El día transcurrió en fiestas y diversiones hasta que con el atardecer llegó la hora de que los hombres regresaran a Framnes. Y entonces Ingeborg le dijo a Fridtjof:

—Muy hermoso es el brazalete que llevas al brazo, el más hermoso del mundo. ¿No estaría mejor en el brazo de una mujer?
―Tuyo es si me prometes no quitártelo nunca y enviármelo el día que dejes de serme fiel. Dame uno tuyo y que esas prendas lo sean de amor y constancia.

Fridtjof le dió a Ingeborg su hermoso brazalete de oro y recibió uno de los que hermoseaban los brazos de su amada. Y con las joyas de juraron amor, y sellaron el juramento con besos.

A partir de aquel día, todas la mañanas, la nave «Ellida» llevó a Fridtjof y sus compañeros a las tranquilas playas de Baldershage.

Y a partir de aquel día, de la mañana a la noche, reinaron en los aposentos de la hermosa Ingeborg los cantos, las risas, las dulces palabras de amor, el armonioso sonido de las arpas y las voces alegres de los amantes allí reunidos.

* * *

Helge y Halfdan habían partido para la guerra, pero cuando llegaron donde les aguardaba el ejército de Ring, numeroso y bien pertrechado, reconocieron su impotencia y se avinieron a entrar en tratos.

El rey Ring mandó decirles:

—Les conservaré todas sus tierras y su honor, sin obligarles a luchar conmigo, con tal de que acepten como soberano y me den en prenda de lealtad a su hermana Ingeborg como mujer con la correspondiente dote.

Así se sellaron los pactos, y los reyes regresaron a sus cortes.

Fridtjof supo el regreso de Heige y Halfdan, y un atardecer se despidió de Ingeborg con tristes palabras:

—Decidme hoy adiós, Ingeborg la hermosa, la hija del rey. Bien me habéis recibido en vuestra casa, mejor aún me habéis tratado, con vinos escogidos, con sonrisas claras, con besos de vuestros rojos labios. ¡No estará irritado con nosotros Balder, el dios del amor! Pero hoy decidme adiós puesto que ya es preciso. Vuestros hermanos vienen cabalgando y quizás mañana hayan llegado ya. En cuanto los veáis en Baldershage querida Ingeborg, mandad que tiendan en vuestras ventanas blancas sábanas para que pueda verlas desde Framnes, al otro lado del fiordo.
—Adiós os digo, Fridtjof, que os lleváis mi luz y mi alegría. Si os quería cuando os recibí, sigo queriéndoos cuando os marcháis.

Al día siguiente, cuando al despuntar el día Fridtjof se encaminaba hacia la playa, divisó unas blancas sábanas al otro lado del fiordo, en las ventanas de Ingeborg. Suspiró tristemente e improvisando una poesía, exclamó:

Sobre las azules aguas, bajo el sol mañanero,
no volverá nuestra nave a enfilar la ventura,
porque en la otra orilla brilla ya la blancura
de una sábana de lino ondeando al viento.
Hermosa fué la aventura,
sin par la alegría y el gozo,
mas ya el corazón se asegura
que en este triste despojo
está el fin de mi ventura.

Y así fué, en efecto, por cuanto grande fué el furor de Helge y Halfdan al enterarse de la conducta de Fridtjof durante su ausencia. Hablaron entre ellos.

—¿Cómo han podido soportar los dioses tales ultrajes en su santuarios? Nosotros, al menos, tomaremos cumplida venganza de los mismos. Fridtjof ha reunido ahora a sus hombres de guerra y es más fuerte que nosotros. Pero astucia nos abrirá el camino de nuestra venganza, ya que no lo puede la fuerza.

Y llamaron de nuevo a Hilding para que transmitiera a Fridtjof un mensaje:

—Que los reyes Helge y Halfdan han tenido conocimiento de tu perfidia y tu grave ofensa a los dioses. Que su cólera es muy grande, pero no quieren guerra ni violencia. Que en justa compensación y desagravio te ordenan navegar hacia el Oeste hasta las Islas Orcadas para cobrar en ellas el impuesto que no se ha satisfecho desde la muerte del rey Bele. Que los reyes necesitan con premura este dinero porque tienen que casar a su hermana Ingeborg con el rey Ring.

