Bestiateca:Arturo, rey de Inglaterra (EDLCQNE)

De Bestiario del Hypogripho
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Arturo, rey de Inglaterra[editar]

Rey de Inglaterra cuya historia demuestra que hasta los reyes más nobles pueden caer víctimas de sus bajas emociones.

Era hijo de una extraña relación entre el rey Uther Pendragón y la duquesa Igraine de Cornualles. Uther se enamoró tan violentamente de Igraine, que persuadió al mago Merlín de que le diera la apariencia del duque, para así poder entrar en el castillo de Tintagel y en la cama de la duquesa.

Los hombres de Uther mataron al Duque antes de que naciera el hijo de Igraine, pero Merlín predijo un triste destino para el niño. Pronosticó que sus enemigos le matarían y con él terminaría el reinado de los Pendragón.

Para evitar este destino, Igraine entregó su hijo recién nacido a Merlín. El mago le puso bajo el cuidado del noble caballero Sir Ector, que le hizo bautizar como Arturo y le crió junto con su propio hijo.

Sir Ector le enseño a Arturo todas las artes y virtudes de la caballería y el muchacho creció hasta convertirse en un joven de pelo claro, experto en armas, pero cortés y amable con sus vasallos y soldados. Inglaterra estaba en su habitual estado de guerra perpetua y el rey Uther, ya viejo y achacoso, tuvo que combatir contra una alianza de reyes del norte. Los derrotó en la batalla de San Albans, pero el esfuerzo fue demasiado duro para él; estando Uther moribundo, Merlín le instó a que declarase a Arturo sucesor suyo.

Las últimas palabras del rey Uther fueron: «Le doy a Arturo la bendición de Dios y la mía, y le pido que ruegue por mi alma y que reclame la corona».

Los caballeros de Uther nunca habían oído hablar de Arturo y se negaron a aceptar como rey a un muchacho desconocido, sobre todo teniendo en cuenta que muchos de ellos también aspiraban a la corona. Merlín les burló haciendo aparecer una espada clavada en un yunque. En la hoja estaba escrito en letras de oro: «El que logre sacar esta espada será, por derecho, rey de Inglaterra».

Todos los caballeros se adelantaron jactanciosos, dispuestos a arrancar la espada del yunque, y estallaron en risotadas cuando un delgado muchacho se acercó también a intentarlo. Cuando Arturo extrajo la espada sin esfuerzo, protestaron indignados, murmurando que debía ser hijo de las hadas y que una ola dorada lo había dejado en la playa. Cuando Arturo reclamó la corona y les invitó a una gran fiesta de coronación, replicaron que le darían como regalo «espadas afiladas, entre el cuello y los hombros».

Arturo respondió a este desafío reclutando a Sir Ector y a otros caballeros leales, con los que libró una serie de batallas contra los rebeldes, en las que demostró tal fuerza y destreza que éstos acabaron postrándose ante él.

En una de las batallas se le rompió la espada que había sacado del yunque, pero Merlín le condujo a un lago solitario, de cuyas aguas surgió la mano que sostenía otra espada. Apareció la Dama del Lago y le dijo a Arturo que aquella espada, llamada Excalibur, debía ser suya y que sus poderes mágicos le garantizarían la victoria siempre que luchara en defensa del reino o de la fe.

En poco tiempo, Arturo demostró ser el más grande guerrero y general de Europa. Los caballeros que al principio le miraban con recelo le aclamaban ya abiertamente por sus victorias y combatieron bajo su mando con una fuerza y un valor invencibles: primero en Inglaterra, rechazando a las hordas invasoras de escoceses e irlandeses, y luego en Europa, donde conquistaron la Galia.

La espléndida corte de Arturo en Camelot atrajo a todos los caballeros del reino, ansiosos de mostrar su valía en la batalla y en los torneos. Estos fieros jóvenes luchaban entre sí en los torneos, pero todos aceptaron las leyes de caballería impuestas por Arturo, jurando lealtad al rey, a la fe cristiana y a las reglas de la lucha limpia.

El viejo mago Merlín permaneció en todo momento junto al rey, actuando de consejero, pero Arturo, cuyo poder iba en aumento, no siempre escuchaba las advertencias del mago. Desoyó el consejo de no casarse con Ginebra, la mujer más hermosa de Inglaterra, que también era amada por Sir Lancelot, o Lanzarote, el más bravo caballero y mejor amigo de Arturo. Merlín le predijo que este triángulo conduciría inevitablemente al desastre, pero el deseo que Arturo sentía por Ginebra era tan grande que se negó a renunciar en favor de su amigo y se casó con ella en una gran ceremonia.

Otra predicción de Merlín que sí que impresionó a Arturo fue la de que un hombre nacido el día 1 de mayo le acarrearía el desastre. El rey ordenó que todos los niños varones nacidos el 1 de mayo fueran llevados a Camelot, pero el barco en el que viajaban naufragó y sólo se salvó uno de ellos: Modred, sobrino de Arturo, al que las olas arrastraron a la playa, donde le recogió un hombre que cuidó de él hasta que pudo presentarse en la corte. Arturo recibió a Modred efusivamente, ignorando las advertencias de Merlín que le decía que era un traidor. Bajo el reinado de Arturo parecía que el reino avanzaba hacia una nueva Edad de Oro, pero una sombra empañaba la felicidad del pueblo: la pérdida del Santo Grial, el cáliz en el que Cristo bebió en la Última Cena. José de Arimatea llevó el Grial a Inglaterra, pero había desaparecido desde hacía muchos años y no podía haber paz y prosperidad duraderas hasta que se encontrase de nuevo el Santo Grial.

