Bestiateca:Reynard el zorro (EMMYL)

De Bestiario del Hypogripho

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El origen de las epopeyas animales[editar]

Entre las razas primitivas[r 1] donde todavía el instinto infantil es predominante, las historias de animales siguen encontrando un lugar privilegiado en la literatura. La más antigua de las que circulaba en la Edad Media es la epopeya de «Reineke Fuchs o «Reynard el zorro». Este poema fue llevado por los francos hasta Francia a través del Rhin; allí se desarrolló una nueva versión con ciertas características propias; luego volvió a Alemania por Flandes donde finalmente se localizó.

Después de circular de boca en boca durante muchos siglos por casi toda Europa, fueron los holandeses quienes por primera vez se comprometieron a escribir la historia; el primer manuscrito, que data del siglo XI o XII, es una versión en latín del cuento.

«En la raíz de esta saga se encuentra la simplicidad natural e inofensiva de un pueblo primitivo. Vemos descrito cómo disfruta el tosco hijo de la naturaleza con todos los animales, en sus formas esbeltas, ojos relucientes, fiereza, ingenio y astucia». Tales sagas se habían originado naturalmente en una época en la que las ideas del pastorea y la caza ocupaban una gran parte del horizonte intelectual de la gente; cuando el pastor veía en el hambriento oso a un igual, y más que a un igual, en fuerza y destreza, al campeón de bosques y selvas; cuando el cazador, en sus solitarias caminatas por el corazón del bosque veía en el viejo lobo y en el zorro rojo a compañeros, por llamarlos de alguna manera, porque se deslizaban sigilosamente —cazadores como él— y a los que por tanto se dirigía como tal... Así pues en su origen este tipo de poesía era el exponente de una clase de sentimiento peculiar que prevalecía entre la gente y que no tenía nada que ver con la didáctica o la satírica, aunque en un período posterior las alusiones satíricas empezaron a entretejerse con él.

La historia ha sido reescrita por muchos poetas y prosistas. Se ha traducido a casi todas las lenguas europeas[r 2] y fue remodelada a partir de una de las antiguas versiones medievales por Goethe, que le dio la forma en la que, sin duda, desde entonces ha sido conocida. Su poema Reineke Fuchs ha sido comentado por Carlyle y traducido por Rogers, de cuya versión se han extraído las citas siguientes[b 1].

Índice[editar]

La asamblea de los animales[editar]

En aquellos lejanos días en los que los francos aún se regían por las reglas merovingias , era costumbre que todos los animales se reunieran en asamble, en Withsuntide, alrededor de su rey, Nobel el león, quien gobernaba en todo el bosque. Esta asamblea, como su prototipo, el Campo de Marte, se reunía no sólo con el propósito de decidir las acciones que se iban a desarrollar al año siguiente, sino también como un tribunal especial, donde se hacían acusaciones, se escuchaban quejas y se impartía justicia. En esta ocasión todos los animales estaban presentes excepto Reynard el zorro. Su ausencia se empezó a comentar pronto porque había muchos oscuros asuntos relacionados con él. Cada animal allí presente relató algún crimen cometido por él y todos le acusaron excepto su sobrino, Grimbart el tejón.

«Y, sin embargo, había uno ausente,
Reineke el zorro, el bribón, que muy aficionado a la trampa
guardaba las distancias con media corte. Porque como
tenía mala conciencia todo el día, tendía a eludir
a los nobles reunidos.
Uno y todos tenían quejas que hacer,
él a todos había herido;
Grimbart el tejón, el hijo de su hermano,
fue la única excepción»[1].

Reynard acusado[editar]

De todas las quejas la más importante fue hecha por Isegrim el lobo, que relató con mucho pesar cómo tres de sus queridos hijos habían quedado ciegos por culpa del rencoroso zorro, que también había insultado a su mujer, la bella Gieremund, de manera vergonzosa. Apenas había terminado Isegrim su acusación cuando Wackerlos el perro se adelantó. Patéticamente describió cómo en una ocasión en la que había encontrado una pequeña salchicha en un matorral, Reynard, que parecía no tener ninguna consideración por la hambruna de los otros, se la había arrebatado cruelmente.

El gato Hintze, que había escuchado con más atención a la mención de la salchicha, gritó enfadado que la salchicha que había perdido Wackerlos le pertenecía a él, porque era él quien la había escondido en el arbusto después de robársela a la mujer del molinero. Añadió que él también había sufrido mucho a causa de Reynard. Y esto fue apoyado por la pantera, que describió cómo una vez había encontrado al sinvergüenza golpeando cruelmente a la pobre Lampe, la libre.

«A Lampe agarró por el cuello de la camisa
y seguro le hubiera quitado la vida, si por casualidad
no hubiera yo pasado por allí. Ahí de pie le tienes.
Mira las heridas de la pobre criatura, nunca pensarías
que son de malos tratos»[2].

Grimbert defiende a Reynard[editar]

El rey, Nobel, estaba empezando a ponerse muy serio cuando uno tras otro los animales se iban levantando para acusar al ausente Reynard, cuando de repente Grimbart, el tejón, valerosamente comenzó a defenderle. Con tal arte intercedió que uno por uno los acusadores vieron cómo se daban la vuelta las tornas. Tratando las quejas por turno, describió cómo Reynard, su tío, una vez se había asociado con Isegrim. Para conseguir unos pescados que llevaba un carretero al mercado, el zorro se había tumbado en el medio de la carretera fingiendo estar muerto. El hombre lo había recogido para aprovechar su piel y lo había arrojado encima del montón de pescado. Pero tan pronto como el carretero se había dado la vuelta, el zorro había empezado a tirar todo el pescado a la carretera donde aguardaba el lobo. Él había permanecido en el carro hasta que había arrojado hasta la última pieza del botín. Mientras tanto, el lobo, hambriento como siempre, iba devorando el pescado al tiempo que el zorro lo iba lanzando, y cuando Reynard reclamó su parte del botín, Isegrim no le dio más que las espinas.