Fridtjof respondió a Hilding:

—Que tampoco yo soy amigo de contiendas y prefiero la paz con los reyes, aunque de ellos no espere amor ni fidelidad. Que iré a las islas ORcadas navegando hacia el Oeste, si Helge y Halfdan me prometen respetar y hacer respetar mis tierras, mis casas y mis gentes durante mi ausencia contra todos los peligros.

Los reyes así se lo juraron de palabra, mas no de corazón, pues en él sólo había falsedad.

Fridtjof escogió diecisiete compañeros, los más guerreros, equipó su nave «Ellida» para una larga travesía y se hizo a la mar en cuanto el viento le fué propicio. Helge dijo entonces a su hermano:

—Ahora que Fridtjof está lejos navegando hacia el Oeste, es el momento de rehabilitarnos a los ojos de nuestros vasallos. Que no puedan decir que es más fuerte que nosotros, que burla nuestras órdenes, que nos impone sus condiciones. Vamos a castigar todas sus ofensas, invadiremos sus tierras, quemándolas y arrasándolas, y le mandaremos al mar una tempestad tan fuerte que no pueda salir de ella con vida.

Y así lo hacen. Juntan a sus hombres e invaden las tierras de Fridtjof. Queman las casas y los establos, devastan los prados y los cultivos, derruyen Framnes convirtiéndola en un montón de cenizas y sólo salvan de la destrucción los biene de que quieren apropiarse.

Después llaman a su palacio a dos brujas[r 7], Heid y Hamglaana, colman de oro sus viejas y secas manos y les dicen:

—Fridtjof se halla navegando hacia el Oeste. Lleva consigo en su «Ellida» a diecisiete compañeros, diestros marineros, valientes y duchos en atravesar los mares y capear las tempestades. Por vuestras artes, haced que se forme un huracán tan fuerte que ninguna nave pueda resistirlo; haced que «Ellida» sea destruída por las olas, que el rayo la destruya, que sus tripulantes se ahoguen, sin salvarse uno siquiera.

Las brujas encienden fuego. Sentadas en altos taburetes, tiran unas vasijas de cobre las hierbas mágicas. Las hierbas llameantes, de las que sale un vapor sofocante; luego se desatan los cabellos, hacen girar sus feroces ojos, retuercen sus miembros, lanzan agudos gritos, ahogados gemidos, y van tejiendo sus hechicerías. En el mar se levanta una tempestad.

Sí, en el mar, navegando hacia el Oeste, sobre la cubierta de «Ellida», la fuerte, se hallaba Fridtjof con Bjorn, Asmund y sus marineros. Perdían de vista la costa de Noruega cuando descubrió de pronto en la raya del horizonte unos negros nubarrones y husmeó el viento de tempestad.

Al poco rato levantábase enormes olas, pero «Ellida» las atravesaba sin disminuir su andadura porque era un excelente navío de alta mar. Y Fridtjof iba cantando:

Fuera del azul fiordo
mi bravo navío,
corre al viento, corre al mar
que en el fondo del fiordo
hay vírgenes de azul mirar.
Dulces recuerdos cuando remábamos desde Framnes para besar
las manos que hidromiel nos daban
los ojos que veíamos llamear.
Fuera del azul fiordo
corre al viento, corre al mar,
que en el fondo del fiordo
hay vírgenes que recordar.

Arreciaba el viento que iba empujándolos hacia el Norte, hacia el estrecho de las islas llamadas Solund. Fridtjof maniobró el gobernalle dirigiéndose a tierra:

—Las olas saltan hasta el cielo, oscureciendo las mismas nubes. Será obra de brujería, y sería vano empeño querer vencer a los dioses marinos. Nos abrigaremos junto a las nevadas montañas de Solund.

Pero tan pronto recalaron cerca de la costa, amainó el viento y se despejó el cielo. Levaron anclas y prosiguieron su camino. Apenas habían llegado a alta mar, cuando ya el horizonte ensombrecióse de nuevo, el aire se enfrió y volvió a levantarse el viento.. Fridtjof iba cantando sus «lais» de recuerdos y añoranzas por Ingeborg, la hermosa hija de reyes. Y de pronto, una segunda tempestad se abatió sobre «Ellida»; era una manga de agua más violenta que el primer temporal y la siguió una tempestad de nieve. Las olas se cubrieron de espesa oscuridad y los marineros ya no se veían de babor a estribor. Entraba agua por todas partes.