Pero el Grial sólo podía ser visto por los que fueran puros de alma y espíritu, y Arturo dudaba de que él o alguno de sus caballeros pudieran presumir de tal perfección. Estaba reflexionando sobre este asunto cuando llegó a su corte un nuevo caballero, el príncipe Galahad, un joven de sorprendente fuerza, hermosura y gracia. Pero los demás caballeros observaron que no llevaba armas y que la funda de sus espada estaba vacía.

Cuando Galahad estaba siendo presentado, un escudero trajo noticias de un milagro. En el río que pasaba junto a Camelot había aparecido flotando una piedra, y en la piedra estaba clavada una espada con la empuñadura enjoyada. Escritas en ella, se leían las palabras: «Ningún hombre me sacará de aquí excepto aquél de cuyo costado debo colgar, que será el mejor caballero del mundo».

Una vez más, los caballeros de Inglaterra acudieron a competir por una espada mágica, y fue Galahad el único que consiguió sacar la espada de la roca. En el momento de introducirla en su funda, los demás caballeros decidieron que aquello era una señal y que debían emprender la búsqueda del Santo Grial.

Ciento cincuenta caballeros se comprometieron en la empresa, y partieron de Camelot en una gran cabalgata, con sus lanzas y armaduras resplandecientes y sus colores ondeando en las banderas. Muchos murieron durante la búsqueda, mientras que otros desistieron y regresaron a Camelot. Sir Lanzarote volvió abrumado por el dolor, porque había estado a punto de ver el Santo Grial, cuando éste se ocultó de su vista. Su caballeresca perfección estaba empañada por el secreto deseo que sentía por la reina Ginebra.

De todos los caballeros, sólo Galahad, Bors y Perceval (o Parsifal) continuaron la búsqueda. Después de muchas aventuras, encontraron por fin a José de Arimatea, que les enseñó el Santo Grial. Galahad quedó tan henchido de gozo que pidió ser llevado a los cielos y una cohorte de ángeles arrebató al impecable caballero. Perceval, llorando la suerte de Galahad, se hizo ermitaño. Y Bors regresó a Camelot con la noticia de que la búsqueda había terminado. Parecía que ya podía comenzar la Edad de Oro, pero aún debían cumplirse las siniestras predicciones de Merlín.

Modred, el caballero nacido el 1 de mayo, ambicionaba la corona de Arturo y conspiró para destruir la fe y la camaradería entre los caballeros y el rey. Difundió rumores acerca de las relaciones entre Lanzarote y Ginebra, y convenció a doce caballeros de que debían matar a Lanzarote para proteger el honor de la reina. La muerte de Lanzarote, el principal amigo y partidario de Arturo, rompería la hermandad de Camelot y ayudaría a Modred en su ascensión al trono.

Pero Lanzarote venció y mató a los doce caballeros en un feroz combate y Modred habría fracasado si el propio Arturo no hubiera dado muestras de debilidad. Estaba celosos de Lanzarote y creyó en las murmuraciones. Furioso ante la supuesta infidelidad de la reina, ordenó a dos caballeros, Gaharis y Gareth, que la quemaran en la hoguera.

Ginebra caminó hacia la muerte ante la llorosa mirada del pueblo de Camelot, pero en cuanto las llamas se acercaron a sus ropas, Lanzarote se lanzó al rescate. Se abrió camino entre los guardias, mató a Gareth y Gaharis y escapó a galope con Ginebra, hacia su castillo de la Guardia Alegre. Sangrientas batallas entre los partidarios de Arturo y los de Lanzarote sacudieron el reino. Antiguos compañeros de fiestas en Camelot volvieron sus espadas uno contra otro. La matanza continuó hasta que el Papa ordenó a Arturo que hiciera las paces y el rey habría accedido si Sir Gawain, hermano de Gareth y Gaharis, no hubiera mantenido vivos sus celos, instándole a no dejar con vida a Lanzarote.

Lanzarote abandonó a Ginebra y huyó a Bretaña, pero Arturo le persiguió con una gran topa de guerreros. Su ausencia dio a Modred la oportunidad de ocupar el trono. Hizo correr la noticia de que Arturo había muerto en combate y solicitó la mano de Ginebra.

Cuando Arturo se enteró, volvió a toda prisa a INglaterra y entabló dos grandes batallas con las fuerzas de Modred. En la segunda, Arturo y Modred establecieron una tregua para parlamentar y se reunieron en terreno neutral para discutir las condiciones de paz.

Modred estaba dispuesto a conformarse con los ducados de Kent y de Cornualles, con la condición de ser el sucesor a la muerte de Arturo. El rey accedió y parecía que se iba a firmar la paz, cuando una serpiente se deslizó entre la hierba y mordió el pie de uno de los caballeros situados detrás de Arturo. El caballero sacó la espada para matarla y ambos ejércitos interpretaron esto como una señal para reanudar la batalla.

La lucha fue tan feroz que por la tarde sólo quedaban en pie Modred, por un lado, y Arturo, Lucan y Bedivere, por el otro. Arturo atacó a Modred con su lanza, pero en plena carga recibió una herida mortal.

Al sentirse morir, ordenó a Bedivere que arrojara la espada Excalibur a un lago cercano. Cuando la espada caía al agua, una mano surgió el lago, recogió a Excalibur, la blandió tres veces y desapareció en las aguas.

A continuación, Bedivere llevó al moribundo rey hasta la orilla, donde le esperaba un bote con crespones negros, ocupado por tres sombrías mujeres, que subieron a Arturo a bordo y se lo llevaron a la isla de Avalón, donde reposa hasta que el pueblo británico vuelva a tener necesidad de él[b 1].

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Dussiano por asralore.png
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