Y más aún, no contento con haber engañado a su aliado una vez, el lobo indujo al zorro a robar un lechón de la despensa de un campesino que dormía. El astuto Reynard había arrojado la pieza por la ventana al lobo que aguardaba fuera. Luego, cuando pidió un trozo de la carne como recompensa, éste le despachó simplemente con la pieza de madera de la que colgaba el lechón.

El tejón continuó con la historia de cómo Reynard había cortejado a Gieremund hacía siete años, cuando aún no tenía compañero, y dijo que si Isegrim consideraba eso un insulto estaría a la altura de todas las otras acusaciones, porque el rey podía ver que Reynard, en vez de ser culpable, estaba siendo atacado injustamente.

Aquí Grimbart hizo una pausa para respirar durante unos breves momentos, momentos en que aprovechó para echar un vistazo a su alrededor y ver que todos los animales estaban profundamente impresionados por sus palabras. Orgulloso de su propia elocuencia, procedió a airear los casos de Wackerlos e Hintze, probando que ellos dos habían robado la disputada salchicha. Después de esto continuó contando cómo Reynard había aceptado instruir a Lampe, la liebre, en la salmodia, y que los malos tratos que había descrito la pantera eran sólo un pequeño castigo que el profesor estaba aplicando a un alumno vago y obstinado.

«¿No debería el maestro a su alumno
alguna vez castigar, cuando es necio
y no presta atención?
Si los muchachos nunca fueran castigados,
se les pasaran las cosas por alto sin cuidado,
se les permitiera mal comportamiento,
¿cómo sería nuestra juventud?».

Estas plausible explicaciones tuvieron su efecto, y cuando Grimbart continuó declarando que siempre que Nobel había proclamado una tregua general y una amnistía entre todos los animales del bosque, Reynard se había convertido en un ermitaño y había pasado todo su tiempo ayunando, dando limosnas y rezando, parecía como si las quejas se hubieran disuelto[3].

Henning el gallo[editar]

Y así hubiera sucedido probablemente de no haber sido por la aparición repentina de Henning el gallo, que venía seguido por sus dos hijos, Kryant y Kantart, que llevaban en un ataúd los destrozados restos de una gallina. El desconsolado padre, con un fuerte acento extranjero, relató cómo había morado felizmente en un convento de gallinas, con los diez hijos y las diez hijas que se excelente consorte había incubado en un solo verano. Lo único que le había producido ansiedad había sido el constante acecho de Reynard, que, sin embargo, había sido mantenido a distancia por los perros guardianes. Pero cuando se había proclamado la tregua general, los perros habían sido despedidos. Y aquí vino la oportunidad de Reynard. Disfrazado de monje, se adentró en el monasterio para enseñar a Henning la proclama real con el sello y para asegurarle que su forma de vida cambiaría.

Entonces, confortado, Henning, loco de contento, había dejado a su familia en el bosque. pero, ¡ay!, apenas habían llegado allí cuando Reynard salió de su guarida y mató a todos excepto a cinco de las crías de Henning. No sólo las mató, sino que también las devoró, a excepción de Scratch-foot, cuyos destrozados restos fueron colocados a los pies del monarca como prueba del crimen, según era costumbre en las cortes medievales de justicia.

Esta circunstancia alteró de inmediato el temple de la reunión. El rey, enfadado por la violación de la tregua y compadeciéndose del sufrimiento del padre, ordenó preparar un suntuoso funeral para los fallecidos y mandó colocar una piedra sobre la tumba con el siguiente epitafio:

«"Scrath-foot, hija de Henning, el gallo,
la mayor de las gallinas, muchos huevos puso en su nido
y muy hábil era en incubarlos.
Aquí yace, perdida ¡ay! por sus amigos,
asesinada fue por Reineke.
Todo el mundo debe saber de este falso y cruel comportamiento,
porque se lamentan por la muerta".
Esto decían las palabras aquí escritas»[4].

Reynard es llamado a la corte[editar]

Una vez dadas estas órdenes, el rey procedió a escuchar al consejo, después de lo cual solemnemente ordenó a Brown, el oso, que se encaminara inmediatamente a Malepartus, la casa de Reynard, y que le llamara para que compareciera ante la corte para que respondiera a las graves acusaciones que se habían pronunciado en su contra. Y mostró cuánto sospechaba de la lealtad del zorro, advirtiendo al mensajero que se comportara circunspectamente y que tuviera cuidado de las artimañas de la astuta bestia. Sin embargo, al oso no le gustaron mucho estas bien intencionadas recomendaciones y, confiando en su capacidad para cuidar de sí mismo, partió hacia la morada de Reynard.

De camino hacia la montaña tuvo que atravesar una gran extensión de arena árida, y cuando llegó a Malepartus estaba muy cansado y tenía mucho calor. Luego se colocó delante de la entrada de la guarida de Reynard, y con una voz no precisamente gentil, le llamó para que saliera. Durante algún tiempo no hubo respuesta porque Reynard era demasiado cauto para dejarse capturar desprevenido. Pero al final asomó la cabeza y, habiendo comprobado que Brown estaba solo, salió para darle la bienvenida.