Rudo era el trabajo de los marineros: achicaban el agua que los inundaba y no podían descansar. Los embates del viento hacían crujir la nave, los golpes de las olas parecían quebrarla, los bramidos de la tempestad ensordecían a los valientes vikingos.

Fridtjof manejaba el gobernalle y cantaba sus recuerdos de la antevíspera. La playa dorada de Baldershage, las blancas vírgenes vestidas de oro y seda esperando que saltara de la nave con sus hombres, las copas de hidromiel, los suaves cantares, los besos y dulces prendas de la hermosa Ingeborg, la hija de reyes. Y luego el retorno de los reyes que volvían derrotados sin haber empeñado batalla, y la pena que Ingeborg tuviera que unirse a otro que no fuera él.

Bjorn, su hermano de leche, le increpó suavemente:

—¿A qué lamentarse, hermano? El peligro que nos amenaza es grave y me pareces preocupado y sin aliento. ¡Cuidado, Fridtjof! La congoja sólo es un estorbo para el valiente. Sople de donde sople el viento, hay que aceptarlo.

Y Fridtjof le replicó:

—No me atenaza la pena cuando canto nuestras pasadas y gozosas aventuras. Nos está esperando Ran, la diosa de los abismos marinos, y es preferible inclinarnos más hacia la vida placentera de antaño, que hacia la oscuridad que nos aguarda en el húmedo palacio del mar.

En aquel momento, una nueva trompa precipitóse sobre el navío y las aguas arrasaron su proa; cuatro hombres cayeron en el mar y desaparecieron entre la espuma.

—Cabe suponer que los seguiremos muy pronto a la casa de Ran ―dijo Fridtjof—. Preparémonos pues, para bajar a su reino como cumplidos y ricos guerreros y no como pobres diablos. Que cada uno de nosotros lleve un poco de oro en la mano para que sea recibido como huésped de pro.

Y al decirlo, quitóse el brazalete que le había dado Ingeborg, rompiólo y repartió los trozos entres sus compañeros.

—Ya veis, amigos, que he roto el brazalete rojo, el brazalete de oro que un tiempo había llevado el rey Bele, noble guerrero; he destruido mi prenda de amor. Pero, por lo menos ahora estamos ya prestos para entrar en la mansión de los abismos donde moran los dioses del mar. Seremos bien recibidos, porque el oro en la mano delata una alta estirpe.

Y Bjorn añadió:

—Por mi parte estoy presto a ir al encuentro de Ran, si así hemos de hacerlo. Pero aun me queda una esperanza. Me parece que Ellida avanza con menos fatiga, que las sombras no son tan espesas, que la tempestad amaina. Fridtjof, hermano, sube al palo y mira atentamente a nuestro alrededor.

Fridtjof encaramóse al palo a pesar de las ráfagas de nieve y del frío que helaba sus miembros:

Al bajar dijo:

—He visto un gigantesco escualo que nos rodea con triple anillo y trata de alejarnos de la costa. En el dorso del escualo estaban sentadas dos horribles mujeres, viejas y descarnadas. Amigos míos, el rey Helge nos persigue con la brujería de estas mujeres: no le basta alejarnos de nuestras tierras, sino que se ensaña con nosotros por la magia y la hechicería, con odio y deslealtad. Vamos a bogar en derechura contra las brujas para romperles el espinazo. Dadme el arpón más fuerte, hermanos, y bogad con toda el alma.

Y empuñando con su diestra el más sólido arpón, Fridtjof se fué corriendo a proa mientras iba cantando alegremente:

Contra el viento, contra el mar
corre mi bravo navío;
¡rompe, quiebra, mata y roba
que en el viento y en la mar,
hay arte de hechicería!
¡Corre, «Ellida», vuela!
contra el viento, contra el mar,
que Helge se ha de acordar

«Ellida» dió un salto hacia adelante y corrió por encima de las olas. Fridtjof hundió el arpón en una de las brujas, mientras la proa de «Ellida» quebraba el pecho de la otra. Ambas mujeres se hundieron en el mar. Y al punto desapareció el escualo, haciéndose invisible en las profundidades marinas.

