Bestiateca:Caballeros andantes (EDLCQNE)

De Bestiario del Hypogripho
Logo Enciclopedia de las cosas que nunca existieron.png

ATENCIÓN: Este artículo pertenece a la sección de la Bestiateca.
Ver Enciclopedia de las cosas que nunca existieron.

Este artículo tiene contenido que finge ocurrir en nuestro "mundo real", pero es de hecho ficticio.     Este artículo se compone de contenidos transcritos o recopilados por Jakeukalane.  Este artículo carece de imágenes ilustrativas. Puedes ayudarlo consiguiendo una (o más) imágen/es apropiada/s e incorporándola/s.  Este artículo tiene bibliografía real que sustenta su contenido en todo o en parte.  Este artículo tiene una dificultad intraficcional mínima (magnitud 1). Debería resultar accesible para el público en general. 

Caballeros andantes[editar]

Modelos humanos de las virtudes divinas de la fe, el valor, la galantería, la compasión y la ayuda a los débiles y oprimidos.

Hay quien cree que los caballeros eran sólo hombres brutales y malolientes, vestidos con armaduras oxidadas; seres supersticiosos y codiciosos que vivían a costa del trabajo de los campesinos y se dedicaban a guerras de conquista con la excusa de que obedecían a sus reyes.

La realidad era muy diferente. Las órdenes y rituales de la caballería eran muy claras, y la gran hermandad nunca habría aceptado a miembros tan inadecuados. Un hombre no podía llegar a ser caballero a menos que fuera un joven de sangre noble, y antes tenía que entrar al servicio de un caballero establecido, que muy bien podía no aceptarlo, pues para ser escudero de un caballero había que combinar la belleza juvenil con una gran hombría. Tenía que entretener al caballero cantando baladas con el laúd, actuar de mensajero entre el caballero y las damas, servirle las comidas y, en general, hacer de criado, confidente y discípulo, siempre dispuesto a colmar de halagos a su señor por cualquier hazaña de éste.

A veces este aprendizaje se interrumpía bruscamente, cuando un caballero era capturado en combate. En estos casos lo adecuado era que el escudero se ofreciera como rehén, permaneciendo en cautiverio mientras el caballero trataba de reunir el rescate.

Si todo iba bien, llegaba el momento en que el escudero ganaba sus espuelas. Los armeros le ayudaban a ponerse su primera armadura y le preparaban su lanza, espada y puñal, mientras los expertos heráldicos diseñaban un motivo apropiado para su escudo. Si el escudero podía pagarlos, compraba algunos amuletos mágicos para protegerse del mal.

El joven caballero practicaba con entusiasmo en la palestra, con el fin de habituarse a sus armas y armadura, hasta que llegaba el momento de su primer torneo. Las damas del público le valoraban cuidadosamente cuando ocupaba su puesto en el campo de la lid y reían burlonas si su oponente le desmontaba con gran estruendo de armaduras.

Después de las primeras pruebas de habilidad y valor, el caballero partía en busca de nobles empresas. Si tenían suerte, podía encontrar una guerra contra los paganos, pero si no era así, tenía que seguir cabalgando. Para entonces, lo más probable era que se hubiera enamorado de alguna recatada virgen que le entregaría un guante o un pañuelo para llevar en el casco. Algunos caballeros de más edad llevaban medias de mujer colgando de sus yelmos, pero un caballero joven era tan puro de corazón, que tal imagen le haría sonrojar.

En su primer viaje, el caballero no tenía necesidad de escudero ni de otros servidores. Su armadura relucía sin necesidad de sacarle brillo, y la luz de la gloria inminente le mantenía sin alimento ni bebida. Mientras su caballo atravesaba los senderos de los bosques, el caballero buscaba ansiosamente un enemigo digno de él.

Siempre que llegaba a un pueblo pedía noticias de dragones o nobles malvados, a poder ser que hubieran raptado a alguna doncella. Tampoco ponía reparos a luchar con hechiceros, bestias mágicas o incluso gigantes que devorasen niños y viudas. No obstante, era preferible volver a casa con la cabeza de un dragón colgada de la silla y una damisela rescatada cabalgando en la grupa. Cualquier hazaña de este tipo le valía las espuelas doradas de la caballería, tras lo cual podía pasar el tiempo disfrutando de la caza, la cetrería, la lucha en los torneos, los festines y la defensa de su rey contra sus enemigos.

Lamentablemente, la pureza de corazón del joven caballero le acarreaba muchos momentos incómodos. Todo caballero tenía que tener una dama y tratarla estrictamente según las reglas. Enviaba trovadores a tocarle serenatas, le ofrecía los guantes de los rivales muertos en el torneo, y suspiraba bajo las ventanas de su castillo en las noches de luna. Pero siempre llegaba el momento en que la dama exigía atenciones más ardientes. Los caballeros apenas si se atrevían a beber vino por temor de que contuviera algún filtro de amor, y se veían obligados a matar a cualquier amigo al que la impaciente dama mirara con buenos ojos. Aún era peor cuando la esposa de algún noble importante, o incluso la propia reina, empezaba a languidecer por las atenciones de un joven caballero. El único remedio era otro viaje en busca de aventuras, con la excusa de que se consideraba indigno del amor de las mujeres y debía dedicarse a la búsqueda de honor. Siempre era un alivio cuando el rey convocaba a sus caballeros para una matanza de paganos y podían disfrutar de la acción sin damas que les distrajeran.

Sin embargo, llegaba el momento en que al caballero le crujían las articulaciones tanto como la armadura y se quedaba calvo de tanto llevar el yelmo. Ya no había necesidad de resistir las carantoñas de las mujeres, y podía retirarse a calentarse al fuego con una jarra de vino con especias. Intercambiaba historias de dragones con otros caballeros entrados en años y mostraba las cicatrices adquiridas en combate con los enemigos de su rey. Todos coincidían en que los caballeros y escuderos modernos se comportaban de manera vergonzosa. Cuando una dama dejaba caer una escala de seda para que el caballero pudiera trepar hasta su alcoba, éste, efectivamente, subía. Los tiempos de la caballería tocaron a su fin cuando los caballeros empezaron a prestar más atención a las mujeres que a las doncellas en apuros[b 1].

Bibliografía[editar]

La Bibliografía se compone de recursos informativos que existen en la "vida real".
  1. Michael Page, Robert Ingpen (1988), Enciclopedia de las cosas que nunca existieron Este icono indica que el enlace anterior es un archivo PDF.Este icono dirige a una versión archivada en Internet Archive del enlace inmediatamente anterior., pp. 15-18.

⚜️[editar]

Free icon up.png
Este artículo contiene información presentada desde puntos de vista favorables hacia aquello descrito.
No puede considerarse una fuente objetiva.
 Avatar Jakeukalane.png  Artículo transcrito por Jakeukalane
Por favor, consulta rigurosamente la bibliografía antes de cambiar o añadir algo a las transcripciones.
Icon libro 1.png