Con gran locuacidad el zorro se compadeció del oso por su largo viaje y se disculpó por el retraso en recibirle, dando como excusa que estaba indispuesto por haber comido demasiada miel, dieta que él aborrecía. Pero en realidad, la mención de esta exquisitez era sólo un truco para distraer la atención del oso. Tuvo más que éxito, ya que, a la mera mención de la miel, Brown olvidó toda su fatiga, y cuando su anfitrión se lamentó de que no tenía nada más que ofrecerle, él alegremente declaró que ningún otro alimento le agradaba más y que nunca se hartaba de ella.

«Si eso es así, continuó el Rojo, yo puedo servirte,
porque el campesino Rüsteviel vive al pie de la montaña.
Tiene miel, en verdad, en tal cantidad, que tú y todos los
tuyos nunca habéis visto tanta junta»[5].

El truco de Reynard[editar]

Olvidando todo lo demás excepto el pensamiento de tal gustazo, Brown, el oso, olvidó por completo el motivo que le había traído aquí y partió voluntariamente en compañía de Reynard. Después de un tiempo llegaron al campo de un labriego, donde se veía allí caído en medio el tronco de un árbol rajado por la mitad. Reynard le dijo a su compañero que metiera bien la cabeza en el hueco y que se comiera la miel del interior. Luego, cuando vio que el oso no sólo había metido la cabeza sino también las dos patas delanteras, éste, inteligentemente, quitó las cuñas. Así pues el árbol se juntó y aprisionó al oso, que se quedó aullando de dolor.

Este ruido pronto atrajo la atención del campesino, y él y todos sus compañeros acudieron adonde estaba el cautivo con todas las armas imaginables y procedieron a darle una paliza sonada. Frenético de miedo y de dolor, el desafortunado animal finalmente consiguió liberarse, dejando en el intento la piel de su hocico y patas delanteras. Luego intentó vengarse de sus enemigos y consiguió arrojar al agua al gordo cocinero. Después de esto comenzó a nadar río abajo y aterrizó en un matorral, donde a voz en grito se lamentó de sus infortunios. Aquí le encontró el zorro que le insultó e injurió por su glotonería, y le recordó el gracioso espectáculo que había sido verle atrapado en aquel árbol. Todo esto fue demasiado para Brown, que sintió como si nunca más quisiera ver a su malicioso compañero, así que se lanzó de cabeza al río y se alejó nadando tan rápido como pudo.[6].

Reynard llamado por segunda vez[editar]

De repente, el recuerdo de la misión por la que había venido se le vino a la mente, y decidió volver a Nobel directamente y relatarle su penosa aventura. Despacio se puso en camino, porque tenía todo el cuerpo dolorido después del trato que había recibido. Pero al fin logró presentarse ante la corte y exponer su caso. El rey escuchó cortésmente todo lo que tenía que decir, pero también estaba decidido a ser justo con Reynard. Así que, después de consultar con la corte, declaró el derecho de toda criatura a ser llamada tres veces. También juzgó el oso no era el más diplomáticos de los embajadores, así que esta vez eligió a Hintze, el gato, para llevar el mensaje a Malepartus. El gato, aunque descorazonado por el desfavorable presagio, se vio obligado a hacer este viaje.

A su llegada Reynard le saludó cordialmente y le prometió acompañarle a la corte al día siguiente. Luego le preguntó si le podía ofrecer algo. Cuando Hintze expresó su preferencia por los ratones, el zorro respondió que tenía mucha suerte, porque había muchos en el granero de un párroco, que estaba cerca. De inmediato Hintze le pidió que le llevara hasta allí y así darse un atracón.

«Te ruego que tengas la amabilidad
de conducirme y mostrarme los ratones,
porque bien por encima de cualquier juego salvaje
prefiero un ratón de delicado sabor».

Con toda amabilidad Reynard condujo a su invitado hasta él granero, y señaló hacia una pequeña abertura por donde él había pasado para robar gallinas. Porque sabía que Martín, el hijo del cura, había colocado aquí una trampa para atrapar a cualquier intruso. Hintze, al principio, dudó, pero luego animado por Reynard se deslizó, yendo a parar directamente al lazo. Reynard, pretendiendo creer que las quejas del gato eran gritos de alegría, preguntó burlándose si ésa era la forma en la que cantaban en la corte. Cuanto más agudos se hacían los gritos del gato, el cruel zorro más se reía.

Estos chillidos llegaron a oídos del pequeño Martín, que, acompañado por su padre, entró en el granero para cazar al intruso. El pobre Hintze, aterrado por la cachiporra que llevaba el cura, se lanzó a sus piernas y le arañó y mordió tan fieramente que su oponente cayó al suelo desmayado. Luego, aprovechando la confusión, Hintze se las arregló para soltarse del nudo, y así logró escapar. Tan rápido como pudo, cojeando volvió a la corte y allí denunció la hipocresía del zorro, mientras que, como prueba de la cruel tortura que había sufrido, señaló la órbita vacía del ojo que había perdido en el encuentro[7].

Reynard y el tejón[editar]

Ahora la ira del rey era terrible y, reuniendo al consejo, les ordenó decidir la forma en la que castigarían al maleante que había maltratado a dos de sus mensajeros. Grimbart, el tejón, viendo que la opinión pública estaba en contra de su pariente, rogó ahora que se le requiriera por tercera vez, y él mismo se ofreció para llevar el mensaje. Además, declaró que, por lo que podía ver, el oso y el gato habían sufrido por su gula. Dejando con este pensamiento a los miembros del consejo, se puso en camino[8].