Al mismo tiempo amainó la tempestad; las nubes se disiparon, alejándose hacia el horizonte; una suave claridad se extendió por encima del mar, que iba aquietándose; abrióse el velo de lluvia y nieve, disipóse la niebla y aparecieron muy cerca las costas de gres encarnado y las montañas nevadas de las islas Orcadas.

Lentamente, «Ellida» abordó la primera isla; pero los marineros estaban tan cansados, tan agotados por el continuado esfuerzo, tan rendidos de fatiga, que ni uno tuvo fuerzas para llegar a tierra firme. Asmund llevó a un hombre sobre sus espaldas a la ribera; Bjorn llevó a dos; pero Fridtjof llevó a ocho, y aun cantaba su victoria.

* * *

A principio de otoño, el rey Ring se encaminó al país de Sogn, seguido de brillante escolta. Celebráronse sus bodas con la hermosa Ingeborg, la hija de reyes, y las fiestas fueron largas y magníficas.

Ring reparó en el brazalete de Fridtjof que llevaba su mujer y le dijo:

—¿Cómo tienes tan hermosa joya, de una belleza desconocida en Noruega.
—Perteneció a mi padre, el rey Bele —repuso Ingeborg.
—No será tal —replicó Ring—, pues fué Fridtjof quien os regaló este brazalete en Baldershage, según me han dicho. Si de doncella os gustaba llevar semejante joya, no está bien que la luzcáis de casada. Tengo inmensos tesoros y riquezas sin fin: en ellas podéis escoger.

Ingeborg quitóse lentamente el brazalete y lo entregó a la mujer de Helge rogándole que lo devolviera por sus propias manos a Fridtjof, cuando regresara.

Luego siguió al rey a su país, a Ringerike, hacia el Sur.

Ya la primavera siguiente, Fridtjof entró en el fiordo de Sogn trayendo de las islas Orcadas el oro del impuesto de vasallaje.

Cuando desembarcó en sus tierras de Framnes no reconoció el lugar; vio las casas quemadas, los campos devastados, los establos vacíos. ¡Cuánta tristeza embargó su ánimo! Interrogó a los que no habían huido del incendio y se habían salvado de la matanza, y supo cómo Helge y Halfdan, perjuros a la palabra empeñada, habían destruído todos sus bienes, mientras él navegaba por el mar sombrío para servirles. Los ojos se le humedecieron de lágrimas y con voz temblorosa exclamó:

—¡Quién te viera y quién te ve, Framnes, mi tierra! Todo son ruinas, muros ennegrecidos, campos desolados. Sólo tristeza y duelo. ¡Cuánto silencio, donde antaño sólo se oían risas! ¡Qué desierto, lo que antaño estaba tan concurrido!

Pide entonces a sus hombres que le aconsejen mas ninguno se atreve a hacerlo y todos enmudecen. Pregunta dónde se hallan los reyes, y le contestan que en Baldershage, por ser la época de las plegarias y sacrificios a los dioses.

—Pues iremos a Baldershage, y nos pagarán la deuda.

En la playa de Baldershage se halla anclada la flota que ha conducido a los reyes Helge y Halfdan y a toda su corte.

Fridtjof dice a sus hombre:

—Romped con vuestras hachas la quilla de todas las embarcaciones, grandes y pequeñas. Daos prisa; pudiera ser que dentro de poco nuestra vida dependiera de ello.

Díjole a su hermano:

—Tú, Bjorn, hermano mío, quédate fuera del palacio. Iré solo al encuentro de los reyes traidores. ¡No me importa lo que pueda ocurrirme después! Pero si esta noche no regreso a la nave, Bjorn, amigo mío, empuña una antorcha y quema todo Baldershage. Cumplirás con tu deber.

Bjorn replicó:

—Nunca hablaste mejor, hermano mío.

Fridtjof penetró en la sala donde los dos reyes estaban bebiendo y sacrificando a los dioses. No muy lejos, junto a una hoguera encendida, estaban las mujeres untando de grasa las estatuas de los dioses y enjugándolas con suaves paños.

Fridtjof avanzó llevando de la mano un saco que contenía el impuesto de las islas Orcadas, y cuando llegó ante el rey Helge le dijo:

—Heme ya de regreso, rey Helge, ¿No estás impaciente por recibir el dinero que me mandaste a buscar a las islas Orcadas, lejos, en el mar oscuro? Tómalo, pues.