La tercera citación[editar]

Apenas oyó Reynard la voz de Grimbart, se apresuró a salir y le ordenó que le contara las noticias. Después le condujo al interior de su madriguera y le dijo al tejón que se pusiera cómodo. Pero Grimbart no estaba de humor para perder el tiempo. Se apresuró a darle el mensaje y le explicó el grave caso contra Reynard, y aconsejó al zorro que obedeciera las órdenes del rey. Si aparecía en la corte tenía todavía una oportunidad para salvar su vida; pero si se quedaba en casa el rey sitiaría su fortaleza y le mataría a él y a toda su familia. Reynard hizo caso a su pariente y, después de despedirse tiernamente de su esposa y pedirle que cuidara bien de sus queridos hijos, partió con Grimbart camino de la corte[9].

El viaje a la corte[editar]

Por el camino el recuerdo de sus muchos delitos empezó a pesarle en su corazón. El miedo a morir despertó su conciencia y, deseando hacer las paces con el cielo, expresó su gran deseo de confesarse y recibir la absolución. Como no había ningún cura por allí a mano, le pidió a Grimbart, el tejón, que le escuchara y, penitente, confesó todas sus tretas. Añadió también que una vez había atado a Isegrim a la cuerda de la campana de un convento en Elkinar, donde sus frenéticos tirones habían hecho sonar la campana, así que todos los monjes se habían concentrado alrededor y le habían propinado una soberana paliza. También relató cómo en otra ocasión había inducido a Isegrim a entrar en la casa de un cura por una ventana y le había hecho gatear por unas vigas en busca de jamón y tocino. Cuando con todo cuidado el lobo iba avanzando, el malicioso zorro le había empujado y le había hecho caer sobre la gente que estaba durmiendo debajo, que despertándose de repente, le habían cogido y azotado duramente. Después de haber confesado estos y otros muchos pecados, el tejón le dijo que se castigara con una vara que cogería del seto. Habiendo hecho esto, luego le ordenó que se tumbara sobre la carretera, saltara tres veces sobre ella y luego la besara como muestra de obediencia. Entonces declaró que Reynard quedaba absuelto de sus anteriores pecados y le reprendió para que llevara una vida diferente en el futuro.

«Tío mío, cuida de que tu conducta enmendada
se refleje en buenas obras. Salmos deberías leer
y deberías visitar iglesias con diligencia.
Ayuna en las estaciones señaladas; enseña el camino
a aquel que te pregunte; da a quien lo necesite, de buena gana;
jura luchar contra todos los malos hábitos, todo tipo de robos
y atracos, maligno y engañoso comportamiento.
¡Entonces puedes estar bastante seguro de que obtendrás piedad!»

El zorro solemnemente prometió enmendarse, y con apariencia mojigata continuó su viaje. Pero cuando él y el tejón pasaron por un convento, unas rellenitas gallinas se cruzaron en su camino. Inmediatamente Reynard olvidó todas sus promesas y empezó a perseguir a los pollos; hasta que Grimbart no le pidió que se comportara debidamente, no cesó en su persecución, y aun entonces de mala gana. Después de este incidente los dos prosiguieron sin nuevos inconvenientes a la corte, donde la llegada de Reynard causó gran sensación.

Cuando en la corte se supo que Reineke realmente venía
todos salieron para verle, los grandes y los pequeños.
Pocos con amistosas intenciones; porque casi todos se quejaban.
Esto, sin embargo, para Reineke era de poca importancia,
o lo pretendió al menos, cuando con Grimbart, el tejón,
con valentía y elegante porte avanzaba ahora por la calle principal.
Se movía con pasmosa facilidad, como si fuera de verdad
hijo de rey y libre de toda transgresión.
Entonces vino ante Nobel, el rey, y permaneció en el palacio
en medio de los nobles; sabía cómo posar sereno»[10].

Reynard, en la corte[editar]

Con suma habilidad y elocuencia sin par Reynard se dirigió al rey, reconociéndose como su leal sirviente, lamentando el hecho de que tanta gente envidiosa y mal intencionada estuviera dispuesta a acusarle. Pero Nobel, que aún tenía reciente el recuerdo del trato que había dispensado a Brown el oso y a Hintze el gato, le contestó con severidad y le dijo que le sería difícil liberarse de estos dos cargos, por no mencionar las otras muchas acusaciones contra él. Luego reynard, todavía esperanzado, preguntó con fingida indignación si él tenía que responsabilizarse de los pecados de los mensajeros, cuyas desgracias eran atribuibles solamente a su glotonería e inclinación al hurto[11].

La sentencia[editar]

Pero a pesar de esta plausible súplica todos los otros animales se congregaron alrededor con cargos tan graves, que las cosas empezaron a ponerse verdaderamente negras para el zorro; a pesar de la defensa de Reynard y de las numerosas excusas que siempre tenía a la punta de la lengua, el consejo le declaró culpable y le condenó a morir de una forma ignominiosa; el anuncio de esta sentencia fue recibido con gran alegría por los enemigos del zorro, quienes le arrastraron con gran alegría hasta el patíbulo donde todos los animales se congregaron para presenciar su ejecución.

De camino al lugar de castigo Reynard intentó pensar en algún plan para salvarse incluso en la hora undécima. Sin embargo, en este momento hasta su ágil ingenio le había fallado. Pero todavía sabiendo que se le podía ocurrir algún plan si ganaba un poco de tiempo, vehemente imploró permiso para hacer una confesión pública de sus numerosos pecados, antes de que pagara las culpas de sus crímenes. Ansioso por oír lo que tenía que decir, el rey con gusto le concedió permiso para hablar. El zorro, con astucia, empezó a relatar con todo detalle la historia de su más temprana e inocente infancia, su encuentro y alianza con Isegrim el lobo y cómo, inducido por éste, gradualmente se había ido introduciendo por retorcidos senderos y maliciosos caminos. También declaró cómo el cruel lobo, presumiendo de su fuerza, siempre la había usado para privarle de la parte del botín que le correspondía. Después continuó diciendo que habría sufrido hambre a menudo de no haber sido por la posesión de un tesoro de oro, que le había ayudado a paliar todas sus necesidades.

«Gracias a Dios porque nunca pasé hambre,
me he alimentado bien gracias a este tesoro,
todo de plata y oro, que en lugar secreto
tengo yo escondido seguro; con esto tengo suficiente.
Y lo digo con franqueza,
una carreta no podría transportarlo, sino siete
y cargadas hasta arriba.

Reynard no podía haber dicho otra cosa que le pudiera haber ayudado tanto como la mención de este gran tesoro[12].

Reynard gasta una broma a Nobel, el rey[editar]

Al oír la palabra tesoro Nobel levantó sus orejas y ordenó a Reynard que le relatara cómo había obtenido esta riqueza y dónde estaba escondida. El astuto zorro, viendo el evidente interés del rey, rápidamente se dispuso a inventar más mentiras. Dirigiéndose ahora más especialmente al rey a la reina, declaró que también sentía que antes de morir debería revelar el secreto, guardado hasta entonces, de una conspiración que habría terminado en la muerte del rey de no haber sido por su devoción.

El mero pensamiento del peligro de su consorte real hizo a la reina estremecerse de terror y le rogó a Reynard que bajar del patíbulo y hablara en privado a su majestad y a ella. En esta entrevista Reynard, todavía pretendiendo prepararse para su muerte inmediata, dijo cómo descubrió una conspiración formada por su padre, Isegrim el lobo, Brown el oso y muchos otros animales para matar al rey y apoderarse del cetro. Describió las numerosas conferencias secretas, las medidas tomadas y la promesa de su padre de costear todos los gastos de esta empresa y de subvencionar tropas mercenarias con la riqueza del rey Ermenrich, que había descubierto y escondido el tesoro para su propio uso.

A medida que iba contando el cuento Reynard se iba inventando más y más mentiras. Describió sus leales miedos por su querido rey, su resolución de burlar a los conspiradores y sus esfuerzos para privarles de los males de la guerra extrayendo el tesoro. Gracias a su incesante vigilancia vio a su padre robar una noche, descubrir su tesoro, regocijarse contemplando el oro y después con la mayor destreza borrar las huellas de su fechoría.

«Nadie podría,
de no haberle visto, haberlo sabido. Y aquí continuó,
cuando sabía bien el lugar donde lo había dejado,
moviendo su cola hacia adelante y hacia atrás
para alisarlo y borrando el rastro con ayuda de su hocico».

Después contó al rey cómo con su mujer, Ermelyn, había trabajado con diligencia para sacar el oro y esconderlo en otro lugar; cómo por tanto la conspiración no había llegado a ninguna parte porque no se había podido encontrar oro para pagar las tropas. También añadió con tristeza que su lealtad le había privado de un padre cariñoso, porque éste se había ahorcado ante la desesperación de ver que su tesoro había desaparecido y todos los planes se habían frustrado. Con hipócritas lágrimas luego Reynard se lamentó de su propio destino, diciendo que cuando él estaba preparado para darlo todo por otro, no había nadie allí cerca de él que dijera una palabra en su favor en este momento de amarga necesidad[13].

El perdón de Reynard[editar]

La reina estaba tan conmovida por esta muestra de sentimiento que inmediatamente pidió al rey que perdonara a Reynard; Nobel le concedió el perdón pero sólo con la condición de que el zorro le entregara su tesoro. Con gran cuidado Reynard se dispuso a describir el punto exacto donde se encontraba el tesoro. El rey escuchó cuidadosamente y decidió preguntar sobre el asunto con la mayor velocidad posible. Después, habiendo dado todas las indicaciones, Reynard le rogó que le permitiera salir para Roma. Declaró que estaba bajo una prohibición del Papa, por lo que su presencia sólo podía ser una ofensa para sus majestades. «Ciertamente puedes irte» replicó Nobel cortésmente. «Pero antes tengo que cerciorarme de que el punto que me has indicado existe realmente».

«No faltaría más», asintió Reynard complaciente; porque sabía que el lugar que había mencionado existía y era bien conocido.

Y así el rey dio orden de encarcelar a Isegrim, Brown e Hintze —los tres principales conspiradores según la historia de Reynard— y luego hizo preguntas sobre el lugar que el inteligente zorro había mencionado. Cuando muchos le dijeron que sabían dónde estaba este punto se convenció de la verdad de lo que había escuchado. Así que con los mejores deseos para el zorro, le ordenó que partiera en su peregrinaje.