Ya arrojó el saco con tal fuerza, a la cara del rey, que Helge cayó de su trono, le saltaron los dientes y perdió el conocimiento.

Fridtjof añadió:

—Tómalo, toma tu dinero, poderoso rey, aunque al tomarlo se te rompa algún diente. ¿Qué te importa cómo llegue, mientras llegue y oigas el tintineo de las monedas en el saco y sea el oro bueno que, sin ningún provecho propio, he ido a buscar a muchas leguas mar adentro?

Los hombres guardaban silencio, inmovilizados por el miedo y la admiración; las mujeres, acurrucadas junto al fuego, temblaban de espanto. Fridtjof las miró y vió en el brazo de la mujer de Helga el brazalete que él había dado a Ingeborg. Cogiólo rudamente, mas como el brazalete estaba bien ceñido al brazo, arrastró tras él a la reina, llorosa y gimiente. Las otras mujeres huyeron dando agudos chillidos y derribando las estatuas de los dioses, que cayeron al fuego y se inflamaron.

Fridtjof cogió entonces un tizón y, blandiéndolo por encima de su cabeza, exclamó con voz potente:

—Rey Helge: te he herido en el rostro con el dinero que te he traído intacto, mientras tú, en mi ausencia, arrasabas mis tierras. He visto la sangre de tu herida, tus ojos cerrados y tus pálidos labios, ya que no he podido ver los rostros de los que asesinaste, porque los cuervos los han despedazado y los lobos han esparcido sus huesos. He recobrado mi hermoso brazalete, ya que no he podido recobrar a quien lo llevaba. Ahora arderán tus palacios, tus dioses y tus riquezas, puesto que tú quemaste lo mío faltando a tu juramento mientras yo te servía. ¡Fuego y destrucción para el incendiario y perjuro!

Arrojó el tizón al techo y muy pronto toda la casa fué una inmensa hoguera. Corrió hacia la playa, subió a «Ellida» y se alejó rápidamente. Grandes llamaradas y negra humareda subían hacia el cielo. Fridtjof contemplaba el incendio desde el puente de su navío.

Cuando el rey Helge recobró el conocimiento, mandó a sus hombres que persiguieran a Fridtjof hasta darle muerte.

Pero al embarcarse los guerreros, el agua entró raudamente en todas las embarcaciones y les fué preciso volver a tierra presurosos, mientras Fridtjof se alejaba por el azul fiordo. El rey Helge tensó el arco, puso en él una flecha ligera de gran alcance, pero con el esfuerzo el arco se quebró y la flecha cayó inerte a sus pies.

Viéndolo, Fridtjof se echó a reír. El viento levantóse entonces y empujó a «Ellida» hacia el mar libre.

Bjorn preguntó:

—¿Qué haremos mañana, hermano?

Fridtjof respondió:

—Nos marcharemos lejos de aquí, por otros mares, por otras tierras. El mundo está henchido de aventuras: hacia el Sur, hacia el Oeste, se encuentran prósperas islas, ciudades florecientes, emporios comerciales en los que se detiene el navío vikingo, cosechando gloria y provecho.
* * *


Esta fué su vida durante muchos veranos: navegó de isla en isla, de ribera en ribera, acrecentando su nombradía en cada expedición y multiplicando sus tesoros. Aumentó el número de sus guerreros con los que a él acudían, porque les atraía el oficio de las armas, las aventuras peligrosas, las expediciones lejanas. Fridtjof protegía a los labriegos y comerciantes, era el terror de los bandidos, castigaba severamente a los malvados. Y en todo el Norte su nombre era respetado y honrado como Fridtjof el Fuerte.

Llegó el otoño y dijo a Bjorn, su hermano:

—Me entristece el recuerdo de Noruega: sus bosques sombríos, sus fiordos azules, sus escarpadas riberas. Voy pues a separarme de vosotros y me encaminaré a las tierras del rey Ring, a su ciudad de Opland.