Antes de partir, Reynard rencorosamente pidió un fragmento del pellejo de Brown para hacerse una cartera y un par de calcetines con la piel de Isegrim y su mujer. Le concedió todos estos de buena gana porque juzgó que los otros eran viles traidores, y así el zorro equipado dejó la corte. Ansiosos por mostrarle cortesía el rey, la reina y la corte acompañaron a Reynard un corto trecho en la primera etapa de su viaje, después de lo cual volvieron, dejando a Bellyn, el carnero, y a Lampe, la liebre, que le escoltaran un poco más. Estos dos inocentes compañeros acompañaron a Reynard a Malepartus, y mientras Bellyn esperaba pacientemente, Lampe entró en la casa con Reynard. La señora Ermelyn y sus dos hijos saludaron a Reynard con alegría, escucharon sin respiración los relatos de sus aventuras, y después le ayudaron a matar y a comerse a Lampe quien, según él decía, le había traído todos estos infortunios.

Después Reynard y su familia se dieron un festín a costa del pobre cuerpo de Lampe, la liebre, cuya cabeza luego depositó en la bolsa que había hecho de la piel de Brown. El zorro la sacó cuidadosamente y la colocó en la espalda de Bellyn, asegurándole que contenía importantes despachos y que, para que recibiera una adecuada recompensa por sus servicios, él había dicho a Nobel, el rey, que el carnero le había prestado una valiosa ayuda en preparar los contenidos de la bolsa[14].

La muerte de Bellyn[editar]

Así pues, tranquilizado respecto a la ausencia de Lampe, que según Reynard aseguraba estaba disfrutando de una charla con Emerlyn, se dispuso a volver a la corte, donde no dejó de hacer ostentación de cuánto había ayudado a Reynard a preparar los contenidos de la bolsa. Nobel, el rey, la abrió en público y cuando vio la cabeza sangrante de Lampe, su ira no tenía límite. Siguiendo el consejo de sus cortesanos, Bellyn, a pesar de todas sus protestas, se entregó en compensación al oso, el lobo y el gato. Porque el rey ahora se estaba empezando a temer que estos tres elementos habían sido tratados injustamente. Por tanto fueron liberados y restablecidos al favor real, a lo que se dedicaron doce días de fiesta[15].

Más acusaciones contra Reynard[editar]

Luego, en medio de estas danzas y estas fiestas, apareció un conejo sangrando que acusó a Reynard de haberle arrancado una de sus orejas. Apenas había terminado cuando apareció el locuaz gallo Merkinau, y relató cómo el mismo miserable sin escrúpulos se había hecho el muerto simplemente para engañar a Sharfenebbe, su mujer, e inducirla a que se acercara lo suficiente como para morderla la cabeza. Al oír estas quejas Nobel, el rey, juró que en seis días asediaría a Reynard en su castillo, le haría prisionero y le haría pagar por sus crímenes[15].

Grimbart al rescate[editar]

Isegrim el lobo y Brown el oso disfrutaron con estos preparativos, mientras Grimbart el tejón, viendo el peligro que acechaba a su tío, se acercó secretamente a Malepartus para avisarle del peligro y aconsejarle. Encontró a Reynard sentado complacientemente delante de su casa, contemplando a dos jóvenes palomas que acababa de capturar cuando intentaban volar por primera vez. Grimbart, sin respiración, le contó la llegada de Bellyn, la indignación real al ver la cabeza de Lampe y el plan para rodear y capturar a Reynard en su seguro retiro.

A pesar de estas inquietantes noticias Reynard nunca perdió la compostura. Después de proclamar qué fácilmente se libraría de estos crímenes si solamente podía hacerse escuchar por el rey, invitó a su pariente a compartir su comida y a disfrutar d eunos manjares deliciosos que había cazado. Pero Grimbart estaba demasiado preocupado como para disfrutar de una comida en aquellos momentos. Temía la suerte que, de un momento a otro, podía alcanzar a su pariente y le rogó al zorro que no esperara a que el rey viniera y que no expusiera a su mujer e hijos a los horrores del asedio sino que volviera valientemente a la corte. «Sólo queda una cosa por hacer», gritó con fuerza:

«Vete tranquilo ante los señores y pon la mejor cara
ante tus asuntos. Te escucharán. Lupardus también deseaba
que no fueras castigado antes de que hubieras pronunciado
totalmente tu defensa, y lo mismo pensaba la reina.
Subraya este hecho y aprovéchalo»[16].

Reynard, de nuevo en la corte[editar]

Al fin las peticiones de Grimbart prevalecieron y Reynart[r 3] una vez más se despidió cariñosamente de su mujer y de sus hijos, y se dispuso a volver a la corte con Grimbart. De camino, de nuevo pretendió estar arrepentido de sus anteriores pecados y, pretendiendo retomar su confesión donde la había dejado, contó cómo maliciosamente había cogido una pieza de la piel del oso para hacerse una bolsa y unos calcetines de Isegrim y su mujer. Luego continuó relatando cómo había asesinado a Lampe, encargado al inocente Bellyn de llevar el ambiguo mensaje que le había costado la vida, arrancado al conejo una de sus orejas y comido a la mujer del perro. Finalmente, confesó cómo había salido en compañía del lobo, que, hambriento y viendo una yegua con un pequeño potro, había ordenado a Reynard que preguntara a qué precio lo vendería. La yegua contestó que el precio estaba escrito en su casco. El astuto zorro, comprendiendo el significado, y aun así instigando a su compañero para que se metiera en problemas, pretendió no saber leer y envió al lobo a que averiguara el precio. El resultado fue, por supuesto, un desastre, porque la yegua dio al lobo una coz tan fuerte que éste se quedó tumbado medio muerto durante varias horas.

La elocuencia del zorro iba creciendo cada vez más a medida que se aproximaban a la corte, y su miedo también iba en aumento; Reynard empezó a moralizar. Justificó el asesinato de Lampe por el comportamiento arrogante de este último; dijo que el rey no era sino un ladrón que vivía de la rapiña, y prosiguió diciendo cómo incluso los curas eran culpables de numerosos pecados que él enumeraría con gusto[17].

Martín el mono[editar]

Iba declarando todo esto rigurosamente, cuando se encontraron con Martín el mono, que iba de camino a Roma. De inmediato reynard le pidió que implorara para conseguir la proclama del Papa e intercediera por él ante un cardenal que era tío de Martín. No sólo le prometió el mono que haría esto ante la corte papal, sino también le pidió a Reynard que no dudara en consultar a su esposa si se encontraba ante algún difícil trance en la corte.

De esta manera Reynard hizo de nuevo su aparición ante la asamblea para sorpresa y asombro de todos. Y, sin embargo, aunque él se daba perfectamente cuenta de que su situación era más delicada que nunca, su confianza no parecía haber disminuido en absoluto. Arrodillándose con falsa humildad ante el rey, astutamente, comenzó su defensa lamentando el hecho de que hubiera tanta gente sin escrúpulos dispuesta a atacar al inocente. Y cuando el rey, enfadado, le interrumpió para acusarle de la mutilación del conejo y de que había devorado al cuervo comenzó su defensa[18].

La segunda defensa de Reynard[editar]

Primero explicó que ya que Martín el mono se había dispuesto a liberarle de su prohibición, su viaje a Roma era ahora por supuesto innecesario. Luego relató cómo el conejo, cenando en su casa, había insultado y peleado con sus hijos de cuyas garras había tenido grandes dificultades en liberarlos. La muerte del cuervo había sido causada por una espina que había tragado. Bellyn, el traidor, había matado a Lampe él mismo y había puesto su cabeza en la bolsa en vez de los tesoros que Reynard había confiado a su cuidado para que los llevara al rey a la reina[19].

Reynard y Rückenau[editar]

El rey, que había escuchado pacientemente todo este discurso, se retiró enfadado resistiéndose a creer una sola palabra y, mientras, Reynard fue a buscar a la mujer del mono, Frau Rückenau, y le pidió que intercediera por él. Ésta asintió y de inmediato entró en la tienda real, donde le recordó al rey sus anteriores servicios. Viendo esto el rey se apaciguó, y ella se aventuró a recordarle con qué inteligencia Reynard le había ayudado una vez a juzgar entre peticiones rivales de un pastor y una serpiente. Esta última, atrapada en un lazo y a punto de morir, había suplicado a un pastor que pasaba por allí que le liberara. El campesino así lo había hecho después de obtener el solemne juramento de la serpiente de que no le haría ningún daño. Pero la serpiente, una vez liberada y sufriendo los apretones del hambre, amenazó con devorar al labriego. Éste llamó al cuervo, al lobo y al oso que encontró en el camino para que le ayudaran, pero como todos intentaron conseguir una parte, decidieron que la serpiente tenía derecho a comérselo.

En este momento el caso se había hecho tan intrincado que fue llevado ante el rey, quien, incapaz de juzgar con sabiduría, había recurrido a consultárselo a Reynard. El zorro declaró que sólo podía juzgar un caso tan complicado cuando demandante y demandado volvieran a ocupar respectivamente las mismas posiciones que ocupaban en el momento de la disputa. Entonces, cuando la serpiente estaba de nuevo sujeta en el nudo, todos decidieron que, consciente de la traición de la serpiente, el labriego podría de nuevo liberarla, pero sólo si así lo quería.

«Aquí ahora está cada una de las partes,
una vez más en su anterior posición, y ninguno ha todavía
la batalla ganado o perdido. El derecho, creo yo, de cada uno
es aparente. Si al hombre le place, puede de nuevo
soltar a la serpiente del nudo; si no, puede dejarla allí
para que la cuelguen.
Libre puede seguir su camino con honor y atender sus negocios,
ya que ella demostró ser falsa, cuando había aceptado su amabilidad;
Es justo que el hombre tenga elección. Esto me parece lo
mejor. Dejémosle a él, que entiende más, que lo decida».

El rey recordaba bien este célebre juicio, así que cuando Frau Rüyckenau continuó recordándole la conocida codicia de ambos, zorro y lobo, éste consintió en dar a Reynard una segunda oportunidad. Ahora el zorro tenía otra oportunidad que no podía desaprovechar. Detalladamente describió los tesoros que había enviado a la corte: un anillo mágico para el rey y un peine y un espejo para la reina. No sólo estaba la fábula del juicio de París grabada en este espejo, sino también la del caballo celoso que, imitando al perrillo faldero de su amo, intentado subirse en su regazo, no había recibido nada más que bufidos. También contenía el cuento del gato y el zorro, del lobo y la grulla, y también la historia de la milagrosa forma en que su padre, una notoria sanguijuela, había salvado al padre de Nobel haciéndole comer la carne de un lobo de justamente siete años.

La intercesora, entonces, recordó al rey una memorable fiesta de caza, en la que Isegrim, habiendo cazado un verraco, le dio al rey una cuarta parte, a la reina otra, y él se quedó con la mitad, no dando nada al zorro excepto la cabeza. Esta partición había sido por supuesto muy desigual, y el zorro así lo hizo ver dividiendo un ternero de manera más equitativa. Entonces, dio a la reina una mitad, al rey otra, el corazón y el hígado a la princesa, la cabeza al lobo, y para él, sólo los pies[20].