Bjorn repuso:

—La imprudencia no es una virtud, hermano. ¿Por qué has de irte a Ringerike, donde se halla Ingeborg, a quien tanto amaste, y donde el rey Ring no verá con buenos ojos tu presencia? ¿No imaginas cuál será nuestra inquietud sabiéndote allí? SI quieres volver a Noruega, vámonos a Sogn donde reinan Helge y Halfdan de los que aun no cobraste cumplida venganza.
—Mi mayor deseo, mi único deseo, es la muerte del rey que posee a INgeborg, la hermosa Ingeborg, hija de reyes, que me pertenece. Vosotros permaneceréis junto a «Ellida» en gozosa vida de invernada.

Marchóse, pues, andando hasta llegar a Opland, donde moraba el rey Ring. Vestía una holgada capa de buriel, como los artesanos y hacíase pasar por maestro salazonadero.

Cuando entró por la puerta de la gran sala donde se hallaban los reyes, encorvóse como un anciano y se sentó en un banco muy distante del trono del rey Ring y de la reina Ingeborg.

El rey lo vió, hizo notar su presencia a la reina y mandó a un paje para que preguntara al forastero cómo se llamaba, cuál era su patria y dónde había dormido la noche anterior.

Fridtjof contestó al paje:

—Me llamo Robador, he pasado la última noche en casa del Lobo y vengo del país llamado Pesar.

El rey exclamó al oír semejante respuesta:

—Pues no parece hombre de menos, este desgraciado. Conozco el país que llaman Pesar. Diría que este extranjero es listo y sus modales me interesan.

La reina se irritó:

—Pero, señor, ¿es que os interesa la conversación de todos los vagabundos que pasan por aquí?
—El de éste sí, y yo sé por qué, hermosa Ingeborg, aunque vos no lo sospecháis.

Mandó decir al extranjero que se acercara. Fridtjof obedeció. Saludó al rey con voz sorda y contestó a las preguntas de éste:

—Antaño, cuando recorría lejanos mares, me llamaron Robador de paz; y cuando hacía llorar a las vírgenes, me llamaron Robador de corazones. Hogaño, sin amor ni gloria, voy errando de una a otra ciudad, pidiendo limosna e inspirando piedad. Me eduqué en el país llamado Pesar; me marché llevado por el Deseo; mi hogar no está en parte alguna y esta noche la he pasado en casa del Lobo.
—Quizás sea cierto que te hayas educado en el país del Pesar, pero quizás es más cierto que te has educado en el país de la Serenidad. Supongo que esta noche habrás dormido en el bosque, pues no conozco ningún labriego que se llame Lobo. Y si no tienes hogar en parte alguna, de poca monta debe ser este Deseo que te ha traído a Opland.

La reina intervino diciendo con severidad:

—Búscate cama en otra parte.

El rey la reconvino:

—¿Soy acaso demasiado viejo para saber dónde se ha de alojar a un invitado?

Y añadió volviéndose a Fridtjof:

—Quítate la capa, Robador y siéntate a mi lado.

La reina quiso oponerse, pero el rey Ring insistió:

—Obedece mi voluntad. Yo soy quien manda.

Fridtjof se desabrochó la capa y apareció vestido con una túnica azul oscuro, guarnecido de oropeles, llevando al brazo su hermoso brazalete de oro y en la cintura un magnífico cinturón de plata maciza; un tahalí de cuero bien trabajado sostenía su espada.

El rey Ring lo contempló con satisfacción:

—Me gustas más así. Tu capa no se aviene con tus vestidos. Quiero que la reina te regale otra.

La reina Ingeborg repuso:

—Lo haré si así lo mandáis, señor. Pero este extranjero sólo me causa inquietud.

Cogió una capa de color escarlata y la puso encima de los hombros de Fridtjof. Entonces vió el brazalete que llevaba al brazo. Ninguna palabra pudo salir de sus labios, pero su rostro púsose primeramente blanco como lienzo de lino, para volverse luego encendido como la grana.

El rey honró a Fridtjof y le dijo jovialmente:

—Tienes un brazalete de maravillosa belleza. Seguramente fué hecho para ti en un tiempo en que no andabas ganándote la vida como maestro salazonero.
—Heredé este brazalete de mi padre, señor.
—De todas formas, no será éste tu único tesoro, pues nunca me tropecé con un artesano tan ricamente vestido, llevando espada y hablando tu lenguaje. Y son entendido en la materia, aunque ya empiece a sentirme viejo y flaquee mi vista.

Fridtjof permaneció todo el invierno en casa del rey Ring, el cual lo trató con una cortesía y honores tales como sólo se prodigan a hombres de gran mérito. Lo sentaba a su lado en la mesa, lo hacía asistir a sus sesiones de justicia, le reservaba el mejor aposento; para Fridtjof eran los halcones que volaban más alto, los corceles más veloces en la carrera, los dardos más bien templados para la caza.

Llegó la primavera; la tierra se despojó de su manto de nieve para vestirse de verde, los árboles se cubrieron de follaje, el aire tibio limpió el cielo de nubes y los valles de niebla, y a lo largo de los ríos deshelados fueron deslizándose las barcas de los mercaderes que iban de uno a otro burgo.

Un día, el rey Ring se fué con Fridtjof bosque adentro. Iban solos: no los seguían guardias ni guerreros. La tierra era seca y el cielo azul. Tanto vagaron por el bosque sumidos en amigable charla, que se de desorientaron. Anduvieron largo trecho y el rey se sintió cansado. Al pie de un roble se tendió para descansar; no podía seguir andando sin antes descansar un poco. Había huído la nieve de los montes, pero la que llevaba el rey en la cabeza, esa no había desaparecido.

Fridtjof quiso animarle a que siguieran su camino. Es temerario para un rey dormirse en un bosque sin estar con buena guardia de gente que vele su sueño. Los reyes sólo pueden dormir solos tras las almenas de sus castillos.

Pero el rey Ring nada temía: estaba muy cansado. Y se quedó dormido.

Fridtjof se sentó en el suelo y permaneció con los ojos bajos. Observaba de cuando en cuando cómo dormía el rey. En su corazón se agitaban las pasiones de los hombres y no sabía por cuál de ellas dejarse llevar: los celos, el odio, el deseo de venganza; pero también el respeto, la amistad y el noble afecto por la grandeza del rey Ring. ¡Nunca creyera tener que reñir tan singular combate! Finalmente, sacó la espada homicida de la vaina, pero al ver la hoja limpia y sin mácula, estremecióse de horror, la virtud le dominó y volvió a merterla en la vaina.

Poco después despertóse el rey Ring. Abrió lentamente los ojos, miró a Fridtjof y, por primera vez, le llamó por su nombre:

—Fridtjof, amigo mío, tu cara tiene arrugas como las manzanas guardadas hasta la primavera. ¡Cuántos pensamientos te han asaltado durante mi sueño, que tales huellas han dejado en tu rostro! Yo nunca dudé de que siempre triunfarían en tu corazón los nobles sentimientos. Ahora quiero honrarte como reclama tu preciado rango. Te reconocí desde el primer instante, desde que cruzaste la puerta de la sala de mi palacio, doblado como un anciano y con la tosca capa de buriel.

Fridtjof repuso, asombrado:

—No podéis honrarme más de lo que habéis hecho con vuestra confianza. Como os dije el primer día, vine como Robador, llevado por malos Deseos. Ahora me iré como Amigo, cuya mayor honra es vuestra Amistad. Pues ha llegado ya la hora de volver junto a mis compañeros, que me esperan inquietos; mis buenos compañeros de tantas fatigas y peligros.

El rey Ring y Fridtjof volvieron juntos al castillo, y por la noche, ante toda la corte de guerreros, el rey proclamó la clara progenie y el singular mérito de Fridtjof el Fuerte. Toda la honra fué para el huésped.

Al rayar el alba del siguiente día Fridtjof se endosó sus armas y sus vestidos de viajes y así penetró en el aposento del rey y de la reina para despedirse.

—Me voy ya, señor, porque el día ya se alarga y van acortándose las sombras de los guerreros sobre el suelo. Mi agradecimiento por todos tus favores, rey Ring, no podría decírtelo. Mientras me quede una gota de sangre seré fiel a tu amistad, y mi corazón latirá con Ingeborg, mi bien amada. Haya entre nosotros, reina, paz y amistad. Como prenda os dejo tan sólo esta joya.

Y quitándose el brazalete que, antaño, Ingeborg le había pedido en Baldershage como prenda de amor, se lo entregó ahora como prenda de paz.

El rey repuso suspirando:

—Quisiera conservarte a mi lado, Fridtjof, amigo mío. Me faltará el mejor de los héroes, el más virtuoso de los hombres. Mis hijos son pequeños y yo soy viejo. ¿Qué brazo defenderá mi reino si alguien lo ataca?