La gran pelea de Reynard[editar]

Reynard dio un gran espectáculo al ir nombrando estas muestras de lealtad una por una, y tan efectivas fueron sus palabras que todos los animales sintieron que no había nada que responder a esto. Viendo que había causado una impresión favorable, se prestó voluntario, a pesar de su tamaño, a batirse con el lobo y dejar la reparación de sus afrentas al juicio de Dios. Este magnánimo comportamiento llenó al rey de admiración y se fijó el combate para el día siguiente. Las horas entre medias se concedieron a los combatientes para que se prepararan. Durante este intervalo Reynard siguió el consejo de Frau Rückenau, que le dijo que se afeitara y se untara con mantequilla hasta que estuviera tan resbaladizo como fuera posible. Luego le dijo que fingiera miedo y corriera velozmente delante del lobo levantando tanta arena como fuera posible y usando su cola para lanzarla a los ojos de su oponente y así cegarle.

Pasó la noche y llegó el día. Todo el mundo se congregó para ver el combate. Determinado a ganar, Reynard cuidadosamente siguió las instrucciones que Frau Rückenau le había dado astutamente, hasta que al fin consiguió cegar los ojos de su oponente con arena. Irritado por esta circunstancia, el lobo se lanzó furiosamente sobre su oponente y le habría cogido de no haber sido porque el zorro estaba demasiado resbaladizo. Al fin, y a pesar de la diferencia de tamaños, Reynard consiguió vencer en el combate. Después, para ganarse el favor de los espectadores generosamente perdonó la vida a su enemigo, al que casi había destrozado, arañándole y rasguñándole todo el cuerpo. Luego Reynard, habiendo probado su valor, disfrutó de los aplausos de la multitud, mientras el lobo, que había sido vencido, fue públicamente burlado y llevado por los pocos amigos que le quedaban para que le cuidaran y poder recuperar su salud si fuera posible.

«Así es siempre la vida. Dicen a los afortunados:
"Vivirás mucho con buena salud y tendrás amigos en abundancia".
Cuando, sin embargo, la mala fortuna cae sobre él, él solo ha de soportarla.
Incluso aquí era así: cada uno de ellos deseaba que el que
estuviera más cerca de la victoria se luciera»

Después de este famoso encuentro el rey se levantó y declaró a Reynard libre de todos los cargos. Y además de esto le hizo uno de sus consejeros privados. Pero el zorro, después de dar las gracias al rey por su amabilidad, humildemente le pidió permiso para volver a casa donde su esposa estaba esperándole. Así que se fue escoltado por una delegación de amigos.

Hay diferentes versiones en cuanto al final exacto de esta historia. De acuerdo con algunas versiones del cuento, Reynard se contentó con cegar al lobo y mutilarle de por vida; según otras versiones, esperó a que llegara el tiempo propicio y cuando el rey estaba enfermo le dijo que nada podría salvarle excepto un lobo de siete años. Por supuesto, no se pudo encontrar ningún lobo con la edad exacta a excepción de Isegrim, así que éste fue sacrificado para salvar al rey, que se recuperó. En cuanto a Reynard, disfrutó de gran honor mientras vivió y sus aventuras han hecho las delicias de la gente, cuyos trucos nunca han dejado de divertir.

«¡Gran honor tiene ahora Reineke!
Dejemos que los hombres los apliquen rápidamente, con
sabiduría, que decidan lo que es maligno
y reconozcan la virtud. Éste es el objetivo
 y fin de la canción, en la que el poeta fábula y verdad
ha mezclado, donde el bien del mal debes poder discernir
y la sabiduría apreciar, y a sí los compradores de este libro
sobre el mundo aprender pueden día a día
Porque se creó de lo antiguo y así será siempre.
Así nuestro poema sobre la persona y hazañas de Reineke termina.
Que Dios os traiga a todos eterna dicha. ¡Amén!»[21]

Referencias[editar]

Las Referencias aluden a las relaciones de un artículo con la "vida real".
  1. Ramalazo racista del autor, H. A. Guerber. El libro está escrito en 1896.
  2. Recordemos que es un libro de 1896.
  3. (sic).

Bibliografía[editar]

La Bibliografía se compone de recursos informativos que existen en la "vida real".
  1. Guerber, H. A. (1995) [1896]. Edad Media. Edición M.E. Editores. pp. 47-48. ISBN 84-495-0153-9. 
  1. Guerber, 1995, p. 48-49.
  2. Guerber, 1995, p. 49.
  3. Guerber, 1995, p. 49-51.
  4. Guerber, 1995, p. 51-52.
  5. Guerber, 1995, p. 52-53.
  6. Guerber, 1995, p. 53-54.
  7. Guerber, 1995, p. 54-55.
  8. Guerber, 1995, p. 55.
  9. Guerber, 1995, p. 56.
  10. Guerber, 1995, p. 56-57.
  11. Guerber, 1995, p. 57-58.
  12. Guerber, 1995, p. 58-59.
  13. Guerber, 1995, p. 59-60.
  14. Guerber, 1995, p. 60-62.
  15. 15,0 15,1 Guerber, 1995, p. 62.
  16. Guerber, 1995, p. 62-63.
  17. Guerber, 1995, p. 63-64.
  18. Guerber, 1995, p. 64-65.
  19. Guerber, 1995, p. 65.
  20. Guerber, 1995, p. 65-67.
  21. Guerber, 1995, p. 67-68.

⚜️[editar]

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