Fridtjof no se dejó convencer:

—No puedo quedarme aquí sin gran daño para todos nosotros, rey Ring. Me voy. Cumplida vejez y el favor de los dioses para ti, son los votos que formulo al despedirme. Ingeborg y yo jamás volveremos a vernos.

Pero el rey insistió:

—No te vayas, Fridtjof, el hombre que más amo entre los hombres, el héroe que nadie puede vencer en la batalla. Te daré a mi mujer, Ingeborg la hermosa, la hija de reyes; te daré mi reino, que tan grande he sabido hacer; te daré mis riquezas, que son infinitas.
—Nada aceptaré mientras vivas, mi rey Ring.
—Nada te ofrecería, Fridtjof, si no supiera que muy pronto he de reunirme con los dioses infernales. Cuando haya muerto y descanse bajo un montículo de piedras, tomarás a Ingeborg, tu bien amada, como mujer; mis hijos serán tus hijos; mi reino será tu reino. Pero ya desde hoy tendrás título y honores de rey, para que todo el mundo te reconozca como tal.

Fridtjof sintióse de nuevo vencido por la generosidad del rey.

—Hágase, pues, tu voluntad, rey Ring. Pero yo no seré rey en tu reino. Mi título será tan sólo el de duque[r 8].

Y el rey Ring reunió a su Consejo de hombres prudentes, a su Corte de capitostes, a sus guerreros de esforzado valor, a todos los nobles de sus vastas tierras, y les habló de esta guisa:

—Aquí tenéis a Fridtjof el Fuerte. Será vuestro duque y vuestro soberano; os regirá en la paz; os conducirá en la guerra; le deberéis obediencia y fidelidad como vasallos. Hasta que mis hijos sean mayores y puedan reinar. Esa es mi voluntad.

El Consejo aprobó, la Corte se inclinó, los guerreros saludaron con sus lanzas al jefe esforzado, los nobles le rindieron vasallaje. Y Fridtjof fué duque en Ringerike.

Murió luego el rey Ring. Luto y consternación los hubo en todo el reino. Le enterraron bajo un montículo de piedras, como todo esforzado vikingo. Después, con grandes fiestas, tuvieron lugar las bodas de Fridtjof con la reina Ingeborg, la hermosa, la hija y esposa de reyes.

Los reyes Helge y Halfdan supieron lo ocurrido. El odio y la envidia rezumaba de sus corazones como la sangre de una llaga. Y se hablaron:

—Vergüenza para nuestra estirpe es la boda de Ingeborg con un vasallo. Vergüenza clama venganza. Le atacaremos ahora, le mataremos y añadiremos las tierras de Ringerike a nuestro reino.

Fridtjof se aprestó para la guerra. Abrazó a Ingeborg. La reina le dijo tiernamente:

—Señor, sólo temo una cosa: perderos para siempre.

Y Fridtjof marchó a la batalla. Los reyes traicioneros fueron derrotados como siempre ocurría cuando Fridtjof entraba en liza. Helge recibió una herida mortal. Halfdan se rindió a discreción. El vencedor se apoderó de sus tierras y tomó el título del rey de Sogn.

Y aquí termina la saga de Fridtjof el Fuerte, el vikingo del amor y la guerra[b 1] .

FIN

Referencias[editar]

Las Referencias aluden a las relaciones de un artículo con la "vida real".
  1. En el original en nórdico antiguo, Friðþjófr.
  2. En el original en nórdico antiguo, Þorsteinn.
  3. En la edición española ponía erróneamente "Song". Ver Fiordo de Sogn y Sogni.
  4. En la edición española ponía erróneamente "Famnes", ver Fridtjof den frøkne på Vangsnes.
  5. En el original en nórdico antiguo, Elliði.
  6. En el original en nórdico antiguo, Baldrshagi.
  7. En el original en nórdico antiguo, seiðkonur.
  8. En la narración original, "jarl".

Bibliografía[editar]

La Bibliografía se compone de recursos informativos que existen en la "vida real".
  1. Sirvent, J. (1950). Fridtjof. El Vikingo del amor. Leyenda escandinava. Barcelona: Ediciones G.P. 

⚜️[editar]

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